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Cuento de animal 5/6 años Lectura 12 min.

El secreto del silencio: Marga y las provisiones del invierno

La marmota Marga, preocupada por el invierno, recorre el bosque aprendiendo a pedir y compartir en silencio con otros animales, y descubre que la calma y el respeto pueden abrir puertas y unir a la comunidad.

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La marmota Marga, pequeña y redonda, pelaje pardo dorado moteado, ojos grandes y brillantes y expresión valiente y serena, recoge avellanas del suelo con sus pequeñas patas; junto a ella un joven jabalí macizo, hocico rosado y pelo castaño oscuro, la mira mientras sacude ramas altas para hacer caer avellanas; una lechuza gris y crema de grandes ojos dorados está posada en una rama observando con aire protector; todo en la orilla de un lago tranquilo al crepúsculo, agua azul profunda, piedras grises, matorrales con avellanas, hierba pálida y hojas secas, ambiente suave de colores cálidos y contrastes nítidos, composición centrada y formas simples. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La primera escarcha

Cuando el otoño empezó a ponerse su abrigo de cobre, la marmota Marga notó que el viento traía agujas frías en la boca. La hierba, que antes era una alfombra verde, se volvió un tapete crujiente. Los árboles se quedaron con los brazos casi desnudos, y el cielo parecía un cuenco de leche pálida.

Marga era sensible como una hoja fina. Sentía el frío antes que los demás y escuchaba hasta el más pequeño “tic” de una rama. Su madriguera estaba bajo una colina suave, redonda como una panza contenta. Allí guardaba lo que podía: raíces dulces, semillas, unas bayas secas. Pero ese año el bosque había sido juguetón y tacaño. Las ardillas corrían con prisas, los conejos susurraban preocupados, y el río cantaba más bajito, como si también guardara fuerzas.

Una mañana, Marga contó sus provisiones. Las miró como quien mira un plato que no alcanza para todos.

—Esto no me llega para el invierno —pensó, y su pensamiento pesó como una piedra en su corazón.

Decidió salir a buscar un poco más. “Solo un poco”, se dijo. Porque el invierno era un gigante dormido; cuando despertara, cerraría las puertas del bosque con hielo.

Marga caminó entre hojas secas que sonaban como galletas. A veces se detenía. Había aprendido que el silencio no es vacío: el silencio es una casa. Si lo respetas, te cuenta secretos. Si lo rompes a gritos, se esconde.

En el claro de los helechos vio huellas pequeñas. Eran como comas dibujadas en el barro. Siguió el rastro hasta un seto y, al asomarse, encontró un montón de setas… pero no estaba sola.

Un zorro joven, con ojos brillantes y cola de pincel, olfateaba el mismo tesoro. Marga se quedó quieta. El zorro levantó la cabeza.

—¿También te gustan las setas? —preguntó él, con una sonrisa que parecía amable, aunque los zorros siempre guardan una esquina de picardía.

Marga tragó saliva. No quería pelear. No quería gritar. Sus palabras salieron bajitas, como ratoncitos.

—Busco comida para sobrevivir al invierno.

El zorro se acercó un paso. Marga sintió un tambor en el pecho.

—Yo también —dijo él—. Pero estas son pocas. ¿Qué tal si… las compartimos?

Marga lo miró. Compartir con un zorro era como compartir una manta con una sombra: no se sabe si abriga o asusta. Aun así, sus orejas captaron algo nuevo: el zorro hablaba sin ruido de dientes. Y el bosque, en silencio, no avisó de peligro.

—Está bien —respondió Marga—, pero sin empujar.

Repartieron con cuidado. Y cuando Marga guardó su parte, el zorro se inclinó y dijo en voz muy baja:

—Dicen que cerca del lago hay un arbusto de avellanas que nadie ha visto este año. Pero hay que ir con calma. Si haces mucho ruido, los cuervos lo cuentan todo y luego llegan los más fuertes.

Marga entendió el mensaje. El silencio podía ser un escudo.

Se despidieron. Ella siguió camino, con el corazón un poquito más valiente.

Parte 2: La lección de la lechuza

El sol se escondió temprano, como un niño que juega a las escondidas. Marga se dio cuenta de que estaba lejos de su colina. La sombra se estiró por el suelo y el aire olía a nieve que aún no había caído.

