Cargando...
Mito fantástico 9/10 años Lectura 12 min.

El sendero de la pluma negra y el bosque prohibido

Ane, una mujer curiosa, se adentra en el bosque prohibido guiada por una pluma negra y un hilo de luz, enfrentando pruebas que le enseñan a escuchar, respetar y caminar con valentía junto a su miedo.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Ane, mujer tranquila y curiosa de rostro dulce con leves pecas, cabello castaño trenzado y ojos avellana, sostiene una pluma negra brillante; a la izquierda un gran cuervo de plumaje lustroso la observa desde una roca; al fondo, Mari, la Dama del Monte, alta y luminosa con piel verde musgo y cabellos de niebla y hojas, muestra con la palma abierta un hilo de luz que se enrosca en la muñeca de Ane; más atrás, un gigante dormido cubierto de ramas y hojas yace entre raíces con una piedra blanca junto a la mano; todo en una clara de bosque densa y mágica: troncos retorcidos, musgo vivo, helechos, rayos dorados, un sendero de piedras lisas y un arroyo que brilla como plata. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mujer que escuchaba el musgo

Ane vivía al borde de un valle verde donde las nubes parecían ovejas distraídas. Era una mujer de pasos tranquilos y mirada larga, de esas que pueden quedarse un rato observando cómo una hoja cae sin aburrirse. Decían que Ane pensaba tanto que, si se quedaba quieta, hasta las piedras le contaban secretos.

Desde su ventana veía el límite del bosque prohibido: un mar de hayas y robles donde la luz entraba en rayas, como si alguien peinara el aire. Nadie cruzaba ese lugar. “Allí caminan los nombres antiguos”, murmuraban las abuelas. “Allí se enfada el viento”.

Pero Ane tenía un deseo que le latía como un tambor suave: atravesarlo.

No era por llevar la contraria. Era por el misterio. Por la sensación de que, al otro lado, existía una respuesta que todavía no sabía formular. En las noches claras, cuando el monte se dibujaba como una espalda dormida, Ane creía oír un canto lejano: tres notas que volvían una y otra vez, una y otra vez, como si el bosque respirara música.

Una tarde, mientras recogía agua en la fuente, encontró algo extraño entre las piedras: una pluma negra, brillante, tan perfecta que parecía recién pintada. Al tocarla, sintió un cosquilleo en la palma, como si la pluma recordara el vuelo.

—Vaya —dijo, y su voz sonó pequeña frente a la montaña.

Guardó la pluma en el bolsillo. Y esa noche soñó con un camino oculto, cubierto de helechos, que se abría solo para quien no corriera.

Al despertar, Ane se preparó. Pan, queso, una cantimplora, una cuerda y una linterna. Antes de salir, se miró en el espejo: no llevaba armadura ni espada. Solo su calma, su curiosidad y una valentía que no hacía ruido.

Al llegar al borde del bosque prohibido, el aire cambió. Olía a tierra mojada y a historia. Ane dio el primer paso y el silencio la recibió, grande y redondo, como una campana al revés.

Capítulo 2: El aviso del cuervo y la risa del río

Dentro del bosque, todo parecía mirar. Las ramas se curvaban como dedos, las sombras se movían como mantas y el musgo era tan verde que daba ganas de pedirle perdón por pisarlo. Ane avanzaba despacio, como quien entra en una casa ajena.

La pluma negra, en su bolsillo, se calentó de repente. Ane la sacó y entonces un cuervo bajó de un salto a una roca cercana. Tenía los ojos como dos canicas de noche.

“No corras, no grites, no te olvides de saludar”— graznó, y agitó las alas como si estuviera leyendo un mensaje invisible.

Ane parpadeó. En su valle los cuervos hablaban… solo en las historias. Pero allí lo sobrenatural era tan normal como la lluvia.

—Hola —dijo Ane, seria y educada, como si saludara a un vecino—. No pienso correr.

El cuervo ladeó la cabeza.

“Bien. Porque el bosque se enfada con los pies impacientes.”

Ane siguió caminando. Pronto escuchó agua. Un río estrecho cortaba el sendero, rápido y cantarín. No había puente. El agua parecía reírse, ¡ja-ja!, con burbujas que saltaron justo cuando Ane se agachó.

