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Cuento de pequeños investigadores 7/8 años Lectura 19 min. (1)

El misterio del frasco de jazmín y el gato Tomate

Leo, un niño detective, investiga la desaparición de un frasco de esencia de jazmín en el mercado, siguiendo pistas y entrevistando a floristas, clientes y hasta un gato.

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Un niño de 8 años, Leo, sonriente y orgulloso, sostiene un pequeño frasco de vidrio dorado etiquetado “Jazmín” en una mano y una lupa de plástico en la otra; tiene pelo castaño alborotado, camiseta amarilla de rayas finas y rodillas ligeramente raspadas; a su derecha Clara, la vendedora de unos 40 años, con delantal verde manchado de polen, se inclina sobre una mesa de madera con las manos en la boca y mirada aliviada; a la izquierda Nora, una niña de 8 años con una gran lazada rosa en la chaqueta y una bolsita rosa, aplaude mientras da pequeños saltos, con el pelo castaño claro en dos trenzas; detrás, un repartidor joven de 20–25 años con camiseta azul y gorra está junto a un carro, secándose las manos y con gesto contrito; un gato naranja llamado Tomate se sienta en una caja observando la escena desde una pila de cartones; la escena ocurre en un mercado de flores concurrido con puestos de madera, cintas azules, macetas con tulipanes rojos y margaritas blancas, el suelo de baldosas húmedo con pequeñas gotas y cajas apiladas; el momento central muestra el hallazgo del frasco de jazmín en una caja de plástico sobre un carro: Leo lo alza descubierto y todos sonríen aliviados, composición centrada, luz suave de mañana, paleta cálida y texturas visibles de madera, vidrio y telas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El caso del olor desaparecido

Leo tenía siete años y una mochila con tres cosas muy importantes: una libreta, un lápiz y una lupa de plástico que hacía que todo se viera un poquito más grande… y un poquito más serio.

Aquel sábado, Leo fue con su mamá al mercado de flores del barrio. Era un lugar alegre, lleno de colores. Había rosas rojas como caramelos, margaritas blancas como botones y girasoles que parecían sonreír.

Leo respiró hondo.

“¡Mmm! Huele a jardín”, dijo, cerrando los ojos.

En ese momento, una florista de delantal verde, la señora Clara, levantó las manos como si hubiera visto un ratón bailar.

“¡Ay, no! ¡No, no, no!”, exclamó.

Leo abrió los ojos. Su mamá se inclinó hacia él.

“¿Qué pasa, Clara?”, preguntó.

La señora Clara señaló una mesa donde debía haber un pequeño frasco con etiqueta dorada. La mesa estaba ordenada, pero… faltaba algo.

“¡Mi frasquito de esencia de jazmín!”, dijo Clara. “Lo uso para perfumar los ramos. Sin eso, mis flores parecen… ¡flores normales!”

Leo se llevó una mano al pecho, como un detective de película.

“Señora Clara, soy Leo. Puedo investigar”, dijo con voz seria. Luego, añadió con una sonrisa: “Pero solo si no hay monstruos.”

“Monstruos no. Solo clientes con prisas”, respondió Clara, y suspiró.

La mamá de Leo le guiñó un ojo.

“Puedes ayudar, pero con calma y con método”, le recordó.

Leo abrió su libreta. En la primera página escribió con letras grandes:

“CASO: EL FRASCO DE JAZMÍN DESAPARECIDO”.

Debajo, dibujó tres casillas:

1) ¿Qué falta?

2) ¿Dónde estaba?

3) ¿Quién lo vio por última vez?

Leo levantó la mirada.

“Primero, preguntas”, dijo.

Clara asintió, agradecida.

“Estaba aquí, en esta mesa, al lado de los lazos. Lo vi hace… media hora. Luego atendí a un señor con sombrero, a una niña con una mochila rosa y al repartidor que trajo cubos con agua.”

Leo subrayó en su libreta: SOMBRERO, MOCHILA ROSA, REPARTIDOR.

“¿Alguien más pudo entrar detrás del puesto?”, preguntó.

Clara señaló una cuerda que marcaba un límite.

“Solo yo paso. Pero a veces los niños se asoman… con curiosidad.”

Leo miró alrededor. El mercado zumbaba como una colmena tranquila. Nadie parecía malo. Eso era bueno.

“Vale”, dijo Leo. “Ahora, pistas.”

