En la clase huele a lápiz nuevo y a pan tostado del recreo. El señor Nico, el maestro, abre la puerta y sonríe.
“¡Buenos días, equipo!”
“¡Bue-nos dí-as!”, cantan los niños.
El señor Nico da dos palmas suaves. “Hoy vamos a aprender juntos. Un maestro hace eso: cuida, escucha y ayuda a pensar. Y también recoge rotuladores del suelo. Mira.” Se agacha y levanta uno rojo. “¡Rescatado!”
Todos ríen.
En la alfombra hay un cartel grande con letras gordas: A, E, I, O, U. Al lado, un dibujo de una nube con ojos.
“Las letras son como cinco amiguitas”, dice el señor Nico. “Si se dan la mano, salen palabras. Y si salen palabras, salen cuentos.”
Lía, una niña con coletas, mira su cuaderno y aprieta el lápiz. Sus cejas hacen una montaña pequeñita.
El señor Nico se acerca despacio, como si caminara sobre algodón. “Hola, Lía. ¿Qué pasa?”
Lía susurra: “No me sale. Me equivoco. Me da… duda.”
“Las dudas son como una pelusa en el calcetín”, dice el señor Nico con voz dulce. “Molestan un poquito, pero se quitan. ¿Lo hacemos juntos?”
Lía asiente, muy pequeñito.
Primero, el maestro pone la pizarra con un dibujo: un sol amarillo con gafas. “Hoy el sol lee con nosotros.”
“¡Hola, sol!”, dice la clase.
“Hola”, dice el señor Nico, moviendo la tiza como si fuera la boca del sol. “Ahora, trabajo de maestro: explico, repito, y espero con paciencia. Y también pongo orden en el ruido, como cuando guardamos juguetes.”
En una mesa hay tarjetas con sílabas: MA, ME, MI, MO, MU. Él las coloca como un tren.
“Chú-chú”, hacen algunos.
“Muy bien”, dice el señor Nico. “Ahora, misión de equipo. En parejas, construimos palabras con el tren.”
Los niños juntan tarjetas. “MA…MA”, dice Hugo.
“¡Mamá!”, responde el señor Nico. “¿Ves? Dos vagones y ya.”
Mientras todos juegan, Lía sigue mirando su cuaderno. Tiene un texto corto, de tres líneas, para leer en voz alta. Ella lo ha copiado. Pero su mano tembló un poco y una palabra quedó rara.
El señor Nico se sienta a su lado. No la separa de la clase; solo gira la silla para estar cerquita. “Vamos a releer tu texto. Re-le-er es leer otra vez, con calma, como cuando vuelves a abrazar a tu peluche.”
Lía mira al maestro. “¿Y si me sale mal?”
“Entonces lo repetimos. Aquí nadie corre. Aquí aprendemos juntos.”
El maestro señala con el dedo, como un tren lento que va por la vía de las letras.
Lía empieza: “El… so… sol…”
“Muy bien. El sol”, dice el señor Nico.
Lía sigue: “sa… sa… sal…”
Se para. Sus ojos se ponen brillantes, pero no cae ninguna lágrima. Solo duda.
El señor Nico sopla suave, como si apagara una vela invisible. “Mira esta palabra. Vamos a partirla, como una galleta. SA-LU-DA.”
“Sa… lu… da”, repite Lía.
“¡Saluda! ¿A quién saluda el sol?”
Lía sonríe un poquito. “A mí.”
“A ti, y a todos”, dice el maestro. “Sigue.”
Lía lee: “El sol saluda a la… cla… se.”
“¡A la clase!”, completa el señor Nico, sin prisa. “Lo estás haciendo.”
Lía tapa su boca con la mano. “Pero me trabo.”
“Trabarse es normal”, dice él. “Hasta las cremalleras se traban. Y alguien ayuda y ya está. Yo soy tu ayuda.”
En la alfombra, los niños terminan sus palabras y vienen a enseñar. El señor Nico levanta la mano. “Un momento. En clase, cooperamos. Eso significa que esperamos y cuidamos el turno.”
Hugo se sienta. “Espero.”
“Gracias”, dice el maestro. “Eso también es ser equipo.”
Luego, el señor Nico mira a Lía. “¿Quieres leerlo otra vez, ahora con voz de sol con gafas?”
Lía ríe. “Sí.”
Lía lee de nuevo, más segura: “El sol saluda a la clase.”
“¡Brilla!”, dice el señor Nico. “Y ahora añadimos una frase pequeñita, si quieres. Los maestros también inventamos juegos para practicar.”
Él escribe despacio: “Yo saludo también.”
Lía lo copia. “Yo… sa… lu… do… tam… bién.”
“Perfecto”, dice el maestro. “Tu texto ya tiene dos saludos. Es un texto amable.”
Suena una campanita suave, la de ordenar. El señor Nico canta bajito: “Guardamos, guardamos, cada cosa a su sitio.”
Los niños guardan tarjetas y lápices. Lía guarda su cuaderno con cuidado, como si fuera una concha.
Antes de salir, el señor Nico se agacha a la altura de la clase. “¿Qué hace un maestro?”
“¡Ayuda!”, dice Hugo.
“¡Escucha!”, dice Nora.
“¡Repite!”, dice Lía, y se ríe.
“Sí”, dice el señor Nico. “Y celebra cada pasito. Un pasito, otro pasito. Así aprendemos.”
La tarde se vuelve tranquila. Las sillas quedan alineadas, como soldados cansados pero contentos. El señor Nico apaga la luz grande y deja una lamparita pequeña, como una luna en la esquina.
Lía se despide con la mano. “Adiós, señor Nico.”
“Adiós, Lía. Mañana seguiremos. Mañana habrá más letras, más trenes… y más risas.”
Lía camina con su familia. En su cabeza, el sol con gafas le guiña un ojo. Piensa en su cuaderno. Piensa en el maestro que espera, que acompaña, que vuelve a leer con ella.
Y, como una manta suave, se le posa una idea calentita: mañana, en la clase, las risas volverán a sonar.