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Cuento sobre el invierno 5/6 años Lectura 14 min. (1)

El invierno valiente de Luno

En un frío invierno, un lobito llamado Luno se siente solo y con frío en su corazón, pero decide aventurarse a explorar su cueva y prepararse un chocolate caliente, aprendiendo así a cuidar de sí mismo y a encontrar calidez en pequeñas cosas.

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Un joven lobo de ojos brillantes y curiosos, con pelaje gris y orejas puntiagudas, está en una cueva acogedora. Se ve orgulloso y un poco nervioso, sosteniendo una jarra de chocolate caliente entre sus patas. A su lado, su mamá, una gran loba de pelaje suave y marrón, sonríe con ternura, sus ojos brillando de orgullo. Ella está sentada cerca de un pequeño fuego crepitante, calentando la cueva. La cueva está decorada con piedras lisas y hojas secas, con copos de nieve cayendo suavemente afuera, creando un paisaje invernal mágico. En esta escena, el joven lobo descubre su propia fuerza al preparar una bebida caliente, simbolizando el consuelo y la calidez en medio del invierno. reportar un problema con esta imagen

Primer día de mucho frío

Era invierno en el bosque, y todo estaba muy, muy quieto.

La nieve cubría el suelo como una manta blanca y suave. Los árboles tenían ramas desnudas, sin hojas, y el cielo era de un gris clarito, como si estuviera un poco dormido.

En una pequeña cueva, vivía un lobito llamado Luno. Tenía el pelaje gris, las orejas puntiagudas y unos ojos grandes y curiosos.

Aquella mañana, Luno se despertó y sintió algo raro en el pecho. No era hambre. Tampoco era dolor. Era como un vacío pequeñito, como si le faltara un abrazo.

—Tengo frío por dentro —pensó Luno, acurrucándose en su cama de hojas secas.

Escuchaba a lo lejos el viento soplar: “Fuuuu… fuuuu…”. La cueva estaba segura, pero el aire parecía colarse por todos los rincones.

La mamá loba estaba ocupada acomodando leña y arreglando unas mantas viejas.

—Mamá, siento frío aquí —dijo Luno, tocándose el pecho con la patita.

—Ya encenderé un poco de fuego —respondió mamá—. Ponte tu bufanda mientras tanto.

Luno asintió, pero no se levantó enseguida. Miró la salida de la cueva. Afuera todo era blanco y silencioso. El invierno le parecía muy grande, muy frío, un poco triste.

—No me gusta el invierno —murmuró para sí—. Todo está helado, el día es cortito y se hace de noche muy rápido.

Mamá loba lo oyó.

—El invierno puede parecer duro, Luno —dijo con voz suave—, pero también guarda cosas bonitas. Solo hay que descubrirlas.

Luno suspiró. No estaba seguro de querer descubrir nada. Lo único que quería era sentir calorcito en su corazón.

Sin embargo, algo dentro de él también tenía curiosidad. ¿Qué cosas bonitas podía esconder un día tan frío?

Al cabo de un rato, mamá loba dijo:

—Tengo que ir un momento al claro del bosque a buscar unas ramas secas. ¿Te quedas en la cueva, Luno?

—¿Solo? —preguntó él, abriendo mucho los ojos.

—Sí, solo un ratito —respondió mamá, sonriendo—. Eres lo bastante grande para quedarte aquí y cuidarte un poco. Yo no tardaré.

Luno miró alrededor. Conocía cada piedra, cada rincón de la cueva. Le daba un poquito de miedo, pero también sintió algo nuevo: una pequeña chispa de valentía.

—Está bien, mamá. Me quedo —dijo, tragando saliva.

Mamá loba le dio un lametón en la frente.

—Si tienes frío, puedes ponerte otra manta. Y si tienes hambre, puedes coger algo del pequeño congelador que está al fondo. Pero con cuidado, ¿sí?

Luno asintió. Escuchó los pasos de su mamá alejándose, y luego el sonido suave de la nieve bajo sus patas se hizo cada vez más lejano.

Ahora la cueva estaba en silencio.

Luno se sentó muy quieto. Sentía el corazón un poco rápido, como un tambor pequeñito.

—Estoy solo… pero también estoy a salvo —se dijo—. Puedo cuidarme un poco yo mismo.

Y eso le hizo sentir, muy despacito, un poco más grande por dentro.

El congelador del rincón frío

El tiempo pasaba despacio. Afuera, el viento seguía soplando.

Luno se puso otra manta sobre la espalda. El frío no era tan fuerte en su cuerpo, pero por dentro seguía sintiendo ese huequito raro.

—Tengo hambre —se dijo al fin.

Recordó las palabras de su mamá sobre el pequeño congelador del fondo de la cueva. Era una caja blanca, con una tapa pesada, que siempre hacía un “crac-crac” frío cuando se abría.

