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Cuento sobre la mentira 11/12 años Lectura 15 min. (1)

El macetero roto y la verdad valiente de Nico

Nico rompe sin querer el macetero del jardín y, por miedo, dice pequeñas mentiras; a lo largo de la historia lidia con la culpa, la curiosidad y aprende sobre la responsabilidad y la confianza.

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Niño de 12 años, pelo castaño corto y ligeramente rizado, piel clara con algunas pecas, rostro enrojecido y ojos vidriosos, agachado junto a una maceta grande de barro agrietada con una mano sobre la grieta y la otra apoyada junto a las piernas, expresión culpable pero aliviada; mujer (madre, unos 40 años) cabello castaño oscuro recogido en un moño suelto, piel clara, sonrisa serena y mirada compasiva, sentada en el borde de piedra del jardín con la mano sobre el hombro del niño; hombre (padre, unos 40 años) cabello negro con algunas canas, barba de varios días, postura recta y relajada, sosteniendo un trapo y un rollo de cinta de jardinería, situado detrás y al lado del niño; jardín al final de la tarde con luz naranja del atardecer, césped húmedo, tierra alrededor de la maceta rota, un joven limonero en un cubo con hojas verdes brillantes y herramientas de jardinería cerca; escena íntima y reparadora con gestos de arreglo, cicatriz visible en la maceta y ambiente tierno y apacible. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La curiosidad de Nico

Nico tenía doce años y una manía que le metía en líos pequeños, como migas en el sofá: le fascinaban las reacciones de los demás. No en plan mal, sino como quien mira cómo cambia el cielo antes de llover.

En el cole, cuando alguien decía “He perdido el estuche”, Nico se fijaba en las cejas del profe, en las caras de los compañeros, en el silencio de golpe. En casa era peor, porque allí las reacciones venían con cucharones de emociones.

Esa tarde, al llegar, dejó la mochila en el pasillo y se asomó a la cocina.

—¿Hay merienda? —preguntó, como si no supiera.

Su madre, Marta, estaba cortando tomates.

—Hay yogur y manzana. Y si no protestas, te doy un trocito de pan con chocolate.

Nico sonrió. No protestar era fácil.

Su padre, Raúl, entró con el móvil en la mano.

—Nico, acuérdate: nada de balón cerca del macetero grande del jardín. Lo acabo de cambiar de sitio y está en una esquina rara.

—Sí, sí —dijo Nico, demasiado rápido.

La palabra “rara” se le quedó pegada. Una esquina rara era casi una invitación.

Capítulo 2: El golpe en el jardín

Después de merendar, Nico salió al jardín con su balón. El aire olía a hierba recién regada y a tierra caliente. La luz de la tarde hacía brillar las hojas como si tuvieran barniz.

—Solo unos toques —se prometió.

Primero lo controló con el pie derecho. Luego con el izquierdo. Hizo un amago de regate contra un enemigo invisible. Se imaginó al público aplaudiendo. Y entonces, sin querer, pateó más fuerte.

El balón salió disparado hacia la “esquina rara”.

Nico vio el macetero grande, de barro, con un limonero joven que su padre cuidaba como si fuera un bebé. El balón lo golpeó justo en el borde. Hubo un sonido seco, como cuando se parte una galleta demasiado dura.

Crac.

El macetero se abrió en dos, y una raja larga lo atravesó como una cicatriz. Un poco de tierra se desparramó. El limonero tembló y soltó dos hojas.

Nico se quedó quieto, con el corazón haciendo un tambor en la garganta.

—No, no, no… —susurró.

Miró hacia la casa. Las cortinas se movían. En la cocina sonaba un cajón. Nadie había visto nada. O eso pensó.

Se agachó y tocó la grieta. El barro estaba áspero. Le entraron ganas de llorar, pero también otra cosa: un cosquilleo raro, como cuando piensas “¿y si…?”.

¿Y si decía que había sido el viento? ¿O el gato del vecino? ¿O que ya estaba roto?

Se imaginó a su padre con cara seria, a su madre suspirando, a alguien diciendo “Nico… otra vez”.

Y, sin darse cuenta, empezó a barrer la tierra con las manos, como si esconder el desastre lo volviera más pequeño.

Capítulo 3: La primera media verdad

Esa noche, durante la cena, Nico notaba el macetero roto como si lo llevara en la mochila. Cada vez que alguien mencionaba el jardín, su estómago hacía una voltereta.

Su padre dijo:

—Mañana quiero revisar el limonero. Hoy lo vi un poco mustio.

Nico tragó un trozo de tortilla que de pronto parecía una esponja.

—Igual… le dio el sol muy fuerte —soltó, rápido.

Su madre lo miró de reojo.

—¿Has estado en el jardín?

—Un poco —contestó Nico. “Un poco” era verdad. Lo que no era verdad era lo demás.

Después de cenar, se lavó los dientes con tanta fuerza que casi se cepilla los pensamientos. En su habitación, abrió el chat del grupo de clase, “Los Increíbles 1ºB”. Quería distraerse.