Sacó su lupa. Su mamá se rió bajito.

“Esa lupa es muy profesional”, bromeó.

“Shhh… está trabajando”, contestó Leo, y Clara soltó una risita.

Leo se agachó y examinó la mesa. Vio pétalos sueltos, una cinta azul, un charquito de agua y… algo más.

“¡Una marca redonda!”, dijo.

En la madera había un círculo húmedo, como cuando apoyas un vaso frío.

“Ahí estaba el frasco”, dedujo Leo. “Se fue hace poco, porque la marca está fresca.”

Clara se llevó una mano a la frente.

“¡Exacto! Y yo no lo moví.”

Leo levantó un dedo.

“Regla número uno: no acusar sin pruebas.”

“Muy bien, detective”, dijo su mamá.

Leo apuntó: PISTA 1: MARCA HÚMEDA.

Luego olfateó cerca de la mesa.

“¿Huele a jazmín?”, preguntó, casi tocando la madera con la nariz.

Clara se inclinó.

“Un poquito… sí. Como si hubiera caído una gota.”

Leo sonrió.

“Entonces el frasco estuvo aquí. Y si hay una gota, tal vez… dejó un camino.”

Leo miró el suelo de baldosas. Había muchas manchas de agua, porque las flores necesitaban beber. Pero algunas gotas formaban una línea pequeñita, que iba… hacia la esquina del puesto, donde se apilaban cajas de cartón.

“Equipo”, dijo Leo. “Necesito ayuda.”

Su mamá se arrodilló con él, y Clara también.

“Seguimos las gotas, sin tocar nada”, ordenó Leo.

Los tres avanzaron despacito, como si jugaran a no pisar lava. Las gotas llegaban hasta una caja con la palabra “TULIPANES” escrita con rotulador.

Leo tragó saliva, pero no de miedo: de emoción.

“Algo me dice que este caso… huele bien”, murmuró.

Capítulo 2: Huellas de agua y un sombrero sospechoso

Leo levantó la tapa de la caja de tulipanes muy despacio.

“Con permiso, señora Clara”, dijo.

“Adelante”, respondió ella. “Pero cuidado: dentro hay papel y… mis tulipanes son tímidos.”

Dentro solo había papel arrugado y un trozo de cuerda. Nada de frascos.

“Hmm”, hizo Leo. “Las gotas llegan aquí, pero el frasco no está.”

Miró a su alrededor. En el mercado, los sonidos eran suaves: tijeras cortando tallos, bolsas de papel arrugándose, gente diciendo “gracias”.

De pronto, pasó un señor con sombrero marrón. El mismo tipo de sombrero que Leo había anotado.

El señor estaba frente a un puesto de ramos y miraba unas peonías muy serias, como si fueran un examen.

Leo se acercó, sin correr.

“Hola, señor”, dijo educadamente. “Perdón… ¿usted estuvo hace un rato en el puesto de la señora Clara?”

El señor se sorprendió y se tocó el ala del sombrero.

“Sí, pequeño. Compré un ramo para mi hermana. ¿Por qué?”

Leo mostró su libreta, como si fuera una placa.

“Ha desaparecido un frasco de esencia de jazmín. Solo queremos hacer preguntas. Regla número dos: ser amable.”

El señor soltó una carcajada.

“Eso es una buena regla. Yo no he tomado nada. De hecho, me fui rápido porque… mi hermana se enfada si llego tarde. ¿Ves este papelito?” Sacó un recibo. “Lo pagué.”

Leo lo miró. Parecía normal.

“¿Vio usted el frasco en la mesa?”, preguntó.

El señor frunció el ceño, pensando.

“Vi un frasco pequeño, sí. Dorado. Olía muy bien. La señora Clara lo usó para rociar un poco el ramo.”

Leo apuntó: TESTIGO: SOMBRERO VIO FRASCO.

“Gracias, señor”, dijo Leo. “Y… su sombrero es muy elegante.”

“Gracias. Esconde mis ideas… cuando llueve”, bromeó el señor, y siguió caminando.

Leo volvió con Clara.

“El señor del sombrero dice que usted usó el frasco en su ramo”, contó.

Clara asintió.

“Sí. Eso fue al inicio de la mañana.”

Leo ladeó la cabeza.

“Entonces el frasco estuvo aquí después. Porque hace media hora usted lo vio.”

Clara se mordió el labio.

