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Cuento sobre una emoción 7/8 años Lectura 17 min.

El minuto de la caja misteriosa y las mariposas de Leo

Leo y sus amigos juegan en un club donde, entre misiones y risas, aprenden a reconocer y compartir las sensaciones internas como la sorpresa para entenderse mejor.

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Hay tres niños de 9 años: Leo, castaño claro, corte corto, camiseta azul y pantalón kaki, sentado en el centro con las manos sobre una carta de juego y expresión de sorpresa curiosa; Hugo, cabello negro rizado, sudadera roja, a la derecha de Leo, sonriendo y levantando una carta para animarlo; Dani, rubio despeinado, chaqueta verde, a la izquierda, riendo con una mano en alto y la otra sobre su estuche. Interior de un centro cultural luminoso, gran mesa de madera clara con cartas coloridas y fichas, estantes bajos con juegos y lápices, ventana con luz de tarde y póster "Club de juegos". Juegan un juego de mesa cooperativo; en el centro hay una carta brillante "Caja Misteriosa". Ambiente cálido en tonos pastel, textura de gouache y pinceladas suaves. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un cosquilleo en el pecho

A Leo le gustaba que los viernes olieran a pan recién hecho y a calle tranquila. Salía del colegio con su mochila saltando en la espalda y se reunía con sus dos mejores amigos, Hugo y Dani, en la esquina de la biblioteca.

“¡Hoy toca club de juegos de mesa!” dijo Hugo, apretando el asa de su estuche como si fuera un tesoro.

Dani, que siempre caminaba un poquito más rápido, respondió: “Y hoy gano yo. Lo he soñado. En mi sueño, mi ficha era un dragón.”

Leo se rió. “¿Un dragón en un juego de ovejas?”

“¡Era un dragón muy educado!” bromeó Dani.

Caminaron los tres hacia el centro cultural. Por el camino, Leo notó algo raro. No era dolor ni miedo. Era como un pequeño globo que se inflaba dentro del pecho, ligero y nervioso a la vez, como cuando abres un regalo y todavía no sabes qué hay.

“¿Estás bien?” preguntó Hugo, que era bueno para darse cuenta de esas cosas.

Leo se encogió de hombros. “Sí… creo. Solo que… siento un cosquilleo. Como si mi barriga hiciera ‘plin'.”

Dani levantó las cejas. “¿Has comido demasiadas galletas?”

“No,” dijo Leo, y se quedó escuchándose por dentro. Su cuerpo parecía hablar en susurros: un poco de calor en las mejillas, las manos inquietas, y la cabeza llena de preguntas.

Al llegar al club, la puerta estaba abierta y salía un olor a cartón y a lápices, ese olor especial de las cajas de juegos. En una mesa grande, la monitora, Marta, colocaba tableros como si estuviera preparando un pequeño festival.

“¡Hola, chicos!” saludó Marta. “Hoy tenemos algo nuevo.”

Leo sintió que el globo del pecho se inflaba un poquito más.

Hugo aplaudió suave. “¡Algo nuevo! Eso suena genial.”

Dani se acercó de puntillas, como si espiar ayudara. “¿Qué es? ¿Un juego secreto? ¿Hay que decir una contraseña?”

Marta se rió. “No hace falta contraseña. Pero sí hace falta una cosa: hablar.”

“¿Hablar?” repitió Leo, y el cosquilleo cambió de forma, como si tuviera mariposas haciendo volteretas.

Marta puso tres sillas juntas y les hizo un gesto. “Antes de jugar, quiero que hagamos una pequeña ronda: cada uno dice cómo llega hoy. Una palabra o una frase.”

Dani se sentó y dijo rápido: “Yo llego con ganas de ganar.”

Hugo pensó un segundo. “Yo llego con curiosidad.”

Leo abrió la boca… y se quedó en blanco. Tenía un montón de sensaciones, pero ninguna palabra parecía suficiente.

Marta lo miró con calma, sin prisa. “Si no te sale, no pasa nada. Puedes decir ‘no lo sé todavía'.”

Leo respiró y dijo: “No lo sé todavía.”

Y por dentro, como una linterna que se enciende despacito, se hizo una promesa: hoy iba a tomarse un tiempo para entender qué le estaba pasando.

Capítulo 2: La carta que cambia el turno

Marta sacó una caja con dibujos de una ciudad alegre, con bicicletas y heladerías. En la tapa se leía: “Vecindario en Movimiento”.

“Es cooperativo, explicó. “Aquí no se gana solo. Se gana en equipo, ayudando al vecindario a funcionar: llevar pan, encontrar un gato perdido, organizar una feria…”

Dani frunció el ceño, como si le hubieran dicho que las patatas fritas ahora eran de brócoli. “¿Cooperativo? ¿Y entonces cómo sé que soy el mejor?”