Su amiga Lena escribió: “Mañana hay que entregar lo de Ciencias. No se os olvide”.

Nico respondió con un meme, pero no se rió. Miró el techo. En su cabeza, el “crac” se repetía como un anuncio.

Cuando se metió en la cama, oyó a su padre decir en el pasillo:

—Marta, creo que el macetero está en un sitio peligroso. Mañana lo cambiamos.

Nico apretó la almohada. De repente, le pareció que el macetero lo estaba acusando en silencio desde el jardín.

A la mañana siguiente, antes de ir al cole, se asomó por la ventana. La grieta se veía, aunque él había intentado colocar la tierra como si nada. La luz del día no tenía piedad.

“Si digo la verdad, se enfadan. Si no la digo, igual se rompe más, o el limonero se muere… y entonces sí que será peor.”

La idea de que su mentira pudiera dañar algo vivo le dio un escalofrío.

Capítulo 4: Mentiras que se pegan como chicle

En el colegio, Nico no estaba en lo suyo. En Lengua, la profe pidió leer en voz alta. Nico normalmente se ofrecía, pero ese día se hizo pequeñito detrás del libro.

En el recreo, Lena lo notó.

—¿Te pasa algo? Estás más callado que un vídeo sin wifi.

Nico soltó una risa breve.

—Nada. Solo… sueño.

—Claro, “sueño” —repitió Lena, con una ceja levantada—. Esa palabra la usa mi hermano cuando ha roto algo.

Nico se atragantó con el aire.

—¿Yo? Qué va.

Lena se encogió de hombros.

—Vale. Pero si te pesa algo, dilo. Guardarse cosas es como llevar piedras en los bolsillos.

Nico se quedó mirando su bocadillo. Por primera vez, pensó que mentir no era solo decir una frase. Era construir una especie de muro que luego te tocaba sujetar todo el día para que no se cayera.

Al volver a casa, encontró a su padre en el jardín, agachado junto al limonero. Su madre sostenía una bolsa de tierra nueva. Habían visto la grieta.

—Nico —llamó su padre, sin levantar mucho la voz—. Ven un momento.

Nico caminó como si el césped fuera pegajoso. Vio el macetero: la raja era más visible, y había un trocito suelto que antes no estaba. El limonero tenía las hojas un poco caídas.

Su padre señaló el macetero.

—¿Sabes qué ha pasado?

En la cara de Raúl no había enfado, pero sí una decepción suave, como una nube tapando el sol.

Nico sintió el impulso de decir: “No lo sé”. Ya tenía la frase preparada, lista para salir corriendo.

Pero entonces recordó algo que su profe de Sociales decía siempre: “Las cosas pequeñas se hacen grandes cuando las escondemos”.

Nico miró el limonero. No quería que se quedara sin casa por su culpa.

—Yo… —empezó, y la voz le tembló—. Creo que… pudo haber sido el viento.

Fue una mentira pequeñita, casi una esquivada. Y, sin embargo, le dejó un sabor amargo en la boca.

Su madre se quedó quieta.

—¿El viento rompe barro así? —preguntó, sin acusar, solo pensando.

Nico notó que su propia mentira era como chicle: se le pegaba y costaba despegar. Y cuanto más la masticaba, más grande se hacía.

Capítulo 5: “Fui yo”

Esa tarde, Nico no pudo concentrarse en los deberes. El macetero roto estaba allí fuera, esperando. Su padre pegó una de las partes con cuidado y dijo que quizá habría que comprar otro. Su madre habló de poner el balón en un rincón del garaje.

Nico se sentó en el escalón de la puerta del jardín. El cielo empezaba a ponerse naranja. Los gorriones saltaban por el suelo, despreocupados.

Lena le había dicho lo de las piedras en los bolsillos. Nico sentía que llevaba una mochila llena de piedras, y lo peor era que nadie se la podía quitar si él no abría la cremallera.

Su madre salió y se sentó a su lado con dos vasos de agua.

—Te noto raro desde ayer —dijo.

Nico miró el agua, como si dentro hubiera respuestas.

—No quería… que os enfadarais.

—¿Por qué te enfadarías tú contigo? —preguntó ella, suave—. Todos metemos la pata. Lo importante es qué hacemos después.

Nico respiró hondo. El aire le llenó el pecho como un globo.

—Mamá… —dijo, y se le humedecieron los ojos—. Soy yo el que rompió el macetero. Con el balón. Fue un accidente. Y luego dije lo del viento porque me dio miedo.

La frase “Soy yo” salió como una puerta que se abre de golpe. De pronto, el jardín parecía más grande, como si hubiera espacio para respirar.

Su madre no gritó. Lo miró con una seriedad tranquila.

—Gracias por decírmelo. —Le puso una mano en el hombro—. Me duele más la mentira que el macetero, Nico. Pero que lo hayas dicho… eso vale mucho.

Nico asintió, tragando el nudo.

—Lo siento. De verdad. No quería que pensarais que soy… no sé… un desastre.

—Eres un chico que se equivocó y que está aprendiendo —dijo ella—. Ahora toca reparar.