“Sí…”

Leo respiró hondo y escribió en su libreta:

PISTA 2: EL FRASCO SE USÓ HOY.

PISTA 3: DESAPARECIÓ HACE 30 MIN.

“Ahora, la niña de mochila rosa”, dijo Leo. “¿Dónde está?”

Clara señaló una zona donde había macetas pequeñas con carteles. Unas macetas tenían forma de animal: un cactus con orejas de conejo, una suculenta con cara de gato.

“Los niños van allí”, dijo.

Leo caminó hacia la zona. Vio a una niña de su edad, con mochila rosa, mirando una maceta con una carita dibujada.

Leo sonrió.

“Hola. Soy Leo”, dijo. “Estoy investigando un misterio del mercado.”

La niña abrió mucho los ojos.

“¿Un misterio? ¡Yo adoro los misterios!”, susurró como si la maceta pudiera oírla. “Me llamo Nora.”

“Encantado, Nora. ¿Estuviste antes en el puesto de la señora Clara, la del delantal verde?”

Nora asintió.

“Sí. Me dio una pegatina de flor”, dijo, señalando una en su mochila.

Leo miró la mochila. La pegatina era de una margarita sonriente.

“¿Viste un frasco pequeño, con etiqueta dorada?”, preguntó Leo.

Nora pensó.

“Vi algo brillante, sí. Estaba en la mesa. Yo no lo toqué. Me asomé porque olía muy rico, como… como cuento de hadas, pero sin hadas.”

Leo se rió.

“Sin hadas, perfecto. ¿Viste a alguien acercarse después?”

Nora señaló con el dedo.

“El repartidor. Trajo cubos y cajas. Y luego… un gato.”

“¿Un gato?”, repitió Leo, sorprendido.

“Un gato naranja. Se paseó por aquí como si fuera el jefe”, dijo Nora, muy seria.

Leo escribió: PISTA 4: GATO NARANJA.

“Gracias, Nora. ¿Quieres ser parte del equipo?”

Nora levantó la mano como en clase.

“¡Sí! ¿Hay contraseña?”

Leo lo pensó un segundo.

“La contraseña es: ‘Pista clara'.”

“¡Pista clara!”, repitió Nora, feliz.

Los dos volvieron a donde estaba Clara. La mamá de Leo los siguió a paso tranquilo.

“Tenemos algo nuevo”, anunció Leo. “Nora vio al repartidor y a un gato naranja.”

Clara arqueó las cejas.

“¿Tomate? ¿El gato del mercado?”

“¿Se llama Tomate?”, preguntó Leo.

Clara rió.

“Sí. Es naranja como un tomate maduro. Y aparece cuando hay comida… o cuando hay cintas bonitas.”

Leo miró la cinta azul de la mesa.

“Cintas bonitas…”, murmuró. “Eso podría importar.”

Leo levantó su lupa y se acercó al suelo, cerca de las cajas.

“Busco… huellas. Regla número tres: mirar el suelo.”

Nora se agachó también.

“¡Yo también puedo mirar! Tengo ojos de águila”, dijo, aunque no parecía un águila; parecía una niña con ganas de ayudar.

Entre las manchas de agua, Leo vio unas marcas pequeñas: como almohadillas y rayitas suaves.

“¡Huellas de gato!”, dijo.

Las huellas iban hacia un pasillo lateral, donde había cubos y un carrito de reparto.

“Equipo”, anunció Leo. “Seguimos las huellas. Sin correr. Regla número cuatro: no hacer un lío.”

“Entendido, jefe detective”, dijo Nora.

“Jefe detective… pequeñito”, añadió la mamá de Leo, riéndose.

Leo enderezó la espalda.

“Pequeñito pero metódico”, respondió.

Y siguieron el rastro con cuidado.

Capítulo 3: El reparto, el carrito y la pista del jazmín

El pasillo lateral olía a agua fresca y a hojas verdes. Allí estaba el repartidor, un chico joven con camiseta azul, colocando cubos.

Leo se acercó y habló con voz clara.

“Hola. Soy Leo. Estoy investigando un frasco de esencia de jazmín que desapareció.”

El repartidor parpadeó.

“¿Un frasco? Yo solo traigo cubos y cajas. Pero pregunta, claro.”

Leo hizo su lista de preguntas como si fueran pasos de baile:

“Uno: ¿pasaste por el puesto de la señora Clara hace media hora?”