—No te burles —susurró Ane, aunque una sonrisa se le escapó.

La corriente no era enorme, pero las piedras estaban resbaladizas. Ane buscó un paso seguro. Una y otra vez probó con el pie, una y otra vez retiró la bota, porque la roca se movía o se escondía bajo el agua.

Entonces recordó el consejo del cuervo: saludar. Se inclinó hacia el río.

—Buenos días. Necesito cruzar sin hacer daño.

El agua bajó el volumen de su risa. Y, como si entendiera, tres piedras aparecieron donde antes solo había espuma. No eran nuevas; simplemente ahora estaban en el lugar correcto, firmes, como si alguien las hubiese llamado por su nombre.

Ane cruzó con cuidado. Al llegar a la otra orilla, el río volvió a cantar, pero esta vez sonaba contento, como un aplauso líquido.

Detrás, el cuervo graznó:

“Así se camina en lo sagrado.

Ane tocó la pluma negra. Ya no parecía un objeto suelto, sino una invitación.

Capítulo 3: La Dama del Monte y el hilo de luz

El bosque se espesó. La luz se volvió verde. El aire olía a helecho y a piedra fría. Ane sintió que estaba entrando en un sitio que no era solo un lugar, sino también una promesa.

En una pequeña claridad, encontró un círculo de rocas cubiertas de líquenes. En el centro había una huella enorme, como la marca de un pie gigante. Ane tragó saliva. No de miedo, sino de asombro.

Una brisa levantó su pelo. La brisa no venía de ninguna parte… y de todas.

Entonces apareció ella: una figura alta y luminosa, hecha de niebla y de musgo, como si el monte se hubiera puesto de pie. Sus ojos tenían el color del cielo antes de llover.

Ane supo sin que nadie se lo explicara: era Mari, la Dama del Monte, de la que hablaban las leyendas.

Mari no caminó: se deslizó. No habló con boca: su voz llegó como un eco suave dentro de la cabeza de Ane.

“¿Por qué cruzas el bosque que prohíben?”

Ane se tomó un segundo. En un lugar así, mentir debía pesar como una mochila llena de piedras.

—Quiero entender —dijo—. Quiero saber qué hay al otro lado y qué hay dentro de mí cuando avanzo.

La claridad pareció brillar un poco más.

“Quien busca sin romper, encuentra sin perder.”

Mari levantó una mano. En su palma apareció un hilo de luz, finito como telaraña y cálido como una lámpara en invierno. El hilo se enrolló alrededor de la muñeca de Ane sin apretar.

“Este hilo no guía a quien corre. Guía a quien escucha. Habrá sombras que te confundan. Habrá palabras que te asusten. Pero recuerda: una y otra vez, vuelve a tu respiración.

Ane asintió. El hilo palpitaba al ritmo de su corazón.

Antes de desaparecer, Mari dejó una frase que quedó colgada entre los árboles, como una campana invisible:

“El valor no es no tener miedo. El valor es caminar con él, sin dejarlo conducir.”

Cuando la niebla se deshizo, Ane se encontró sola en la claridad. Pero no se sintió abandonada. El hilo de luz era como una mano pequeña dentro de su mano.

Capítulo 4: El laberinto de hojas y el gigante dormido

Más adentro, el bosque cambió de nuevo. Los árboles se repetían, repetían, repetían. Ane tuvo la sensación de dar vueltas sin avanzar, como si el mundo estuviera jugando a confundirse.

El hilo de luz tiró suavemente hacia la izquierda. Ane lo siguió. Luego hacia la derecha. Ane lo siguió. Una y otra vez, obedeció sin prisa. Aun así, el aire se volvió más oscuro. El canto de tres notas se escuchó de nuevo, pero ahora sonaba lejano, como escondido detrás de una pared.

De pronto, el suelo tembló. No como un terremoto, sino como un ronquido gigantesco.

Ane se detuvo. Frente a ella, entre raíces enormes, descansaba un ser inmenso cubierto de hojas secas y ramas: un gigante del bosque. Su pecho subía y bajaba lentamente. Cada exhalación movía el polvo de luz que flotaba en el aire.