A Luno no le gustaba mucho acercarse. Ese rincón le parecía tan frío como el bosque en plena noche.

Pero ahora estaba solo. Y tenía que decidir.

—Si quiero comer, tengo que ir yo —pensó—. Puedo hacerlo.

Se levantó despacio, sintiendo la nieve que entraba por la entrada pegada en sus patitas, ya un poco húmedas. Caminó hasta el rincón donde estaba el congelador. El aire allí era distinto, más helado, más seco. Casi como estar afuera.

Al tocar la tapa, sintió un escalofrío.

—Brrrr… Esto sí que parece invierno —susurró, frotándose las patas.

Durante un momento dudó. Podía volver a su cama y esperar a mamá. Pero algo dentro de él dijo:

—Voy a intentarlo yo. Justo un poquito. Soy capaz.

Con cuidado, empujó la tapa, que se abrió con un gemido largo: “Grrrrriiic”.

Un soplo de aire mucho más frío le rozó el hocico. Dentro vio paquetes congelados, cubiertos de una fina capa de escarcha. Había carne, trozos de pescado… y una pequeña bolsa transparente con algo marrón oscuro en cubitos.

Luno la miró con curiosidad. Encima de la bolsa había una etiqueta sencilla, donde mamá había dibujado una taza con humo.

—¿Qué será esto? —se preguntó.

Tocó la bolsa. Estaba muy dura y helada.

—Parece chocolate —murmuró, recordando una vez en que mamá había preparado una bebida caliente y dulce para un vecino del bosque.

En verdad, a Luno no le gustaban mucho las cosas nuevas de comer. A veces, cuando mamá le ofrecía algo distinto, él fruncía el hocico y decía: “No, gracias”, sin siquiera probar.

Pero ahora, al ver esa bolsa, sintió curiosidad… y también recordó su frío interior.

—Quizá esto sirve para calentar —pensó—. Si lo preparo, no estaré solo. Estaré haciendo algo por mí.

Cogió la bolsa con los dientes. Estaba tan fría que casi le dolió el hocico. Cerró el congelador con cuidado y volvió junto al pequeño fogón de la cueva, donde a veces mamá calentaba agua.

Sabía que mamá siempre decía:

—Si quieres usar el fuego, tienes que llamarme.

Luno miró el fogón, miró la bolsa, y miró la puerta. Estaba solo. No podía encender el fuego grande. Eso no sería seguro.

Se sentó, pensativo.

—Pero tal vez… —murmuró— pueda preparar algo sin fuego grande.

Miró alrededor. Había un termo con agua que mamá había dejado, aún un poco tibia. También había una jarrita y una cuchara pequeña.

Luno se acercó al termo. Lo tocó con cuidado.

—Está un poco calentito aún —dijo, sorprendido—. Puedo usar esto.

Abrió con esfuerzo la bolsa congelada, pellizcando con sus dientes y sus uñas. Un trocito de chocolate cayó en la jarrita. Luego otro más.

Vertió un poco de agua tibia. Removió con la cucharita, haciendo “clinc-clinc”.

El chocolate se fue deshaciendo muy despacio, formando un líquido marrón que olía delicioso. Un humo suave subió en el aire, con un aroma dulce que llenó la cueva.

Luno acercó el hocico.

—Huele… muy bien —susurró.

Tenía un poco de miedo de probarlo. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si había hecho todo mal?

Tomó aire, recordó el frío dentro de su pecho y dijo:

—Puedo probar. Solo un sorbito.

Acercó la jarrita a sus labios y bebió una gotita.

Su lengua sintió primero calor, luego un sabor dulcito, suave, que se mezclaba con un toque de amarguito agradable. No era como nada que hubiera probado antes.

Sus ojos se abrieron grandes.

—¡Me gusta! —dijo en voz baja, sorprendido.

Bebió otro sorbo, un poco más grande. Sintió cómo el calor bajaba por su garganta y llegaba a su barriguita. Cerró los ojos un momento. Era como si una lucecita pequeña se encendiera dentro de él.

El huequito de su pecho no desapareció del todo, pero ya no estaba tan vacío. Ahora tenía un rincón cálido, hecho por él mismo.

—He preparado mi propia bebida caliente —pensó con orgullo—. Yo solito.

Se tapó mejor con las mantas, sostuvo la jarrita entre sus patas y se quedó muy quieto, escuchando cómo el viento afuera sonaba menos fuerte.

Por primera vez, el rincón frío de la cueva, cerca del congelador, no le pareció tan terrible. Había sido justamente allí donde había empezado su pequeña aventura valiente.

Un corazón cuidado en invierno

Cuando mamá loba regresó, sacudiendo la nieve de su lomo, la cueva olía a chocolate caliente.

—Mmm… —dijo, sorprendida—. Huele muy rico aquí. ¿Qué ha pasado?

Luno levantó la mirada. Tenía un poquito de chocolate alrededor del hocico.

