Capítulo I – El hombre de los colores que cambian
Había una vez un hombre llamado Elías que caminaba por un mundo donde los colores nunca se quedaban quietos. El cielo cambiaba según los suspiros: si alguien reía, se volvía amarillo miel; si alguien lloraba, se teñía de azul profundo, como si el firmamento llevara un pañuelo de seda.
Elías era un hombre de mirada tranquila y corazón muy fiel. Sus ojos parecían recoger todos los tonos del día, y su voz era suave como el murmullo de un arroyo. Llevaba siempre una capa gris, no por tristeza, sino porque así los colores del mundo se reflejaban mejor en ella, como en un espejo de tela.
Una tarde, cuando el aire olía a pan recién hecho y a hojas de naranjo, Elías escuchó una historia antigua. Una anciana de cabellos plateados, tan finos como telarañas de luna, le dijo en la plaza:
—Se dice que existe un reino olvidado, donde la luz nunca teme a la sombra, y donde las personas recuerdan hasta el más pequeño latido de amor.
—¿Un reino olvidado? —preguntó Elías, y sobre la plaza flotó un violeta curioso.
—Sí, muchacho —respondió la anciana, sonriendo—. Nadie sabe dónde está, porque el camino se borra para quienes viajan solos.
Esas palabras se le quedaron a Elías prendidas en el pecho, como una luciérnaga que no quiere apagarse. Desde ese día, su mayor deseo fue encontrar aquel reino escondido, donde la luz y el amor caminaban de la mano.
Capítulo II – La niña de los faroles y el bosque que suspira
Decidido, Elías emprendió el viaje al alba, cuando el horizonte era una rosa encendida. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más se volvían confusos los caminos: las veredas se enroscaban como serpientes tímidas y los montes cambiaban de lugar como muebles inquietos.
Fue entonces cuando oyó una pequeña voz:
—Si sigues por ahí, te perderás en el gris sin nombre.
Elías se volvió y vio a una niña de unos diez años, con trenzas oscuras y un vestido cosido con pedazos de arcoíris. Llevaba en la mano un farol de cristal, dentro del cual brillaba una luz dorada que parecía tener latidos.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Elías.
—Me llamo Liria —respondió ella—. Acompaño a los que no quieren olvidar lo que aman. Este farol guarda un pedazo de mi alegría, para que no se me escape cuando todo se vuelva oscuro.
El farol de Liria lanzaba destellos que cambiaban de color según sus palabras. Cuando habló de alegría, la luz se volvió naranja cálido; cuando miró el camino, se tornó verde esperanza.
—Busco un reino olvidado —dijo Elías—. Me han dicho que solo puede hallarlo quien no viaja solo.
Liria lo observó con atención, y alrededor de ambos el aire tomó un suave color rosado.
—Entonces iré contigo —decidió—. Yo también quiero un lugar donde la luz no tenga miedo.
Y así, juntos, se internaron en el bosque. Los árboles susurraban historias antiguas y sus hojas brillaban, verdes o plateadas, según los recuerdos que cruzaban por el corazón de los viajeros. Cuando Elías pensaba en sus padres, las hojas se volvían doradas; cuando Liria recordaba una noche de tormenta, las ramas se teñían de gris perlado y temblaban.
—Si tienes miedo —le dijo Elías—, toma mi mano.
Ella la tomó, y el bosque, agradecido, se pintó de un suave azul tranquilo, como un abrazo.
Capítulo III – El puente de sombras y la promesa compartida
Al llegar al centro del bosque, hallaron un río ancho y silencioso. Sobre él se alzaba un puente de piedra oscura, tan viejo que parecía hecho de suspiros olvidados. Una niebla espesa reptaba por sus bordes.
—Dicen que este es el Puente de las Sombras —susurró Liria—. Refleja los miedos de quienes lo cruzan.
Elías sintió un escalofrío. El cielo, encima de ellos, se volvió gris plomo, como si las nubes contuvieran lágrimas que aún no se atrevían a caer.
—¿Y si al cruzar olvidamos por qué caminamos? —murmuró él.
—Entonces nos lo recordaremos el uno al otro —contestó la niña, con firmeza.
Avanzaron despacio. A cada paso, figuras oscuras aparecían a los lados del puente: eran sombras dibujadas por sus temores. Elías vio a un hombre caminando eternamente solo, sin nadie que tomara su mano; la silueta era la suya. Liria vio un farol apagado, colgando de una rama rota.
La niebla se volvió casi negra, como tinta derramada.
—Liria —dijo Elías, respirando hondo—, si alguna vez tu luz se apaga, te prestaré la mía.
—Y yo —respondió ella—, si alguna vez tu corazón olvida el camino, te cantaré el recuerdo.
Y entre los dos pronunciaron una pequeña promesa, simple y valiente:
—No dejaremos que el otro se quede solo en la sombra.
Al decir esto, un hilo de luz dorada salió del farol de Liria y rodeó a Elías como un cinturón luminoso. Al mismo tiempo, de la mano de Elías brotó una claridad blanca y suave que se enroscó en los dedos de la niña. Las sombras retrocedieron, murmurando, y la niebla se volvió plateada, casi transparente.
