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Cuento de San Valentín 9/10 años Lectura 16 min.

El nudo más fuerte del mundo: un distintivo de amistad para todos

Nora e Inés crean distintivos inclusivos en su aula y, entre risas y manualidades, aprenden a hacer un nudo sólido mientras fomentan la amistad y la equidad entre sus compañeres.

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Dos niñas de unos 9 años: Nora, castaña con mecha, suéter violeta, sentada a la izquierda sosteniendo una cartulina verde con "AMIGA"; Inés, pelo negro corto en bob, chaqueta amarilla, en silla de ruedas ligera a la derecha, guía la mano de Nora sonriendo; en una clase primaria luminosa, mesa de manualidades con tijeras, pegamento, botones y cintas, pizarra con un gran corazón rosa y "San Valentín: amistad", luz de tarde; ambas hacen juntas un nudo doble en un distintivo de fieltro rojo que dice "AMIGUE", primer plano de las manos tirando la cinta rosa, risas, brillo disperso, estilo manga expresivo, composición centrada en el distintivo y el nudo mostrando cooperación y alegría. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un corazón en el tablón

El aula olía a papel nuevo y a pegamento, como si alguien hubiera abierto una tienda de manualidades dentro de la escuela. En la pizarra, la profe Clara había pegado un cartel con un corazón enorme y letras brillantes: “San Valentín: amistad, cariño y pequeños gestos”.

Nora, de nueve años, lo leyó en voz alta, moviendo los labios sin darse cuenta.

A su lado, Inés también lo miraba. Inés llevaba una silla de ruedas ligera, de las que giran con facilidad, y tenía una risa rápida, de esas que saltan antes que las palabras.

La profe dio una palmada suave.

—Este año no haremos cartas secretas —anunció—. Haremos algo para que nadie se quede fuera. Cada persona del curso recibirá un pequeño distintivo que diga “amigo” o “amiga”… o “amigue”, si así lo prefiere. Será un detalle para recordar que el cariño no es un concurso.

—¿Y se puede poner purpurina? —preguntó alguien, con ojos de cometa.

—Se puede… si luego limpiamos —respondió la profe, levantando una ceja.

Las risas se desparramaron por el aula.

Nora sintió un cosquilleo en la barriga. Le encantaban los planes con tijeras y colores, pero también le daba un poco de miedo que saliera mal. Inés, en cambio, ya estaba mirando los materiales como si fueran tesoros: fieltro rojo, cartulina, botones, hilos y cintas.

La profe se acercó a ellas.

—Nora e Inés, ¿os apetece encargaros de un distintivo especial? Uno que se pueda sujetar bien, sin pinchar, y que sea resistente. A veces los broches se rompen o se pierden. Me gustaría uno que aguante juegos, carreras y abrazos.

—¡Sí! —dijo Inés antes que Nora.

Nora asintió, algo nerviosa.

—¿Cómo lo haremos?

La profe sonrió.

—Con imaginación… y con un buen nudo. Al final del día quiero ver un nudo sólido. Un nudo de verdad.

Inés guiñó un ojo a Nora.

—¿Te imaginas que hacemos el nudo más fuerte del mundo? Uno que ni un dragón pueda deshacer.

—Si un dragón viene al cole, yo me escondo debajo de la mesa —susurró Nora.

—Yo me escondo detrás de ti —bromeó Inés—. Pero no porque seas valiente, ¿eh? ¡Porque eres alta!

Nora soltó una risita. Y sin darse cuenta, ya estaba dentro de la misión.

Capítulo 2: La mesa de los materiales y el “ay” del pegamento

En el rincón de manualidades, la mesa parecía un mercado de colores. Había tijeras que brillaban como peces, rotuladores que olían a frutas y una caja de botones que sonaban como lluvia cuando la movías.

Inés colocó su silla de ruedas junto a la mesa y sacó una cinta rosa.

—Esto podría ir alrededor, como un abrazo —dijo.

Nora cogió cartulina morada.

—Y esto, para escribir “AMIGUE” con letras grandes. Así sirve para quien quiera.

—Equidad —declaró Inés, imitando a la profe con voz seria—. Que nadie se sienta raro.

—Tú no te sientes rara —dijo Nora, frunciendo el ceño.

—Yo me siento… normal-rarísima —contestó Inés, y se rió de su propia palabra inventada.

Empezaron a cortar un círculo de fieltro rojo para la base. Nora recortaba despacio, con la lengua asomando un poco, concentrada. Inés recortaba más rápido, pero con cuidado, como si estuviera haciendo una pizza perfecta.