Entonces lo oyó: un suave “uuuh”, como un suspiro de luna.

En una rama alta estaba una lechuza. Sus plumas eran grises y crema, como una nube que aprendió a volar. Sus ojos, redondos y dorados, parecían dos faroles encendidos para los viajeros.

—Buenas noches, pequeña caminante —dijo la lechuza—. Tus pasos suenan como pregunta.

Marga levantó la cara. No quiso hablar deprisa. Había algo en la lechuza que pedía respeto, como cuando uno entra en una biblioteca de cuentos.

—Busco comida para el invierno —explicó—. Tengo miedo de no tener suficiente.

La lechuza giró la cabeza con una elegancia divertida, como si bailara sin música.

—El miedo es un tamborcillo —murmuró—. Si lo tocas fuerte, despiertas al bosque entero. Si lo escuchas en silencio, te enseña por dónde ir.

Marga parpadeó.

—¿Y por dónde voy?

La lechuza abrió un ala un poco, señalando la oscuridad.

—Primero, escucha. El silencio es una cuerda invisible. Si la jalas con cuidado, te guía.

Marga se quedó quieta. Al principio solo oyó su respiración, luego un “ploc” de gota, después el roce de una hoja que caía. Y, por debajo, un crujido distinto: como si algo pequeño trabajara bajo la tierra.

—¿Oyes? —preguntó la lechuza.

—Sí… como un rascar.

—Son topillos. Guardan raíces en túneles. No les robes. Pero si les pides con respeto, a veces comparten una parte. Y si te acercas sin ruido, no se asustan.

Marga se sorprendió. Nunca había pensado en pedir a un topillo. En su cabeza, pedir era para humanos o para pájaros que cantan. Pero la lechuza estaba allí, seria y suave, como una abuela de plumas.

Caminaron juntas un trecho. La lechuza volaba de rama en rama, sin hacer casi nada de ruido. Era como una sombra buena.

Llegaron a un montículo. Marga se acercó despacito, como si el suelo fuese de cristal. En un pequeño agujero asomó un topillo con bigotes de escoba.

Marga habló bajito:

—Buenas noches. Soy Marga. El invierno viene. ¿Tienes alguna raíz que puedas compartir?

El topillo la miró, olfateó el aire, y después asomó un poco más.

—Si vienes con calma, la calma vuelve contigo —dijo. Y, tras un momento, sacó una raíz pequeña—. Toma. Pero prométeme algo: no pisarás mis túneles y no contarás a gritos dónde vivo.

Marga sintió una alegría calentita.

—Lo prometo. Respetaré tu silencio.

—Entonces el invierno te respetará un poco a ti —dijo el topillo, y desapareció.

La lechuza observó a Marga con ojos de farol.

—¿Ves? —susurró—. El silencio no solo evita problemas. También abre puertas.

Marga guardó la raíz como si fuera una moneda preciosa. Luego siguieron hacia el lago, donde, según el zorro, había avellanas escondidas.

Parte 3: La nieve y la promesa

Cuando llegaron al lago, la noche ya había extendido su manta azul. El agua estaba quieta, como un espejo que no quería hablar. En la orilla, un arbusto retorcido mostraba unas pocas avellanas, redondas como pequeñas lunas.

Marga se acercó, pero un crujido fuerte la detuvo. Desde unas piedras salió un jabalí joven. Tenía la frente dura y la mirada cansada. Olfateó las avellanas y resopló.

Marga dio un paso atrás. No quería discutir. No quería hacer ruido que llamara a más animales. Su corazón volvió a ser una hoja fina.

La lechuza posó una garra en una rama baja.

—No hace falta gritar para ser valiente —dijo, mirando a Marga—. La valentía también puede ser suave.

Marga respiró despacio. Luego habló con voz pequeña, pero clara:

—Buenas noches. Yo solo necesito unas pocas para pasar el invierno. No quiero quitarte todo.

El jabalí frunció el hocico. Parecía una roca que piensa.

—Yo también tengo hambre —gruñó, pero su gruñido no era amenaza, era tristeza—. Y siempre llegan otros y empujan.

