Capítulo 1: Un recreo diferente
Elena tenía nueve años y una curiosidad tan grande como el universo. En la escuela, su lugar favorito era la vieja cancha de cemento donde jugaba a la marelle con sus amigas. Era un día soleado y la sombra de los árboles bailaba en el suelo. Elena saltaba de un número a otro, cuando algo extraño ocurrió: una luz azul verdosa apareció justo en el centro del patio, tan brillante que todos los niños dejaron de jugar.
De la luz surgieron tres figuras pequeñas, con trajes plateados y cabezas redondas como globos. Nadie gritó ni corrió; era como si una brisa suave calmara a todos. Elena, la más atrevida, se acercó primero. Los visitantes tenían ojos grandes, sin pupilas, y bocas diminutas. Se miraron entre ellos y luego a Elena, sonriendo con timidez.
—Hola —saludó Elena, agitando la mano—. ¿De dónde venís?
Las criaturas parpadearon y una de ellas, la más bajita, respondió con una voz que parecía una melodía:
—Venimos de Glimbor, un planeta muy lejano. Buscamos juegos… ¿Sabes jugar?
Capítulo 2: El primer salto
Elena no pudo evitar reír. ¡Extraterrestres que querían jugar! Les explicó la marelle y dibujó con tiza los cuadrados y números en el suelo. Los visitantes la observaban con atención, sus ojos brillando de emoción.
—Primero tienes que lanzar la piedra —dijo Elena, mostrando una piedrita lisa—, y luego saltar de un pie a otro, así.
El extraterrestre más alto intentó lanzar la piedra, pero esta rebotó sobre su traje y salió volando como un cohete. Todos rieron, incluso los maestros desde lejos, que parecían hipnotizados por la paz del momento.
Elena les enseñó a saltar, y pronto los tres visitantes rebotaban como si no pesaran nada, haciendo cabriolas en el aire. Cada salto era un espectáculo; sus pies apenas tocaban el suelo y sus risas sonaban como campanillas. Elena no recordaba haberlo pasado tan bien en un recreo.
Capítulo 3: Descubrimientos curiosos
Mientras jugaban, uno de los extraterrestres sacó de su bolsillo un pequeño aparato brillante. Lo presionó y, de repente, aparecieron dibujos luminosos en el aire, como si la tiza flotara y pintara sola.
—¡Wow! —dijo Elena, fascinada—. ¿Eso es magia?
—Es tecnología glimboriana —explicó el visitante—. Nos ayuda a aprender cosas nuevas rápidamente. ¿Quieres probar?
Elena tomó el aparato y dibujó una flor en el aire. Todos los niños se acercaron, maravillados, y probaron la tecnología. Los extraterrestres, a su vez, aprendieron nuevos juegos: la cuerda, el escondite, y hasta la rayuela en círculos.
Al final del recreo, la cancha era un mosaico de dibujos flotantes y risas. Los visitantes también compartieron algunos de sus juegos: uno en el que había que atrapar burbujas que cambiaban de color y otro en el que se adivinaban formas en el aire.
Capítulo 4: Un problema inesperado
De repente, una nube oscura cubrió el sol. Los visitantes miraron al cielo y sus trajes cambiaron a un tono azulado. El aparato luminoso empezó a parpadear.
—Es nuestra nave —dijo el visitante bajito—. Ha detectado que estamos lejos. Pronto tendremos que irnos.
Elena sintió un nudo en el estómago. No quería que sus nuevos amigos se marcharan tan pronto. Los demás niños tampoco.
—¿Podéis quedaros un poco más? —preguntó Elena.
—No podemos —respondió la visitante más sonriente—. Pero podemos enseñaros una última cosa.
Sacaron unas piedras pequeñas, como canicas, que al tocarlas proyectaban imágenes del espacio: planetas de colores, lunas saltarinas y estrellas en movimiento. Todos miraron asombrados.
—El universo es grande y diverso —dijo el visitante—. Hay juegos y amigos en todas partes. Solo hay que atreverse a conocer lo desconocido.
Capítulo 5: Una despedida luminosa
La luz azul verdosa volvió a brillar en el centro de la cancha. Los extraterrestres dieron un último salto en la marelle y chocaron sus palmas con los niños. Elena les regaló su piedra de la suerte y ellos le dejaron una canica luminosa.
—Nunca olvidéis jugar y descubrir —dijo el visitante bajito.
En un destello suave, desaparecieron. El recreo terminó, pero la alegría no. Elena guardó la canica en su bolsillo, sintiendo que una parte del universo había quedado en la escuela.
Mientras los niños volvían a clase, una sombra grande y reconfortante se extendió sobre la cancha. Era la sombra de un árbol antiguo, que parecía abrazar el patio entero. Bajo su protección, todos se sintieron seguros y listos para cualquier aventura, convencidos de que la amistad y la curiosidad podían cruzar cualquier galaxia.