“Sí”, dijo el repartidor. “Dejé dos cajas y un cubo.”

“Dos: ¿viste un frasco pequeño en la mesa?”

“Creo que sí. Brillaba.”

“Tres: ¿tocaste algo de la mesa?”

El repartidor negó con la cabeza rápido.

“No. Tenía las manos mojadas. No quería manchar nada.”

Leo miró sus manos. Estaban húmedas, de verdad.

Nora levantó la mano, como si estuviera en una reunión secreta.

“Yo vi un gato naranja”, dijo.

El repartidor sonrió.

“Ah, Tomate. Sí, se me acercó. Se subió al carrito un segundo. Me quiso robar el bocadillo.”

“¿Y le diste el bocadillo?”, preguntó Leo, alarmado por el bocadillo, no por el gato.

“Le di un trocito. Muy pequeño. No soy un monstruo”, dijo el repartidor, riéndose.

Leo apuntó: TOMATE SUBIÓ AL CARRITO.

“¿Tu carrito estuvo cerca de la mesa de Clara?”, preguntó Leo.

“Sí, justo al lado”, respondió.

Leo miró el carrito: tenía una plataforma baja, ruedas y una caja de plástico encima.

“Podría haber pasado esto”, dijo Leo, pensando en voz alta. “Si el frasco estaba en el borde… alguien lo rozó sin querer… cayó al carrito… y luego el carrito se movió.”

Nora abrió la boca.

“¡Como cuando se me cae el borrador en la mochila y luego aparece en el bolsillo pequeño!”

“Exacto”, dijo Leo. “Regla número cinco: pensar en accidentes, no solo en robos.”

La mamá de Leo asintió con orgullo tranquilo.

“Eso es muy importante.”

Leo se acercó al carrito y olfateó el aire, con cuidado de no ser indiscreto.

“¿Puedo revisar la caja de plástico?”, preguntó al repartidor.

“Claro. Yo también quiero que aparezca”, dijo él.

Leo levantó la caja de plástico. Dentro había guantes, una cuerda, etiquetas… y un pequeño frasco.

Nora dio un saltito.

“¡Ahí!”

Pero Leo no lo tomó de golpe. Primero miró la etiqueta.

Era dorada. Y decía: “JAZMÍN”.

Leo sonrió. Pero todavía no cantó victoria del todo.

“Vamos a comprobar”, dijo.

Destapó un poquito, sin derramar. Un olor suave y dulce salió como una nube amable.

“Sí”, dijo Clara, que había llegado detrás con paso rápido. “Es mi esencia.”

El repartidor se llevó las manos a la cabeza.

“¡Madre mía! Entonces sí se cayó. Yo no me di cuenta.”

Clara respiró aliviada.

“No pasa nada. Lo importante es que está. Y que nadie es malo”, dijo, mirando a Leo.

Leo levantó su lápiz.

“Falta una cosa”, dijo. “¿Cómo llegó al carrito? Necesitamos reconstruir la escena. Regla número seis: contar la historia de las pistas.”

Nora se puso seria como una jueza.

“Yo puedo ser la narradora”, dijo.

Leo señaló la mesa del puesto de Clara.

“Imaginemos: el frasco estaba en la mesa, dejó la marca húmeda. Luego…”

El repartidor levantó una mano.

“Yo puse la caja y el cubo al lado. Mi carrito rozó la mesa. Tal vez el frasco estaba cerca del borde.”

Clara asintió.

“Yo estaba girada buscando papel para envolver un ramo.”

Nora añadió:

“Y Tomate pasó por ahí, porque olió bocadillo o cinta azul.”

Leo levantó la cinta azul.

“¿Y si el gato también empujó algo? Los gatos son… especialistas en empujar cosas.”

Clara rió.

“Eso sí es verdad.”

El repartidor dijo:

“Pero el frasco pudo caer solo con el golpe del carrito. Luego, cuando me fui, el frasco iba dentro. Y Tomate se subió al carrito. Tal vez lo movió con la pata y lo escondió un poco más.”

Leo observó la caja de plástico.

“Sí. Estaba debajo de los guantes. Podría haberse deslizado.”

Nora aplaudió despacio.

“Un accidente con gato invitado.”

Leo cerró su libreta.

“Conclusión: no fue robo. Fue un ‘viaje sorpresa' del frasco.”

Clara soltó una carcajada.