—Vale —dijo Nora—, pegamos esto aquí…

Apretó el bote de pegamento. Salió una montaña blanca, enorme, como nieve derretida.

—¡Ay! —exclamó.

La gota se deslizó hacia el borde del fieltro y cayó sobre la mesa con un “plop” pegajoso.

Inés abrió los ojos.

—Eso no es pegamento. ¡Eso es un monstruo baboso!

Nora intentó limpiarlo con una servilleta. La servilleta se pegó.

—Ahora tengo… una servilleta mascota.

—Se llama Servi —dijo Inés, muy seria—. Y come pegamento.

Nora se rió tanto que se le pasó el susto. Entre las dos despegaron la servilleta con paciencia, sin arrancar el fieltro.

Cuando por fin el círculo quedó limpio, Nora respiró aliviada.

—Necesitamos que el distintivo no pinche —recordó—. Nada de alfileres.

—Podemos usar una cinta para atarlo —propuso Inés—. Como un lazo que se sujete en la mochila o en el estuche.

Nora tocó una cinta azul.

—¿Y si se suelta?

—Entonces hacemos el nudo más fuerte del mundo —repitió Inés, con tono de promesa.

Nora miró el hilo y pensó en la profe diciendo “nudo sólido”. Se imaginó un nudo como una puerta cerrada, segura, que no se abre sin permiso.

—Vale —dijo—. Pero primero… letras.

Escribieron “AMIGUE” con rotulador negro sobre un pedacito de cartulina blanca. Nora lo repasó para que se viera bien. Inés añadió dos estrellitas a los lados.

—Para que brille sin necesidad de purpurina —anunció, orgullosa.

—La profe te va a aplaudir —dijo Nora.

—O me va a pedir que limpie —contestó Inés, y ambas soltaron otra carcajada.

Capítulo 3: El problema del lazo saltarín

Cuando llegó el momento de unir todo, colocaron la cartulina con “AMIGUE” sobre el fieltro rojo. Quedaba como un mensaje en medio de un corazón invisible.

—Ahora la cinta —dijo Inés, sacando la rosa—. Vamos a hacer un lazo.

Nora intentó atar la cinta alrededor de un lado del distintivo, como si fuera un pequeño cinturón. Hizo una vuelta, luego otra. Tiró.

El lazo se soltó y salió disparado hacia el suelo, como un gusano escapando.

—¡Se ha fugado! —gritó Inés.

La cinta quedó enredada en una pata de la mesa. Nora la recogió, roja de vergüenza.

—Es que… mis dedos se ponen nerviosos.

Inés se inclinó un poco.

—Mis dedos también, cuando estoy enfadada con ellos. Pero mira, hacemos esto juntas.

Inés sujetó la cinta con una mano y Nora con la otra. Intentaron un nudo simple. Apretaron. Quedó flojo.

—Eso no aguanta ni un bostezo —dijo Nora.

—Ni una mirada fuerte —añadió Inés.

Se quedaron pensativas. En el aula, otros niños pintaban corazones, hacían tarjetas y se pasaban pegatinas. Se oía el ruido de tijeras y el murmullo de “¿me prestas el rojo?”. Todo era alegre, pero Nora sentía un pequeño peso: su misión era importante. No quería fallar.

La profe Clara se acercó, silenciosa como cuando alguien entra en una biblioteca.

—¿Cómo va ese distintivo especial?

Nora apretó la cinta entre los dedos.

—Se nos escapa el lazo.

Inés levantó la barbilla.

—Necesitamos un nudo que aguante dragones.

La profe sonrió y se agachó a su altura.

—Un nudo sólido es como una amistad justa: se hace entre dos. Nadie tira solo, nadie se queda sin sujetar. ¿Conocéis el nudo doble?

Nora negó con la cabeza.

Inés dijo:

—Yo conozco el nudo de “me ato los cordones cuando tengo prisa y luego se me desatan”.

La profe se rió bajito.

—El nudo doble es como el de los cordones, pero con una vuelta extra. Y, sobre todo, hay que apretar con calma.

Les mostró despacio: cruzar, pasar, tirar; cruzar otra vez, pasar, tirar de nuevo.

—Ahora vosotras —dijo—. Y recordad: equidad. Las dos manos trabajan igual.

Nora e Inés se miraron.

—Manos en equipo —susurró Inés.

—Manos en equipo —repitió Nora.