Cuando llegaron al otro lado del puente, el cielo se había teñido de un violeta sereno. Elías y Liria se miraron, cansados pero sonriendo, y supieron que la promesa les había dado una fuerza nueva.
Capítulo IV – La puerta de cristal y el reino recordado
Después del puente, el paisaje cambió. El suelo se volvió de un gris brillante, como ceniza de estrella, y el aire olía a lluvia recién caída y jazmín. Frente a ellos, surgió una gran puerta de cristal, tan clara que casi no se veía, salvo por un marco de luz ondulante.
—Debe de ser aquí —susurró Liria—. Siento a mi corazón tocando la puerta desde dentro.
Sobre el cristal apareció una frase, escrita con letras de luz que cambiaban de color:
«Solo entran quienes comparten su luz y su carga».
Elías miró a Liria.
—Lo hemos hecho desde que nos encontramos —dijo con suavidad.
—Y lo seguiremos haciendo —añadió ella—, incluso si el reino quiere que olvidemos.
Pusieron las manos juntas sobre el cristal: la de Elías, grande y firme; la de Liria, pequeña y vibrante. El farol de la niña se encendió con un blanco dorado, mientras de la capa gris de Elías brotaron destellos de todos los colores del cielo. La puerta se volvió de un azul profundo, luego de un rosa delicado, luego de un dorado cálido, y finalmente desapareció como bruma al sol.
Ante ellos se abrió el reino olvidado.
Las casas eran claras como conchas marinas, las calles estaban hechas de piedra luminosa y, en lo alto, colgaban faroles que no necesitaban aceite, pues se alimentaban de los buenos recuerdos de la gente. Los árboles tenían hojas de cristal suave, que sonaban como campanas pequeñas cuando el viento las tocaba.
Pero lo más hermoso era la luz: una luz que no dolía en los ojos ni quemaba la piel. Era una luz suave, como una caricia, que hacía brillar las risas y volvía más hondas las miradas. Cada emoción tenía un color propio, y juntos formaban un cielo vivo, siempre en movimiento.
—No es solo un reino —murmuró Elías—. Es una memoria compartida.
Liria asintió. En sus mejillas bailaban reflejos verdes y dorados.
Capítulo V – El secreto de la luz y el último vistazo
En el centro del reino hallaron una plaza rodeada de fuentes transparentes. En cada fuente se veían escenas de amor y de ayuda: manos que levantaban otras manos, abrazos dados en silencio, lágrimas secadas con paciencia. Elías y Liria comprendieron que aquel lugar vivía gracias al recuerdo de la bondad.
Un anciano con barba de nubes se acercó. Sus ojos, llenos de estrellas, los miraron con ternura.
—Habéis cruzado la sombra sin dejaros solos —dijo—. Por eso el reino os ha recordado.
—¿Recordado? —preguntó Liria.
—Este reino no estaba perdido —explicó el anciano—. Solo estaba esperando a ser visto por corazones que se sostienen mutuamente. Cada gesto de apoyo es una llave; cada abrazo sincero, un puente. Vosotros trajisteis vuestra propia luz y la compartisteis. Así se enciende este lugar.
Elías sintió que su pecho se llenaba de una calma luminosa. Comprendió que el reino olvidado vivía, en realidad, en todos aquellos que se cuidaban unos a otros, incluso en los momentos más oscuros.
—¿Podremos volver? —preguntó Liria.
—Mientras os recordéis y os cuidéis —respondió el anciano—, el camino nunca se borrará del todo.
Entonces la plaza entera se iluminó con un resplandor dorado. El mundo, al otro lado, empezaba a llamarles: se oían los rumores del bosque, el murmullo del río, el viento en el puente.
—Hemos de regresar —dijo Elías—. Hay otros que quizá buscan este lugar sin saberlo.
—Y nosotros podemos ayudarles —sonrió Liria.
La luz del reino se hizo cada vez más intensa, hasta volverse casi blanca. Cuando el resplandor se apagó, se encontraron de nuevo en el borde del bosque. El puente, a lo lejos, parecía menos oscuro; el cielo mostraba un azul limpio con hilos de rosa.
Elías miró a Liria. Ella sujetaba aún su farol, del que escapaban pequeñas chispas doradas, como diminutos pájaros de luz.
—¿Lo viste, verdad? —preguntó ella en voz baja.
—Lo vimos juntos —respondió él.
Durante un instante, los colores del mundo danzaron alrededor de ellos: el verde de la esperanza, el amarillo de la risa, el azul de la calma y un suave rosa de cariño compartido. No necesitaban más palabras.
Elías inclinó la cabeza hacia la niña, y Liria levantó la suya hacia el hombre. Sus miradas se encontraron, claras y sinceras, como dos luces que se reconocen en la noche.
Y, sin decir nada, se dedicaron un largo y silencioso vistazo de complicidad, en el que cabía la promesa de seguir caminando juntos, sosteniendo la luz del uno en el corazón del otro, para que ningún reino de bondad volviera a ser olvidado.