En ese momento, su padre apareció con un paño y cinta de jardinería.

—¿Qué pasa por aquí? —preguntó.

Nico se levantó. Las piernas le temblaban, pero ya no era por miedo, sino por valentía recién estrenada.

—Papá… es mi culpa. Yo hice la bêtise —dijo, mezclando sin querer una palabra que había oído en un vídeo de francés—. O sea… yo rompí el macetero.

Su padre parpadeó y luego soltó una risa corta, más de alivio que de burla.

—La “bêtise” —repitió—. Vale. Gracias por decirlo.

Se quedó mirándolo un segundo, midiendo algo invisible: la sinceridad.

—¿Fue sin querer?

—Sí. Estaba jugando donde no debía —admitió Nico—. Y luego mentí.

Raúl suspiró.

—Me enfada que no respetaras lo del macetero, claro. Y me preocupa que mintieras. Pero prefiero mil veces una verdad difícil que una mentira cómoda.

Nico notó que el pecho se le aflojaba. Había dicho lo peor. Y el mundo seguía ahí.

Capítulo 6: Reparar y recuperar la confianza

Al día siguiente, hicieron un plan. No un castigo de película, sino un plan de verdad.

—Vamos a intentar salvar el macetero mientras compramos otro —dijo Raúl—. Y el limonero no tiene culpa de nada.

Nico se arrodilló en el jardín con guantes. Ayudó a sacar con cuidado el limonero y lo colocaron en un cubo grande provisional. La tierra olía a lluvia aunque no hubiera llovido. Nico apretaba los labios cada vez que veía la raja, como si el barro le recordara su miedo.

Su madre le dio una brocha vieja.

—Limpia bien el borde antes de pegarlo. Si no, no agarra.

—Sí, jefa —dijo Nico, y ella sonrió un poco.

Mientras trabajaban, su padre habló sin mirarlo demasiado, como quien no quiere poner presión.

—Cuando eras pequeño y derramabas zumo, llorabas antes de decirlo. Y yo te decía que el zumo se limpia, pero la confianza hay que cuidarla.

Nico asintió.

—Ayer sentí… como si la mentira se me hiciera gigante.

—Eso pasa —dijo Raúl—. Las mentiras son como bolas de nieve: empiezas con una y acabas con un alud. Mejor parar al principio.

Nico miró el limonero. Tenía una ramita doblada. La enderezó con cuidado.

—No quería probar a ver cómo reaccionabais… pero a veces lo hago. Me da curiosidad.

Su madre se secó las manos en el pantalón.

—La curiosidad es buena. Solo hay que elegir bien el experimento. Si quieres ver reacciones, cuéntanos una historia que inventes. O haznos una broma que no rompa nada.

Nico soltó una risa.

—Una broma que no rompa maceteros. Apuntado.

Ese mismo día, Nico decidió ofrecerse a ayudar a pagar parte del nuevo macetero. No con dinero de verdad, porque no tenía, sino con tareas: sacar la basura durante dos semanas, regar el limonero cada tarde y ordenar el garaje el sábado.

—Así se aprende —dijo su padre—. No por sufrir, sino por responsabilizarse.

Cuando terminaron, el macetero quedó sujeto con cinta y un pegamento especial. No era perfecto; la cicatriz seguía allí. Pero el limonero tenía tierra nueva y agua.

Nico se quedó mirándolo.

—Parece… como si hubiera pasado por algo y siguiera vivo —dijo.

—Exacto —respondió su madre—. Como nosotros cuando arreglamos las cosas.

Esa noche, antes de dormir, Nico fue al salón y vio a sus padres en el sofá. Dudó un segundo, y luego habló:

—Gracias por no gritarme. Gracias por perdonarme.

Su padre abrió los brazos.

—Ven aquí.

Nico se acercó y los abrazó a los dos. Sintió el olor a jabón de su madre y el tejido áspero del jersey de su padre. El nudo que había llevado días en el pecho por fin se deshizo.

—Yo también quiero daros las gracias —dijo Nico, con la voz baja—. Porque… cuando me perdonáis, me dais una oportunidad de volver a ser de fiar.

—Y tú nos la das cuando dices la verdad —susurró su madre.

Nico se fue a la cama con una sensación nueva: la tranquilidad de no tener que sostener ningún muro. Afuera, en el jardín, el limonero esperaba el nuevo macetero. Y Nico, sin saberlo, había plantado algo más importante: una confianza reparada, fuerte, con cicatriz y todo.

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Macetero
Recipiente, generalmente de barro, donde se pone tierra y plantas.
Limonero
Árbol pequeño que produce limones.
Raja
Grieta o corte largo en algo duro, como el barro o la cerámica.
Desparramó
Caer o esparcirse algo por fuera en muchas partes.
Amago
Movimiento pequeño que simula hacer algo pero no se hace por completo.
Regate
Movimiento para engañar a un contrario en juegos o deportes, como fútbol.
Bêtise
Palabra extranjera que significa una tontería o acción equivocada.
Mustio
Cuando una planta o hoja está floja y sin fuerza, como apagada.

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