En su mano, el gigante sujetaba una piedra blanca con símbolos antiguos. Y esa piedra estaba justo encima del paso por donde el hilo de luz quería llevar a Ane.

Ane sintió miedo. Claro que sí. El miedo le apretó el estómago como si fuera una cuerda. Pero recordó las palabras de Mari. Respiró, una y otra vez.

No podía empujar la piedra. No podía gritar. No podía correr.

Se acercó despacio, tan despacio que hasta una hormiga habría tenido paciencia con ella. Vio que, junto a la oreja del gigante, crecía una flor azul. Muy pequeña. Muy valiente.

Ane sacó de su bolsa un pedazo de pan y lo partió en migas. Las dejó cerca de la flor. El cuervo apareció en silencio y picoteó, contento. Y al picotear, dejó caer una pluma negra, idéntica a la de Ane, justo sobre la nariz del gigante.

El gigante estornudó. Fue un estornudo enorme, como un trueno educado. La piedra blanca se deslizó y rodó a un lado sin romper nada.

El gigante siguió durmiendo, ahora más tranquilo, como si el estornudo hubiera sido solo un sueño gracioso.

Ane no pudo evitar soltar una risa bajita. El bosque, por primera vez, también pareció sonreír: las hojas crujieron como si aplaudieran.

Ane pasó por el hueco libre. El hilo de luz se calentó, como diciendo: bien hecho.

Capítulo 5: El sendero reencontrado

El aire se aclaró. Los árboles se separaron como cortinas. Ane salió a una ladera donde el cielo era grande y limpio, y el viento olía a hierba nueva. Ante ella apareció un sendero de tierra clara, tan sencillo que parecía increíble que hubiera estado oculto.

El sendero estaba marcado por pequeñas piedras lisas, colocadas como migas de luna. Y entre ellas, de vez en cuando, una pluma negra. Como si el bosque dejara señales para no olvidar.

Ane se quedó quieta un momento. Miró atrás. El bosque prohibido seguía allí, oscuro y brillante a la vez, lleno de secretos y de respiraciones antiguas. Pero ya no parecía una amenaza, sino un lugar con reglas, como el mar.

El hilo de luz se soltó de su muñeca y subió al aire en espirales. Se convirtió en una hebra que se mezcló con el sol, como si siempre hubiera sido parte de él.

Ane entendió algo sin palabras: el sendero no era solo un camino en la tierra. También era un camino dentro de ella, un camino que se construía con paciencia, respeto y valor.

De regreso, el río no se rió de ella: cantó su canción más clara. El cuervo la acompañó desde una rama.

“¿Ves?”— graznó— “El bosque no prohíbe para mandar. Prohíbe para cuidar.”

Ane asintió.

—Y para enseñar —añadió ella.

Cuando el valle apareció de nuevo, con sus casas y su humo de chimenea, Ane se sintió ligera. No porque todo fuera fácil, sino porque había aprendido a caminar incluso cuando el miedo iba a su lado.

Esa noche, desde su ventana, miró el borde del bosque. Las tres notas sonaron una vez más, suaves, como una nana. Ane sonrió, guardó la pluma negra en una cajita y se acostó.

Al cerrar los ojos, vio el sendero reencontrado, claro y firme. Y supo que, una y otra vez, siempre habría un camino para quien se atreve a escuchar y a avanzar.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Líquenes
Pequeños seres que viven en las rocas y árboles, parecen costras o pelusas verdes o grises.
Cantimplora
Recipiente para llevar agua cuando sales de paseo o de viaje.
Telaraña
Red fina que hace una araña con hilo para atrapar insectos.
Hebra
Trozito fino de hilo o fibra que se puede enrollar o atar.
Símbolos antiguos
Dibujos o signos hechos hace mucho tiempo con un significado especial.
Aplauso líquido
Forma poética para decir que el agua suena como si aplaudiera.
Musgo
Planta pequeña y suave que cubre piedras y troncos en lugares húmedos.
Respiración
Acción de tomar aire y soltarlo, lo que mantiene vivo al cuerpo.
Murmuraban
Hablar en voz muy baja, como si fueran secretos entre varias personas.
Sagrado
Algo muy respetado y cuidado, que no se debe dañar.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Fantasía Mítica para 9/10 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.