—Mamá, yo… —empezó—. Fui al congelador solo. Me dio un poco de miedo, pero lo hice. Y encontré el chocolate. Y usé el agua tibia del termo. Y preparé esto.

Le mostró con cuidado la jarrita.

Mamá loba lo miró en silencio un instante. Luego sonrió, con los ojos brillantes.

—Has sido muy valiente, Luno. Y también muy cuidadoso. Usaste solo el agua tibia, sin encender el fuego. Eso está muy bien.

Luno sintió que la lucecita dentro de él se hacía un poco más grande.

—Tenía frío aquí —dijo, tocándose el pecho—. No solo aquí afuera. Por eso quise preparar algo calentito.

Mamá se acercó y se tumbó junto a él, pegando su cuerpo suave al de su hijo.

—A veces, en invierno, también se nos enfría un poco el corazón —explicó—. No es solo cosa del aire o de la nieve. A veces nos sentimos solos, o un poco tristes, o con miedo. Es normal.

—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Luno, apoyando la cabeza en la panza de su mamá.

—Podemos hacer muchas cosas pequeñas —dijo mamá—. Abrigarnos, tomar algo caliente, pedir un abrazo, respirar despacio… y también aprender a cuidarnos un poco a nosotros mismos, como tú hiciste hoy.

Luno pensó en el congelador frío, en el ruido “grrrriiic” de la tapa, en la jarrita, en el primer sorbito de chocolate.

—Al principio tuve miedo —admitió—. Pero luego hablé conmigo mismo. Me dije: “Estoy solo, pero estoy a salvo. Puedo intentar”. Y entonces me sentí un poco más fuerte.

Mamá lo miró con ternura.

—Eso es cuidar tu corazón, Luno —dijo—. Escucharlo cuando tiene miedo, hablarle con cariño, y hacer pequeñas cosas que le den calor. No hace falta hacer cosas muy grandes. Los pequeños valientes hacen pasos cortos, pero firmes.

Afuera, el día empezaba a oscurecer. El invierno hacía que la noche llegara pronto. El cielo se puso un poco azul oscuro, y las primeras estrellas comenzaban a asomarse.

El viento seguía soplando, pero la cueva se sentía muy acogedora. El fuego pequeño que mamá encendió más tarde llenó el lugar de una luz naranja y suave.

Luno tomó los últimos sorbos de chocolate caliente. Ya no tenía tanto frío. Su cuerpo estaba abrigado con mantas, y su corazón estaba abrigado con algo nuevo: la certeza de que podía hacer pequeñas cosas por sí mismo.

—Mamá —dijo, con voz bajita—, creo que el invierno no es solo frío. También tiene cosas buenas.

—¿Como cuáles? —preguntó ella, curiosa.

Luno miró hacia la entrada, donde la nieve brillaba débilmente con la luz del atardecer.

—La nieve que parece una manta —dijo—. El aire que hace que el humo del chocolate se vea bonito. La noche que llega pronto para poder dormir cerquita de ti. Y… y la oportunidad de aprender a cuidarme un poquito más.

Mamá loba lo abrazó con una pata.

—Me gusta cómo ves el invierno, Luno.

El lobito cerró los ojos. Se sentía cansado, pero era un cansancio dulce, de día vivido.

Antes de dormirse, pensó en su corazón. Lo imaginó como una pequeña casita dentro de su pecho. Una casita con una chimenea, una ventana y una puerta.

—Voy a cuidar bien de esa casita —se prometió—. Como cuido mi cuerpo con mantas, bufandas y comida caliente, cuidaré mi corazón con palabras suaves, con valentía y con momentos tranquilos.

Un bostezo largo escapó de su boca.

—Mañana —pensó—, quizá vuelva a ir al congelador. Pero ya no me parecerá tan grande ni tan frío. Ahora sé que puedo entrar y salir, y que también hay cosas buenas allí.

El viento siguió cantando afuera. Pero dentro de la cueva había silencio, calor y un lobito que, en medio del invierno, había aprendido a encontrar un pequeño fuego propio.

Y así, poco a poco, mientras la nieve caía despacio sobre el bosque dormido, Luno se durmió también, sintiendo que, aunque el mundo fuera frío algunas veces, él sabía ya un poquito cómo cuidar de su cuerpo… y de su corazón.

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El pelo que cubre el cuerpo de los animales.
Acurrucándose
Sentarse o tumbarse en una posición cómoda y apretada, como buscando calor.
Refrigerador
Un electrodoméstico que se utiliza para mantener los alimentos fríos y frescos.
Escarcha
Una capa de hielo muy delgada que se forma cuando el aire está muy frío.
Valentía
La cualidad de ser valiente, tener coraje para enfrentar situaciones difíciles o aterradoras.
Cuidado
La acción de prestar atención y tomar precauciones para proteger algo o a alguien.

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