Lo intentaron. La primera vez quedó torcido. La segunda, mejor. La tercera… el lazo se quedó quieto, como si por fin hubiera decidido portarse bien.

—¡Se ha rendido! —celebró Inés—. ¡La cinta ha entendido quién manda!

Nora tocó el nudo con cuidado, como si fuera una piedra preciosa.

—Ahora sí parece… fuerte.

La profe asintió.

—Va por buen camino. Pero antes de acabar, probadlo: tirad un poco, movedlo, simulad que alguien corre con la mochila.

Nora tiró suavemente. Inés también. El nudo no se movió.

—Está plantado como un árbol —dijo Nora.

—Un árbol amistoso —añadió Inés—. Que da sombra y galletas.

—Los árboles no dan galletas.

—Este sí, porque es de San Valentín —sentenció Inés.

Capítulo 4: Un gesto pequeño, un grupo grande

Quedaba un detalle: que el distintivo se pudiera poner fácil, sin líos. Inés propuso hacer dos extremos de cinta más largos, para atarlo a la cremallera de una mochila o al asa de un estuche.

—Así nadie se pincha, nadie se queda sin poder llevarlo, y cada quien elige dónde —explicó.

Nora asintió. Le gustaba que fuera algo que se adaptara a todos. Equidad, como dijo la profe.

Decidieron añadir un botón en el centro, solo de adorno, como un pequeño “clic” de alegría. Buscaron en la caja hasta encontrar uno con forma de estrella.

—Perfecto —dijo Nora—. Como nuestras estrellitas.

Inés acercó el botón al fieltro.

—Parece el ojo de un robot bueno.

—Un robot que dice “buenos días” y “¿quieres jugar?” —imaginó Nora.

—Y que reparte chistes —agregó Inés—. “¿Qué hace una cinta en una fiesta? ¡Atarse de risa!”

Nora soltó un gemido divertido.

—Ese chiste es… malísimo.

—Gracias —respondió Inés, orgullosa—. Lo entrené.

Cuando el distintivo estuvo listo, lo llevaron a la profe. Ella lo levantó con cuidado, lo giró, miró el nudo y tiró un poquito de la cinta.

—Esto sí es un nudo sólido —dijo, con voz contenta—. Y el mensaje también es sólido. “AMIGUE”. Me encanta.

Nora sintió que el pecho se le llenaba como un globo, pero de los buenos, de los que no explotan sino que te hacen respirar más grande.

La profe llamó al grupo.

—Venid un momento. Mirad lo que han hecho Nora e Inés. Es un distintivo para celebrar la amistad sin dejar a nadie fuera. Lo pondremos en el tablón como ejemplo, y luego haremos más entre todos.

Algunos niños se acercaron.

—¡Qué guay! —dijo Leo—. ¿Se puede hacer en verde?

—Claro —respondió Nora—. El color es para todos.

—¿Y pone “amigue”? —preguntó Alba—. Me gusta. Así vale para quien quiera.

Inés sonrió.

—Ese es el plan.

De pronto, la mesa de manualidades se llenó de manos. Unas pedían cinta, otras botones, otras rotuladores. Nora y Inés explicaban cómo hacer el nudo doble, despacio, sin apurar a nadie.

—Cruza, pasa, tira… y otra vez —decía Nora, como si cantara una receta.

—Pero sin estrangular la cinta, ¿eh? —añadía Inés—. La cinta es nuestra amiga. No la enfadéis.

—¿Las cintas se enfadan? —preguntó un niño pequeño de otra clase que miraba desde la puerta.

—Si las tratas mal, te hacen cosquillas en los dedos y se escapan —contestó Inés con seriedad.

El niño abrió la boca, impresionado, y luego se rió.

En el aula, el ambiente parecía una fiesta suave: papel que cruje, risas, colores por todas partes. San Valentín no era solo corazones; era también compartir tijeras, esperar tu turno, preguntar “¿te ayudo?”, dejar que cada quien elija su palabra y su color.

Nora miró a Inés. Inés le devolvió la mirada y levantó el pulgar.

—Estamos haciendo una cosa buena —murmuró Nora.

—Y una cosa bonita —respondió Inés—. Y una cosa con nudos que derrotan dragones.

Capítulo 5: El nudo final y la sorpresa del corazón

Al final del día, el tablón de la clase estaba lleno de distintivos. Había “AMIGO”, “AMIGA” y “AMIGUE” en letras gordas, finas, redondas, torcidas y con dibujos. Había estrellas, rayos, flores, un gato que parecía una patata y un corazón con gafas.