“¡Me encanta esa conclusión!”

La mamá de Leo respiró tranquila.

“¿Ves? Con preguntas, calma y pistas, se resuelve”, le dijo a Leo.

Leo miró a Nora.

“Buen trabajo, agente ‘Pista clara'.”

Nora se inclinó como si recibiera una medalla invisible.

“Gracias, jefe detective pequeñito.”

“Pequeñito pero metódico”, recordó Leo, y todos rieron.

Capítulo 4: Ramos perfumados y “affaire classée”

De vuelta en el puesto, Clara colocó el frasco de jazmín en un lugar más seguro: dentro de una cajita con tapa, lejos del borde.

“Regla nueva”, anunció Clara. “Regla de florista: nada importante en el borde.”

Leo lo apuntó.

Nora se quedó mirando las flores.

“Ahora sí huele a cuento sin hadas”, dijo.

Clara roció un poquito de esencia en un ramo de jazmín y margaritas.

“Para agradeceros”, dijo. “Este ramo es para tu mamá.”

La mamá de Leo sonrió.

“Qué detalle tan bonito. Gracias, Clara.”

Leo miró alrededor. En la esquina, Tomate el gato apareció, como si supiera que habían dicho su nombre. Se sentó y se lamió una pata, muy orgulloso.

Leo se agachó a su altura.

“Tomate, tú no eres un ladrón”, le dijo en voz baja. “Eres… un ayudante peludo del caos.”

Tomate parpadeó lentamente, como si eso fuera un gran cumplido.

Nora se rió.

“Creo que acepta el puesto.”

El repartidor volvió a pasar, ahora con el carrito vacío.

“Perdón otra vez”, dijo. “Prometo revisar la caja antes de irme.”

“Y yo prometo no dejar frascos al borde”, respondió Clara. “Todos aprendemos.”

Leo abrió su libreta por la última página. Dibujó un rectángulo como un cartel. Dentro escribió con cuidado, letra a letra, como si fuera una firma importante:

“AFFAIRE CLASSÉE”.

Luego lo levantó para que lo vieran su mamá, Clara, Nora y hasta Tomate (aunque Tomate miraba más bien una mosca).

“Caso resuelto”, anunció Leo. “Gracias al trabajo en equipo y al método.”

Nora levantó el pulgar.

“Y a las huellas de gato.”

Clara aplaudió suave.

“Detective Leo, cuando quieras, tienes un lugar aquí. Pero… por favor… no investigues mis tulipanes tímidos sin permiso.”

Leo se rió.

“Prometido.”

Antes de irse, Leo respiró hondo una última vez. El mercado de flores era aún más bonito cuando sabías que los misterios se podían resolver con calma.

Su mamá le tomó la mano.

“¿Qué aprendiste hoy, detective?”, preguntó.

Leo pensó.

“Que hay que hacer preguntas. Que el suelo cuenta secretos. Que no hay que culpar rápido. Y que los gatos… siempre están en el medio”, dijo.

Su mamá rió.

“Eso último es muy científico.”

Leo miró a Nora.

“¿Nos vemos otro día para otro caso?”, preguntó.

Nora asintió, emocionada.

“Sí. Pero la próxima vez, yo traigo una lupa. Y una contraseña nueva.”

Leo guardó su libreta en la mochila. Caminó hacia la salida del mercado, con el olor a jazmín siguiéndolo como una despedida amable.

Detrás, en el puesto, Clara colgó un papelito pequeño en un corcho. Era el dibujo de un frasco con una flecha hacia una caja con tapa. Y al lado, el cartel que Leo había escrito, bien visible:

“AFFAIRE CLASSÉE”.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

¡Mi frasquito de esencia de jazmín!
Una frase que dice que falta un frasco pequeño con olor a flor de jazmín.
Esencia
Líquido concentrado que guarda el olor fuerte de una flor o planta.
Jazmín
Una flor blanca y muy aromática que huele dulce.
MARCA HÚMEDA
Señal en la madera donde algo mojado estuvo apoyado hace poco.
¡Huellas de gato!
Signo en el suelo que dejan las patas de un gato al caminar.
Delantal verde
Prenda que usa la florista para proteger su ropa, de color verde.
Metódico
Persona que hace las cosas con orden y siguiendo pasos claros.
AFFAIRE CLASSÉE
Expresión que dice que un caso ya está resuelto y terminado.

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