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Cuento del Ramadán 11/12 años Lectura 23 min.

El iftar del parque y la magia de decir gracias

Tres amigos descubren el valor de la solidaridad y el agradecimiento mientras ayudan en un iftar comunitario, aprendiendo cómo pequeñas acciones y palabras pueden transformar un lugar y unir a la gente.

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Hay tres niños: Lina, 11 años, cabello castaño claro en coleta, sonriente con cuaderno de bocetos y bolígrafo, en el centro; Nico, 11 años, pelo corto castaño, gorra al revés y una pelota roja bajo el brazo, a la izquierda, tímido pero entusiasta; Salma, 11½, pelo negro rizado con pinza brillante, a la derecha, riendo y sosteniendo un saco con pan plano y un plato de dátiles. Están en un parque al crepúsculo con césped, mantas de picnic, farolillos entre árboles y un cartel de madera que dice Iftar comunitario. Los tres ayudan a repartir vasos junto a una mesa de voluntarios: Lina ofrece un vaso, Nico lleva vasos apilados y Salma da un plato de dátiles; luz naranja del atardecer, sombras suaves, ambiente comunitario organizado. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Manteles en el césped

A Lina le encantaba explicar cosas. No “explicar para mandar”, sino explicar como quien abre una ventana: “Mira, por aquí entra luz”. Tenía once años, una mochila con una libreta llena de pegatinas y una manera muy suya de mover las manos cuando hablaba, como si dibujara comas en el aire.

Ese atardecer, el parque parecía una bandeja enorme de picnic. Había manteles extendidos sobre el césped, termos humeantes, cajas de dátiles y un murmullo alegre que no era grito ni silencio: era esa mezcla de risas bajitas y pasos cuidadosos, como cuando todos esperan algo bonito.

—Hoy es iftar —le dijo Lina a Nico, que caminaba a su lado con una pelota bajo el brazo.

Nico también tenía once, y aunque intentaba poner cara de “yo ya lo sabía”, sus cejas lo delataban.

—Sé que es… cuando se rompe el ayuno, ¿no?

—Exacto —Lina sonrió—. En Ramadán, muchas familias ayunan durante el día y al atardecer se reúnen para comer. Pero lo mejor es el ambiente. Es como… como cuando el aire se vuelve pan recién hecho.

Nico olió el aire con exageración.

—Yo solo huelo a césped y a… ¿limón?

—¡Limonada! —Lina señaló una mesa larga donde una señora con chaleco amarillo servía vasos—. Y hay voluntarios. Mira cuántos.

En la entrada del parque, un cartel hecho a mano decía: “Iftar comunitario: todos bienvenidos”. Y debajo, con rotulador verde: “Si te pierdes, pregunta. Si tienes hambre, sonríe”.

Ahí fue cuando Lina chocó, literalmente, con alguien.

—¡Ay! —dijo una voz—. ¡Perdón!

Era una niña de pelo rizado recogido con una pinza brillante. Tenía una bolsa con pan plano asomando por arriba como si el pan estuviera espiando.

—No pasa nada —respondió Lina, rápida—. Soy Lina y este es Nico. ¿Tú?

—Salma. Tengo once. Bueno… once y medio, pero eso cuenta, ¿no?

—Cuenta muchísimo —dijo Nico, muy serio—. Medio año es como… media pizza.

Salma se rió y la risa le salió como canicas rodando.

—¿Es vuestra primera vez aquí?

—La mía sí —admitió Nico.

—Yo ya vine el año pasado —dijo Lina—. Me gusta… entender cómo se organizan las cosas. Y explicarlas.

—Entonces vas a tener trabajo —bromeó Salma—. Aquí pasan mil cosas a la vez.

A lo lejos, el sol empezaba a ponerse, como una moneda naranja que alguien empujaba despacito detrás de los árboles. Una voz por megáfono pidió con suavidad que la gente se acomodara.

—Vamos a buscar sitio —propuso Lina—. Antes de que el césped se llene y acabemos sentados en una maceta.

—Eh, que las macetas tienen personalidad —protestó Nico—. Yo me llevo bien con ellas.