La profe Clara pidió atención.

—Antes de irnos, un último gesto. Vamos a intercambiar distintivos al azar, para que todos recibamos uno, sin comparaciones. Lo importante es el cariño que lleva.

Metió los distintivos en una caja y la agitó un poco, como si barajara cartas de magia.

Nora sintió mariposas. ¿Y si le tocaba uno con el gato-patata? Bueno… también sería gracioso.

Inés, con una sonrisa traviesa, susurró:

—Ojalá me toque el corazón con gafas. Parece que sabe cosas.

Fueron sacando uno por uno. Cuando le tocó a Nora, sacó un distintivo verde con letras azules que decían “AMIGA” y una pequeña nube. Detrás, había un mensaje: “Gracias por escuchar”.

Nora se quedó quieta un segundo. “¿Gracias por escuchar?” Eso era… ella. Le gustaba escuchar. A veces no se notaba, pero era un superpoder.

Inés sacó uno naranja con “AMIGUE” y un dibujo de una estrella. Detrás decía: “Gracias por hacer reír”.

Inés lo leyó y se le ablandó la cara, como cuando el sol sale detrás de una nube.

—Oye… —dijo, bajito—. Eso me gusta de verdad.

Nora la miró.

—A mí me gusta que hagas reír. Y también que no te rindes.

Inés carraspeó, como si tuviera un bicho en la garganta que era emoción.

—Y a mí me gusta que tú… haces que todo sea más seguro. Como el nudo.

La profe se acercó con el distintivo especial que ellas habían hecho al principio, el del botón estrella.

—Este no va a la caja —anunció—. Este lo pondremos en la mochila de la clase, la que usamos cuando salimos de excursión. Representa a todos y a todas. Y quiero que vosotras hagáis el nudo final, aquí, delante.

Nora e Inés se colocaron junto a la mochila azul de excursiones. La cinta rosa del distintivo colgaba como dos colas alegres.

Nora miró a Inés.

—Manos en equipo.

—Manos en equipo —repitió Inés.

Juntas cruzaron la cinta, la pasaron, tiraron. Luego la cruzaron otra vez, la pasaron y tiraron con calma, igualando la fuerza, sin que una mandara más que la otra. El lazo quedó bonito, pero sobre todo quedó firme. Se notaba en el tacto: apretado, confiado, como si dijera “aquí me quedo”.

Inés intentó moverlo. No cedió.

—Dragón derrotado —susurró.

Nora tocó el nudo una última vez.

—Nudo sólido —dijo, satisfecha.

La profe aplaudió, y la clase también. Pero no era un aplauso ruidoso de espectáculo. Era un aplauso cálido, de esos que te abrazan por dentro.

Mientras recogían, Inés le dio un golpecito suave a Nora con el codo.

—¿Sabes qué? El nudo no es lo único fuerte.

—¿Qué más? —preguntó Nora.

Inés señaló el tablón lleno de distintivos, colores y palabras.

—Esto. La idea. Que hoy nadie se quedó fuera.

Nora sonrió. Afuera, el cielo de febrero estaba frío, pero la clase parecía tener su propia calefacción hecha de risas, cintas y pequeños gestos.

Al salir, Nora miró la mochila de excursiones con el distintivo atado. El botón estrella brillaba un poco bajo la luz.

Y el nudo, bien apretado, se quedó allí como una promesa: fuerte, justo y listo para llevar amistad a donde hiciera falta.

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Tablón
Una tabla grande donde se pegan carteles o trabajos para verlos todos.
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Sustancia que une papel y otros materiales para que no se separen.
Resistente
Que es fuerte y no se rompe con facilidad cuando se usa mucho.
Fieltro
Tela suave y un poco gruesa que se usa en manualidades y adornos.
Cartulina
Papel grueso y firme que sirve para hacer tarjetas y figuras.
Cremallera
Cierre que une dos lados de ropa o mochilas con dientes que se abren y cierran.
Alfileres
Pequeñas varillas con punta que sujetan tela o papel, pueden pinchar.
Distintivo
Objeto pequeño que muestra un nombre o una idea y se lleva puesto.
Equidad
Cuando todos reciben trato justo y nadie queda excluido.
Nudo doble
Tipo de nudo con dos vueltas, más seguro que un nudo simple.
Servilleta
Trozo de papel o tela para limpiar manos y boca al comer.

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