Marga miró el arbusto. Había pocas, sí. Pero también había ramitas con brotes y hojas secas alrededor. Se le ocurrió una idea, como una chispa en una chimenea.

—Podemos hacer esto —dijo—: tú comes las que están arriba, que alcanzas mejor, y yo recojo las que caigan al suelo. Y si encontramos más, compartimos. Sin empujar. En silencio, para que nadie venga corriendo.

El jabalí la observó. Luego, como si el viento le hubiera quitado un peso, asintió.

—Hecho.

Trabajaron así. El jabalí sacudía con cuidado, no con violencia, y Marga recogía las avellanas que caían como pequeñas campanas mudas. La lechuza vigilaba, no como guardia, sino como estrella que acompaña.

De pronto, una bandada de cuervos pasó por encima. Uno de ellos graznó fuerte, como si quisiera encender el cielo.

—¡Comida! ¡Comida!

Marga sintió que el pánico le subía a la garganta. Si los cuervos llamaban a otros, el arbusto se quedaría desnudo. Pero la lechuza batió las alas muy despacio, y su vuelo hizo una sombra grande que cruzó el lago.

Los cuervos, al ver la sombra silenciosa, se callaron un instante. Y ese instante fue una puerta.

—Ahora —susurró la lechuza—. No corras. Solo muévete con calma.

Marga y el jabalí recogieron lo justo y se alejaron sin alboroto. El silencio los cubrió como un manto de lana. Los cuervos siguieron de largo, aburridos por no tener espectáculo.

Cuando estuvieron a salvo entre los arbustos, el jabalí miró a Marga con respeto.

—Eres pequeña, pero no eres poco —dijo—. Tu calma es fuerte.

Marga sonrió. Sus mejillas parecían dos bolitas de tierra tibia.

—La lechuza me enseñó.

La lechuza parpadeó, divertida.

—Yo solo recordé lo que el bosque siempre dice en voz baja.

Marga regresó a su colina antes del amanecer. El cielo empezaba a aclararse como una página nueva. En su madriguera ordenó sus provisiones: setas compartidas, raíz del topillo, avellanas del lago. No era un tesoro enorme, pero sí un tesoro honesto, tejido con amistad y cuidado.

Antes de dormir, Marga pensó en su promesa. No hablaría de los túneles del topillo. No haría ruido en el lago. Entendió que el silencio es como una semilla: si la plantas, crece paz.

Y cuando, días después, la primera nieve cayó —blanca, suave, silenciosa—, Marga no sintió que el invierno era un gigante enemigo. Lo sintió como un visitante serio al que se recibe con respeto.

En la noche más fría, mientras el viento soplaba afuera como un lobo cansado, Marga oyó algo desde la entrada de su madriguera. Era un canto de pájaro, finito y dulce, como una hebra de miel en el aire. Tal vez era un petirrojo perdido, o un pajarillo valiente que cantaba para no temblar.

La lechuza, desde un árbol cercano, acompañó el canto con un “uuuh” suave, como un aplauso de luna.

Marga cerró los ojos. El canto le dijo: “Aguanta. No estás sola”. Y ella, abrazada a su silencio y a sus provisiones, sonrió en la oscuridad, caliente por dentro como una pequeña lámpara.

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Escarcha
Capa delgada de hielo que aparece en las plantas cuando hace mucho frío.
Madriguera
Casa subterránea donde viven algunos animales, como conejos o marmotas.
Crujiente
Que hace un sonido seco y quebradizo al pisarlo o morderlo.
Provisiones
Comida y cosas guardadas para usar cuando no hay mucho afuera.
Susurraban
Hablar muy bajito, casi sin hacer ruido.
Túneles
Caminos estrechos bajo la tierra que hacen algunos animales.
Topillos
Pequeños animales que viven en la tierra y hacen túneles.
Arbusto
Planta baja y con muchas ramas, más pequeña que un árbol.
Avellanas
Frutos redondos y duros que comen los animales y las personas.
Bandada
Grupo de aves que vuelan juntas por el cielo.
Resopló
Sacar aire fuerte por la nariz, como cuando estás cansado o molesto.
Manto
Tela o capa que cubre algo, como una manta que cubre la tierra.

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