Caminaron entre manteles y conversaciones, saludando sin conocer a nadie del todo, pero sintiéndose, aun así, invitados. Lina notó ese cosquilleo bonito en el pecho: el de estar en un lugar donde la gente comparte sin preguntar demasiado.

Cuando encontraron un hueco, Salma sacó su bolsa.

—Mi madre hizo pan y hummus —dijo—. Y mi tía trajo sopa.

Nico señaló su propia mochila.

—Yo… traje galletas. Pero no sé si combinan con sopa.

—En un iftar todo combina con todo —dijo Lina—. Es una regla secreta.

En ese momento, una pareja de voluntarios pasó con una caja.

—¿Agua? —ofreció un chico con chaleco, sonriente.

—Sí, gracias —dijo Lina.

El chico le dio una botella y siguió. Lina lo miró un segundo más de lo necesario. No por raro, sino por curioso: ¿cuánta gente hacía falta para que todo aquello funcionara? ¿Quién recogía? ¿Quién traía? ¿Quién se acordaba de las servilletas?

El sol bajó un poco más. El parque pareció contener la respiración.

Capítulo 2: El minuto exacto y los dátiles veloces

El silencio que llegó no fue pesado. Fue como una manta finita puesta sobre los hombros: ligera, pero acogedora. Lina escuchó un pájaro que parecía practicar flauta. Nico, sin darse cuenta, dejó de botar la pelota.

Alguien dijo una hora. Otra persona miró el móvil. Y entonces, como si una puerta invisible se abriera en el aire, la gente empezó.

Salma ofreció un plato de dátiles.

—Primero, dátiles —explicó—. Es tradicional.

Nico tomó uno con cuidado, como si pudiera explotar.

—Parece una pasa que fue al gimnasio.

—Sabe a caramelo serio —dijo Lina, mordiendo el suyo. Notó el dulzor pegándose en la lengua como una canción fácil de recordar.

Cerca de ellos, una niña más pequeña se manchó la nariz con sopa y su hermano le limpió con una servilleta, con tanta paciencia que Lina pensó: “Esto también es parte de la fiesta”.

—¿Por qué hay voluntarios? —preguntó Nico mientras probaba la limonada—. Podría ser cada familia por su cuenta.

Lina ya estaba preparada para explicar, como si le hubieran dado una señal.

—Porque es comunitario. Hay gente que ayuda para que cualquiera pueda venir: quien trae comida, quien no, quien está de paso, quien vive cerca… Y también para organizar, repartir, recoger. Es como… hacer que el parque sea una casa grande por un rato.

Salma asintió, con la boca llena.

—Además, los voluntarios son como los héroes invisibles —dijo—. Sin capa, pero con chaleco.

Nico miró a su alrededor, como si buscara superpoderes.

—¿Qué superpoder tienen?

—El de encontrar cucharas perdidas —dijo Lina, muy convincente—. Y el de sonreír incluso cuando una bandeja de arroz decide caerse por sorpresa.

—Eso es valiente —admitió Nico.

Mientras hablaban, el chico del chaleco amarillo pasó de nuevo, esta vez con un rollo de bolsas de basura. Su cara seguía siendo amable, pero tenía esa concentración de quien juega a un videojuego en nivel difícil: “Parque limpio antes de que se haga de noche”.

Lina se levantó impulsivamente.

—Voy a preguntar algo —anunció.

—¿Qué vas a preguntar? —dijo Nico, con desconfianza.

—Lo obvio —dijo Lina—. ¿Cómo se ayudan? ¿Qué necesitan? Si hay una lista. Si hay un jefe de cucharas.

Salma se levantó también.

—Yo voy contigo. Si hay un jefe de cucharas, quiero conocerlo.

Los dos se acercaron a la mesa donde servían sopa. Detrás, una señora con gafas en la punta de la nariz movía un cucharón como si fuera un timón.

—Buenas —dijo Lina—. Soy Lina. Estamos disfrutando mucho. ¿Necesitan ayuda en algo?

La señora levantó la vista y su sonrisa tenía arruguitas, como un mapa de buenos días.

—Ay, qué majas. Siempre viene bien ayuda para repartir vasos y recoger después. Pero por ahora, disfrutad, que para eso es.