Hugo le dio un codazo suave. “Si el equipo gana, tú también ganas, genio.”

Dani sonrió. “Ah, vale. Entonces seré el mejor ayudante.”

Leo tocó una ficha de madera que parecía un pequeño repartidor. Estaba lisa y calentita por el sol de la ventana. Se sintió un poco mejor. A veces, tocar cosas con las manos le ayudaba a ordenar la cabeza.

Empezaron a jugar. En cada turno, uno sacaba una carta con una misión. Hugo leyó la primera: “La señora Rosa necesita ayuda para llevar bolsas.”

“Yo voy,” dijo Dani, moviendo su ficha con decisión. “¡Tengo fuerza de dragón educado!”

Hugo leyó la siguiente: “En la plaza, hay un cartel que se ha caído.”

Leo movió su ficha hasta la plaza. “Yo lo levanto.”

“Bien,” dijo Marta. “Pero hay una regla: antes de actuar, tenéis que decir en voz alta qué creéis que puede sentir el personaje.”

Dani parpadeó. “¿El personaje? ¿Mi repartidor?”

“Sí,” dijo Marta. “Aunque sea de madera, podemos imaginar su corazón. Es un entrenamiento para el nuestro.”

Hugo se inclinó hacia su ficha y habló con voz seria, como actor. “Mi personaje siente… responsabilidad. Quiere ayudar.”

Dani carraspeó, divertido. “El mío siente… músculos.”

Hugo se rió. “Eso no es una emoción.”

Dani lo pensó. “Vale, vale. Siente… orgullo.”

Leo miró su ficha junto al cartel caído. ¿Qué sentiría él, si fuera un repartidor en una plaza y un cartel se hubiera caído? Se imaginó a la gente mirando, esperando.

“Creo que se siente… un poco nervioso,” dijo Leo, despacio. “Porque no quiere que nadie se enfade.”

Marta asintió. “Muy bien. Ahora, haz la acción.”

Leo levantó el cartel en el tablero. Y entonces salió una carta especial, con un dibujo de una caja envuelta en papel brillante. Marta la colocó en el centro.

“Esta carta se llama ‘La Caja Misteriosa',” explicó. “Cuando aparece, el equipo tiene que parar un minuto. Un minuto real. Y cada uno dice: ‘¿Qué está pasando dentro de mí ahora?'”

Dani se echó hacia atrás. “¿Un minuto sin jugar? ¡Eso es… durísimo!”

“Es solo un minuto,” dijo Hugo, riéndose. “No te vas a derretir.”

Leo miró la caja brillante dibujada. Y el globo del pecho hizo “pum” suave. Tenía ganas de saber qué era ese cosquilleo, pero también le daba vergüenza hablar de ello.

Marta puso un reloj de arena pequeño sobre la mesa. La arena empezó a caer con un sonido muy bajito, como lluvia finita.

“Empiezo yo,” dijo Hugo. “Dentro de mí hay… emoción de probar algo nuevo. Y un poquito de risa porque Dani sufre por esperar.”

“¡Oye!” protestó Dani, pero se le escapó una sonrisa. “Dentro de mí hay… impaciencia. Mis pies quieren correr. Y también… ganas de hacerlo bien.”

Marta miró a Leo. No con prisa. No con presión. Solo como quien abre una ventana para que entre aire.

Leo tragó saliva. Se fijó en su cuerpo: manos que jugaban con el borde de la carta, tripa que parecía una lavadora suave, ojos que querían mirar a todos y a nadie. Y de repente encontró la palabra, como si alguien la hubiera dejado en una estantería.

“Dentro de mí hay… sorpresa, dijo, y al decirlo sintió que el globo del pecho se volvía menos apretado, más claro.

Dani inclinó la cabeza. “¿Sorpresa? ¿Por el juego?”

Leo pensó. “Por… no sé. Por lo nuevo. Por que me preguntaran cómo estoy. Por… todo.”

Hugo asintió con seriedad. “A mí me pasa a veces. Como cuando cambian el menú y no te lo esperas.”

Marta sonrió. “La sorpresa es como una puerta que se abre de golpe. Entra aire fresco, pero también te despeina. Lo importante es mirar qué trae ese aire: ¿alegría, dudas, nervios?”

La arena terminó de caer. Dani levantó las manos. “¡Bien! Ya hemos sobrevivido al minuto.”

Leo se rió, y ese sonido le hizo cosquillas por dentro, pero ahora era una cosquilla amable.