—Podemos repartir vasos —insistió Salma—. Somos rápidas.

La señora miró a otro voluntario, un hombre alto con barba corta, que estaba apilando platos.

—¿Qué dices, Amir? ¿Les damos la misión de los vasos?

Amir se rió.

—Misión aceptada. Pero con una condición: que no beban toda la limonada en el camino.

Nico apareció detrás de ellas, ofendido.

—¡Yo no bebo limonada a escondidas! Solo… investigo su calidad.

Amir les dio un paquete de vasos de cartón.

—Repartid por allí, con cuidado. Y si alguien os dice “gracias”, responded “de nada”. Es un intercambio justo.

Lina sintió una alegría pequeñita pero potente: la de ser útil. Y también, por primera vez, notó algo que le pinchó un poquito: había dicho “buenas” y “¿necesitan ayuda?”, pero no había dicho “gracias” a los voluntarios que ya lo estaban haciendo todo.

“Luego”, se prometió. “Luego lo digo bien”.

Empezaron a caminar entre los manteles, ofreciendo vasos.

—Vasos, por aquí —dijo Salma, con voz de presentadora de feria.

—Vasos fresquitos… bueno, no están fresquitos, pero están limpios —añadió Nico.

La gente sonreía. Una abuela les dio una aceituna “por el esfuerzo”. Un niño les preguntó si los vasos tenían contraseña. Lina respondió:

—Sí: la contraseña es “por favor”.

El niño abrió mucho los ojos y dijo “por favor” con una seriedad impresionante, como si acabara de entrar en una sociedad secreta.

A Lina se le escapó una carcajada. El parque, mientras oscurecía, parecía brillar desde dentro.

Capítulo 3: El misterio de la cuchara perdida

Cuando las bandejas se fueron vaciando y las risas se volvieron más redondas, llegó el momento de recoger. Los voluntarios se movían con ritmo de baile: uno juntaba bolsas, otro doblaba manteles, otro recogía botellas. Lina, Salma y Nico volvieron a la mesa principal para dejar los vasos que les quedaban.

—Buen trabajo —dijo Amir, contando—. No os habéis bebido la limonada. Milagro.

—Yo solo la olí —dijo Nico—. Por ciencia.

La señora de las gafas, que se llamaba Nura según su chapa, les dio una pila de servilletas.

—Si queréis seguir ayudando, podéis pasar por allí y recoger servilletas usadas y envoltorios. Solo… cuidado con el viento. Hoy está juguetón.

El viento, efectivamente, era como un perro travieso: corría, mordisqueaba las esquinas de los manteles y se llevaba una servilleta como trofeo.

Lina fue detrás de una servilleta voladora y la atrapó al vuelo.

—¡Punto para mí! —dijo, orgullosa.

—Ese viento tiene mala intención —murmuró Salma—. Te mira y dice: “¿Te creías que ibas a tener el pelo perfecto? Pues no”.

Nico se agachó para recoger un envoltorio y, al levantarse, se quedó rígido.

—Eh… problema.

—¿Qué? —Lina se acercó.

Nico señaló el suelo: había una cucharita de plástico rota, con la parte del mango partida, como si hubiera luchado contra un dragón.

—La cuchara heroica —dijo Salma—. Cayó en batalla.

—No es eso —dijo Nico, bajando la voz—. Mira alrededor. Hay un cartel que dice “Zona sin plásticos sueltos”. Y… nosotros tenemos una cuchara rota suelta. Es como… traición.

Lina miró el cartel. Tenía razón. El evento intentaba reducir basura. La mayoría de cubiertos eran reutilizables, y por eso aquella cucharita parecía una intrusa.

—Hay que avisar —decidió Lina—. Y recogerla, claro.

La recogió y la guardó en su bolsillo como si fuera una prueba importantísima.

Fueron hacia Amir, que estaba enrollando cables de una luz portátil.

—Amir —dijo Lina—, encontramos una cuchara de plástico rota. No sé de dónde salió.

Amir frunció el ceño, pero no se enfadó. Parecía más preocupado por el planeta que por la cuchara.

—Gracias por decirlo. Puede que se haya colado en alguna bolsa de alguien. La tiramos bien y ya. Lo importante es que estáis atentos.

Lina notó un calorcito en la cara. “Gracias por decirlo”. Eso se sintió bien. Y de pronto le entró la urgencia de decir ella algo que llevaba guardando.

—Amir… gracias —dijo, clara—. Por todo. Por organizar. Por estar pendiente.

Salma añadió rápido:

—Y gracias por dejarnos ayudar con los vasos. Fue divertido.

Nico, como si estuviera entregando un premio, dijo:

—Y gracias por la limonada científica.

Amir soltó una carcajada.

—De nada. Y gracias a vosotros. La gratitud también se reparte, ¿sabéis? Como los vasos.

Lina se quedó pensando en esa frase mientras recogían más cosas. “La gratitud se reparte”. Era verdad: cuando alguien la daba, el ambiente parecía más ligero, como si el parque se quitara un peso de encima.

Cuando ya quedaban pocos manteles, Nura llamó a todos:

—¡Equipo! Hacemos una última ronda. Que el parque se quede tan bonito como estaba, o más.

Lina vio cómo un voluntario mayor, con bigote y manos grandes, se agachaba para recoger un trocito de papel minúsculo. “Eso es cuidado”, pensó. “Eso es amor en versión pequeña”.

Y, sin saber por qué, el aire se llenó de una sensación rara: como si la noche estuviera escuchando.

Capítulo 4: La brisa que susurra “gracias”

El parque estaba casi vacío cuando la luz de las farolas se encendió. Las hojas de los árboles brillaban como si hubieran sido lavadas. Lina, Salma y Nico se sentaron un momento en el borde de una acera, cansados, con esa fatiga feliz de después de un buen día.

—Mis piernas hacen “crac” por dentro —dijo Nico—. Creo que se han convertido en galletas.

—Eso te pasa por hacer de detective de cucharas —dijo Salma.

Lina miró a los voluntarios que aún quedaban, apilando cajas en una furgoneta. Había un murmullo suave, y el viento pasaba por el césped como una escoba invisible.

Entonces ocurrió algo que Lina no supo explicar del todo. Y eso, para alguien que amaba explicar, era extraño y emocionante a la vez.

Una servilleta olvidada se levantó del suelo, dio una vuelta en el aire y fue a caer, perfectamente, dentro de una bolsa de basura abierta a varios metros. No fue un golpe de suerte: fue un aterrizaje elegante, como si la servilleta hubiera practicado.

—¿Habéis visto eso? —susurró Lina.

Nico abrió la boca.

—O el viento es un voluntario… o esa servilleta tiene sueños.

Salma se inclinó hacia delante, con los ojos muy redondos.

—¿Y si el parque está ayudando?

Lina sintió un cosquilleo de maravilla, pero no de miedo. Era como cuando encuentras una moneda en el bolsillo y recuerdas que la habías olvidado: una sorpresa pequeñita y amable.

Miró alrededor. Otra bolsa, un poco más allá, se abrió justo cuando una hoja seca cayó dentro. Un vaso vacío rodó en línea recta hasta los pies de Nura, como si dijera “aquí estoy”.

—No puede ser —murmuró Lina, pero sonrió.

Nico se levantó de golpe.

—¡Parque, si nos estás escuchando, trae mi pelota! La dejé… creo que por allí.

La pelota no apareció. En cambio, una ramita cayó sobre la zapatilla de Nico, justo en la punta.

—Eso es un “no” —interpretó Salma—. Un “no” muy educado.

Lina se levantó también y caminó hacia Amir, que cerraba una caja.

—Amir —dijo—. Sé que ya di las gracias, pero… de verdad. Gracias. Yo… a veces explico tanto que se me olvida decir lo importante.

Amir la miró con atención, como si sus palabras fueran una taza caliente.

—Es bonito que lo notes —dijo—. A mí también me pasa con otras cosas. Uno cree que el trabajo habla solo, pero escuchar “gracias” es como… una linterna.

Salma saludó a Nura.

—Gracias por la sopa. Y por dejarnos ayudar. Y por tus gafas, que son muy… de capitana.

Nura se tocó las gafas, divertida.