Capítulo 3: El mapa de las señales

En el siguiente turno, la carta decía: “Hay un pequeño apagón en la heladería. Hay que ayudar a que vuelva la luz.”

Dani se frotó las manos. “¡Misión importante!”

Hugo miró a Leo. “¿Sigues con sorpresa?”

Leo cerró los ojos un instante, como si escuchara una radio interior. “Un poco. Pero ahora es más… suave.”

Marta sacó una hoja y unos rotuladores. “Os voy a enseñar algo para entender las emociones. Se llama ‘Mapa de señales'. No es un examen. Es como dibujar pistas.”

Dani levantó un rotulador azul. “¿Puedo dibujar rayos?”

“Si te ayudan, sí,” dijo Marta.

En la hoja, Marta dibujó un cuerpo sencillo: una cabeza redonda, brazos, barriga. “Cuando sentimos una emoción, el cuerpo manda señales. Puede ser calor, nudo, energía, ganas de moverse, ganas de callarse…”

Hugo señaló su estómago. “Cuando estoy nervioso, aquí hace ‘brrr'.”

Dani dijo: “Cuando me enfado, me salen orejas de volcán.”

“Eso suena peligroso,” bromeó Hugo.

“Son volcanes pequeños,” aclaró Dani. “De bolsillo.”

Leo se rió otra vez. Luego miró el dibujo del cuerpo. “Yo, cuando sentí sorpresa… tenía mariposas en la barriga y las manos no paraban quietas.”

“Apúntalo,” animó Marta. “Y piensa: ¿Qué te decía esa sorpresa? A veces la sorpresa te avisa de un cambio. A veces te invita a prestar atención.”

Leo dibujó mariposas en la barriga del muñeco y unas líneas en las manos. Con cuidado escribió: “cosquilleo” y “manos inquietas”.

Hugo dibujó una lupa en la cabeza de su muñeco. “Yo pongo curiosidad. Mi cabeza hace como ‘zoom'.”

Dani dibujó un rayo en los pies. “Yo pongo energía. Mis pies quieren correr.”

Marta los observó. “Ahora, una parte muy importante: comunicar. Decirlo en voz alta ayuda a que los demás te entiendan y a que tú te entiendas.”

Leo levantó la mirada. “¿Y si me da vergüenza?”

Marta asintió como si esa pregunta fuera una silla cómoda donde sentarse. “La vergüenza es normal. Podemos hablar con frases cortas. Por ejemplo: ‘Ahora mismo me siento…' o ‘Me sorprende que…' También podemos pedir un momento.”

Hugo miró a Leo. “Si te sorprende algo, puedes decírnoslo. No nos vamos a reír de ti. Bueno… solo si dices que te sorprende una zanahoria cantando.”

Dani puso voz de zanahoria. “¡Soy la zanahoria artista!”

Los tres se rieron, y el ambiente se volvió tan cálido como una manta.

El juego siguió. Para arreglar la luz de la heladería, tenían que juntar dos cartas: “Linterna” y “Cable”. Hugo encontró la linterna, Dani encontró el cable. Leo, en su turno, sacó una carta que decía: “Vecina nueva en el edificio. Nadie la conoce.”

Leo se quedó quieto. El cosquilleo volvió un poco, como si saludara.

“¿Qué sientes?” preguntó Hugo.

Leo miró la carta. En el dibujo, una niña con caja de mudanza sonreía tímida.

“Me… sorprende,” dijo Leo, “porque no esperaba una vecina nueva. Y también me dan ganas de ayudar, pero no sé qué decir.”

Marta aplaudió suave. “Eso es comunicar. Has dicho lo que pasa y lo que necesitas.”

Dani se inclinó hacia la carta. “Yo sé qué decir: ‘Hola, soy Dani, futuro campeón cooperativo'.”

Hugo negó con la cabeza. “Mejor: ‘Hola, ¿quieres jugar con nosotros?'”

Leo respiró. “Sí… eso suena bien. Y si me quedo en blanco, puedo decir: ‘Estoy un poco sorprendido, pero me alegra verte'.”

Marta sonrió. “Perfecto.”

En el tablero, movieron sus fichas hacia el edificio y completaron la misión: dieron la bienvenida a la vecina nueva. La heladería volvió a encenderse con una carta brillante que decía: “¡Luz!”

Dani levantó el puño. “¡La luz ha vuelto! Y nadie explotó de vergüenza.”

“Eso es una buena noticia,” dijo Hugo, guiñándole un ojo a Leo.

Leo notó que su sorpresa ya no era un globo que empujaba, sino una cometa que podía sostener con hilo: seguía ahí, pero ahora él la llevaba.