—¡Capitana de cucharón! Me lo apunto.

Nico se acercó al voluntario del bigote y le dio la mano con solemnidad.

—Gracias por recoger el papel pequeñísimo. Yo no lo habría visto. Usted tiene visión de águila.

El hombre se rió tanto que su bigote tembló.

—Gracias, chaval. La visión de águila viene con los años… y con las ganas.

De regreso hacia la salida del parque, Lina miró el césped limpio, las farolas, el cielo oscuro con una luna fina. Pensó en todo lo que había aprendido sin que nadie le diera una clase: que un evento bonito se sostiene con manos, tiempo y paciencia; que agradecer no es un adorno, sino una forma de cuidar a la gente.

Y también pensó en la servilleta voladora. No sabía si había sido viento o magia. Quizá, en noches así, eran lo mismo.

Capítulo 5: Planes en la mesa de la cocina

Al día siguiente, Lina no pudo evitar contarlo todo. En su cocina, con una taza de cacao y migas de pan tostado, relató el iftar como si fuera una crónica de exploradora.

—Y entonces la servilleta… ¡pum! —dijo, haciendo el gesto de un aterrizaje perfecto—. En la bolsa. Como si el parque dijera: “Aquí no se deja nada tirado”.

Su madre levantó una ceja, sonriente.

—El viento también puede ser muy aplicado.

—Sí, pero… —Lina bajó la voz—. Se sintió como un “gracias” del parque.

Su padre, que lavaba una sartén, dijo:

—A veces cuando mucha gente hace algo bueno junta, parece que el lugar cambia. No porque haya hechizos, sino porque… se nota.

Lina se quedó pensativa, removiendo el cacao.

—Quiero volver. No solo a comer. Quiero ayudar más. Pero bien. Con agradecimientos también.

En el chat del grupo, escribió a Nico y a Salma: “¿Volvemos el próximo iftar? Podemos hacer un cartel para agradecer a los voluntarios. Y ayudar a recoger”.

Nico respondió al segundo: “Sí, pero que el cartel tenga dibujos. Las palabras solas me dan sueño”.

Salma añadió: “Y estrellas. Muchas estrellas. Como si fueran pegatinas del cielo”.

Esa tarde quedaron para preparar el cartel en casa de Salma. Extendieron una cartulina en el suelo. Lina escribió con rotulador azul: “GRACIAS, VOLUNTARIOS”. Luego dudó.

—¿Es suficiente? —preguntó.

Salma se encogió de hombros.

—Es directo. Es como decir “te veo”.

Nico dibujó un chaleco amarillo con capa.

—Este es Amir superhéroe. —Luego dibujó una cuchara con cara triste y una bolsa de basura sonriendo—. Y esta es la cuchara rota que encontró su destino.

Lina rió.

—Vale, pero sin humillar a la cuchara.

—No la humillo —dijo Nico—. Le doy un arco de personaje.

Salma pegó estrellas alrededor de las letras.

—Así —dijo—. Como si el “gracias” tuviera brillo propio.

Cuando terminaron, el cartel parecía una mezcla de feria y constelación. Lina lo miró con satisfacción. Era sencillo, sí, pero estaba hecho con ganas. Y las ganas se notan, como el olor a pan.

—La próxima vez —dijo Lina—, además de ayudar, vamos a decir “gracias” más de una vez. A todos.

Nico levantó la mano como si estuviera en clase.

—Pregunta. ¿Y si nos dicen “de nada” y nos da vergüenza?

—Entonces dices “en serio” —contestó Salma—. Y ya está.

Lina apuntó mentalmente: “En serio”. Sonaba a llave que abre una puerta.

Capítulo 6: El final envuelto en un plaid

Llegó el siguiente iftar comunitario y el parque volvió a transformarse, como si se pusiera su ropa de fiesta: manteles, termos, bandejas, sonrisas. Lina llevaba el cartel enrollado con una goma. Nico cargaba una bolsa de guantes para recoger. Salma traía una caja de dátiles y, por alguna razón misteriosa, una cinta adhesiva.

—Por si acaso el “gracias” necesita pegarse bien al mundo —explicó ella.

Encontraron a Nura y Amir cerca de la mesa principal. Lina respiró hondo, desenrolló el cartel y lo levantó entre los tres.

—Lo hicimos para vosotros —dijo—. Para todos los voluntarios. Gracias. En serio.

Nura se llevó una mano al pecho.

—Ay… —dijo, y se le humedecieron los ojos, pero sonreía—. Esto… esto da energía.

Amir leyó los dibujos de Nico y soltó una risa honesta.

—¿Soy yo con capa? —preguntó.

—Sí —dijo Nico—. Es científicamente exacto.

Otros voluntarios se acercaron. El hombre del bigote vio su “visión de águila” dibujada en una esquina y se rio otra vez, como si su risa tuviera sitio reservado en el parque.

Esa noche, Lina notó algo distinto en ella: sus explicaciones salían igual de rápidas, pero ahora venían acompañadas de pequeñas pausas para mirar a la gente, para decir “gracias”, para no dar por hecho lo que otros hacían.

Ayudaron a repartir agua, a mover cajas, a recoger. Nico descubrió que ponerse guantes le daba un aire de “agente secreto del orden”. Salma se convirtió en experta en cinta adhesiva, pegando bolsas para que no salieran volando. Lina, de vez en cuando, se detenía a agradecer a alguien: a la señora que traía sopa, al chico que colocaba luces, a la niña que recogía con su padre.

Al final, cuando el parque volvió a quedarse limpio y tranquilo, Nura se acercó con un bulto doblado en los brazos.

—Tomad —dijo—. Para vosotros. Es un plaid. Lo usamos aquí cuando refresca, pero tengo otro. Este os lo merecéis.

Era un plaid suave, de cuadros en tonos tranquilos, como si alguien hubiera tejido un atardecer con un poco de noche. Lina lo tocó y sintió que la tela guardaba calor, historias y paciencia.

—No podemos… —empezó Lina.

—Claro que podéis —dijo Nura—. Compartir también es dejar que otros te cuiden un poco.

Se sentaron los tres en un banco, y Lina extendió el plaid sobre sus piernas. Encogieron los hombros y se metieron debajo, pegados como si fueran tres puntos en la misma frase.

El aire estaba fresco, pero el plaid era una pequeña casa portátil. El parque olía a césped limpio y a limonada lejana. Las farolas dibujaban círculos de luz en el suelo.

Nico habló en voz baja, como si no quisiera despertar a la noche.

—Lina.

—¿Qué? —susurró ella.

—Hoy explicaste menos… y se entendió más.

Salma soltó una risita.

—Porque el “gracias” es una explicación corta —dijo—. Pero llega lejos.

Lina miró el cielo, donde la luna parecía una uña brillante. Pensó en los voluntarios, en las manos que habían cargado cajas, en las sonrisas que habían repartido calma. Pensó en el cartel, en las estrellas pegadas, en el viento juguetón.

—Gracias —dijo Lina, sin dirigirse a nadie en particular y a todos a la vez.

El plaid les arropó como una respuesta. Y el parque, silencioso y contento, pareció asentir, como si también supiera decir “de nada”.

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Iftar
Comida que rompe el ayuno al atardecer durante Ramadán.
Ayuno
Dejar de comer y beber durante un periodo de tiempo, normalmente por religión.
Ramadán
Mes sagrado musulmán donde muchas personas ayunan durante el día.
Murmullo
Ruido suave de voces, como cuando la gente habla bajito.
Voluntarios
Personas que ayudan sin cobrar, por gusto o solidaridad.
Comunitario
Que pertenece o sirve a toda la comunidad, a muchas personas.
Tradicional
Algo que se hace desde hace mucho tiempo en una cultura.
Cucharón
Cuchara grande que se usa para servir sopa o potajes.
Chaleco
Prenda sin mangas que se pone encima de la ropa.
Envoltorios
Materiales que envuelven la comida para protegerla o transportarla.
Servilleta
Tela o papel para limpiarse la boca y las manos al comer.
Termos
Recipientes que mantienen caliente o frío un líquido por horas.
Pan plano
Tipo de pan delgado y sin forma alta, como una torta o pita.
Apilando
Poner objetos uno encima de otro para formar una pila.

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