Capítulo 4: Una celebración discreta

Cuando el juego terminó, el vecindario del tablero quedó lleno de pequeñas soluciones: el gato encontrado, el cartel en su sitio, la heladería iluminada, la vecina nueva sonriendo. Marta juntó las cartas y cerró la caja con cuidado.

“Buen trabajo,” dijo. “Habéis ganado en equipo. Y además habéis hecho algo más difícil: escucharos.”

Dani se estiró en la silla. “Yo he sobrevivido a los minutos de pausa. Soy valiente.”

Hugo le dio una palmadita en el hombro. “Eres valiente y dramático.”

Leo guardó su hoja del “Mapa de señales” en la mochila. Le gustaba tenerla, como un pequeño mapa del tesoro, pero del tesoro de dentro.

Marta sacó de un cajón tres pegatinas sencillas: una estrella pequeña, sin brillo exagerado. “No es un premio por ser el mejor. Es un recordatorio: hoy os habéis comunicado.”

Dani pegó la suya en el estuche. “Esta estrella significa: ‘Dani puede esperar un minuto'. Casi lloro de emoción.”

“Eso sí que sería sorpresa,” se rió Hugo.

Leo pegó la estrella en su cuaderno. La miró un instante y sintió un calorcito en el pecho, como cuando te acercas a una lámpara en invierno.

Al salir del club, ya era tarde. La calle estaba tranquila y el cielo tenía ese color azul oscuro que parece una sábana limpia. Caminaron los tres hacia la esquina de siempre.

Hugo preguntó: “Leo, ¿y ahora cómo está tu sorpresa?”

Leo se detuvo un segundo. Miró una farola encendida, escuchó el sonido de sus pasos, y notó su respiración entrando y saliendo, tranquila.

“Ahora la sorpresa está… ordenada,” dijo. “Como cuando abres una puerta de golpe, pero luego la sujetas para que no dé un portazo. Me ayudó decirlo. Y que me escucharais.”

Dani levantó un dedo, serio de mentira. “Regla nueva del equipo: si alguien siente algo raro, lo dice. Aunque sea ‘mi barriga hace plin'.”

Hugo asintió. “Y los demás preguntamos sin burlarnos. Solo con bromas de zanahorias artistas.”

Leo sonrió. “Trato.”

Llegaron a la esquina. Era el momento de separarse: Hugo giraba a la derecha, Dani a la izquierda, y Leo seguía recto. Antes de irse, Dani sacó de su bolsillo un caramelo de menta.

“Celebración discreta,” anunció, como si fuera un presentador de televisión muy pequeño. “Un caramelo para cada uno. No es una fiesta gigante. Es… una mini fiesta.”

Hugo tomó uno. “Gracias. Me encanta lo de mini fiesta.”

Leo tomó el suyo y lo sostuvo en la mano. Olía fresco, como la idea de empezar algo nuevo. Se lo metió en la boca y sintió el sabor mentolado, suave, que le despejaba la lengua.

“¿Sabes qué?” dijo Leo. “Me sorprende que un caramelo pueda saber a ‘lo hemos hecho bien'.”

Dani se encogió de hombros. “La menta es mágica.”

Hugo se rió. “No es magia. Es que estamos contentos.”

Leo asintió. Y mientras cada uno se iba por su camino, Leo pensó en lo que había aprendido: la sorpresa llega sin avisar, como un timbre que suena. Pero él podía abrir la puerta con calma, mirar qué traía, y decirlo con palabras simples. Así, por dentro, todo se volvía más claro.

Esa noche, al meterse en la cama, Leo recordó el reloj de arena y el sonido de la arena cayendo. Cerró los ojos y se dijo en voz baja, como una frase para guardar en el bolsillo:

“Si siento sorpresa, puedo parar un minuto, escuchar mi cuerpo y hablar.”

Y con esa idea tibia y tranquila, se durmió.

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Cosquilleo
Sensación ligera en el cuerpo, como mariposas o cosquillas en la barriga.
Monitora
Persona que dirige una actividad o un juego y ayuda a los niños.
Cooperativo
Juego donde todos trabajan juntos para conseguir una meta común.
Responsabilidad
Deber de cuidar algo o hacer lo que te toca con cuidado.
Sorpresa
Emoción cuando algo pasa de forma inesperada y te llama la atención.
La Caja Misteriosa
Carta del juego que trae una pausa para pensar y hablar juntos.
Mapa de señales
Dibujo que muestra las señales del cuerpo cuando sientes una emoción.
Reloj de arena
Objeto con arena que cae, usado para medir un tiempo corto.
Apagón
Momento en que se va la luz y todo queda oscuro.
Vergüenza
Sentimiento de incomodidad cuando crees que otros te miran o juzgan.

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