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Cuento de Médico 5/6 años Lectura 13 min.

El hospital de las luces suaves y el doctor Martín

En un hospital nocturno, el doctor Martín acompaña con calma y ternura a niños y familias mientras escucha, mide y explica para aliviar sus miedos y cuidar sus cuerpos; así, la paciencia y la cooperación se vuelven parte del tratamiento.

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Un médico de unos 35 años, rostro redondo y sonriente, cabello corto castaño, bata blanca con una pequeña mancha de café, se agacha para estar a la altura de una niña y sostiene un estetoscopio brillante y una pequeña linterna; la niña (Luna, ~5 años) con coletas negras y una manta azul con estrellas, ojos grandes y aliviados, sentada en una silla junto a una mesa con la mano en la boca; un niño (Nico, ~4 años) de pelo rubio revuelto abraza un peluche marrón, tímido pero orgulloso, sentado en una cama infantil a pocos pasos mientras su madre le acaricia el cabello; una enfermera (Sonia, ~30 años) de piel clara con uniforme verde menta sostiene una tableta y una caja de termómetros junto a la puerta; la escena transcurre en una sala de pediatría de hospital nocturno con paredes crema decoradas con nubes y peces, una regla mural para medir la altura, una báscula digital con luz verde y luz suave; el médico examina a la niña con la linterna y el estetoscopio mientras el niño observa, la enfermera organiza los instrumentos y el padre de la niña (hombre adulto con barba corta y chaqueta azul) está detrás, aliviado, con ambiente tranquilo, gestos atentos y colores cálidos. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: El doctor Martín y el pasillo de las luces suaves

En el hospital, cuando el sol se va a dormir, las luces no se apagan del todo. Se vuelven pequeñas y tibias, como luciérnagas que cuidan los pasillos. Allí trabajaba el doctor Martín, un médico de hospital. Era un hombre de voz tranquila y pasos pacientes. Caminaba despacio, porque en el hospital cada paso puede ser una ayuda.

Martín se lavó las manos con espuma blanca que olía a limón. Se las frotó por arriba, por abajo y entre los dedos, como si estuviera limpiando una guitarra invisible. “Las manos limpias son manos que protegen”, pensó, porque eso era muy importante en su trabajo.

En su bolsillo llevaba una linternita, un bloc de notas y un bolígrafo azul. En su cabeza llevaba un plan: escuchar, mirar, preguntar con cariño y explicar con palabras sencillas. En su corazón llevaba una idea grande: servir a los demás.

Al doblar una esquina, escuchó un “¡achís!” pequeñito. No fue fuerte, pero sí repetido, como un pajarito estornudando. Martín siguió el sonido y vio a una niña sentada en una silla grande, con los pies colgando. Se llamaba Luna. Tenía una mantita con dibujos de estrellas.

A su lado estaba su papá, con la cara un poco preocupada, y una enfermera que sonreía con calma.

—Hola, Luna —dijo el doctor Martín—. Soy Martín. Estoy aquí para ayudarte.

Luna lo miró con ojos redondos.

—Mi nariz hace cosquillas —susurró.

Martín se agachó hasta quedar a su altura.

—Las cosquillas de nariz son muy molestas. Vamos a investigar como detectives, ¿sí?

Luna asintió despacito. Eso le gustó: no sonaba a cosas terribles, sonaba a un juego.

La enfermera, que se llamaba Sonia, le pasó a Martín una tablita con datos.

—Temperatura normal. Un poco de tos —dijo Sonia.

Martín escuchó el pecho de Luna con el estetoscopio. El estetoscopio estaba frío, así que lo calentó con su mano primero.

—Esto escucha los sonidos de dentro, como si fuera una oreja mágica —explicó.

Luna abrió la boca, sorprendida. Martín puso el estetoscopio y pidió:

—Respira como si olieras una flor… y ahora como si soplaras una vela.

Luna lo hizo. Su respiración sonó un poco ruidosa, pero no peligrosa. Martín miró su garganta con una lucecita y vio que estaba roja, como una fresa.

—Tu garganta está trabajando mucho —dijo—. Y tu cuerpo está luchando contra un bichito.

—¿Un bicho de verdad? —preguntó Luna, apretando la manta.

—No, no tiene patas ni dientes —respondió Martín, con una sonrisa—. Es un microbio. Es tan pequeño que no lo vemos. Por eso nos lavamos las manos y tapamos la boca al toser. Así lo dejamos sin camino.

Luna se relajó un poco, como cuando una ola baja y la arena queda suave.

Martín anotó en su bloc. En el hospital, escribir era como hacer un mapa para no perderse.

—Vamos a cuidarte —dijo—. Y también vamos a medir algo importante.

Parte 2: La medida del crecimiento y la escalera invisible

Martín llevó a Luna a una sala cercana. No era una sala fría. Tenía dibujos de nubes, y en una esquina había un pez de colores pintado en la pared. En el centro estaba el medidor de altura, una barra alta con números.

—¿Eso qué es? —preguntó Luna.

—Es una regla gigante —dijo Martín—. Nos ayuda a ver cuánto has crecido. Medir es una parte del trabajo del médico. Porque el cuerpo cuenta historias con números: la temperatura, el peso, la altura… Son pistas.

Sonia trajo una báscula. Era como una plataforma con una pantalla.

—Primero, el peso —dijo Martín—. Luna, súbete como si fuera una roca en el río.

Luna se subió, firme. La pantalla hizo “pip”.

—Muy bien —dijo Martín, mirando el número—. Ahora, la altura.

Luna se puso junto al medidor. Martín le indicó con gestos suaves:

—Espalda recta, talones juntos, mirando al frente. Imagina que eres una torre de castillo.

Luna se enderezó. Martín bajó la pequeña pieza que tocaba la cabeza, con cuidado, como si colocara un sombrero de papel.

—Listo —dijo—. ¡Has crecido! Tu cuerpo está construyendo una escalera invisible para que puedas alcanzar más cosas.

Luna sonrió, orgullosa.

—¿Y para qué sirve saberlo? —preguntó.

—Sirve para ver si todo va bien —explicó Martín—. Si creces como esperábamos, es una buena señal. Y si algo cambia, lo notamos rápido y te ayudamos. Los médicos cuidamos hoy y también cuidamos para mañana.

Luego Martín miró la nariz de Luna. Le explicó lo que haría antes de hacerlo.

—Voy a ver dentro con una luz pequeña. No duele. Solo brilla, como una luciérnaga.

Luna respiró hondo. Martín contó en voz baja:

—Uno… dos… tres.

La luz entró y salió rápido. Martín vio que la nariz estaba inflamada, como una puerta hinchada que no abre bien.

—Tu nariz está enfadada, pero se le pasará —dijo—. Te daremos suero para limpiarla y un jarabe suave para la tos. Y lo más importante: descanso, agua y paciencia.

—¿Paciencia? —repitió Luna.

—Sí —dijo Martín—. La paciencia es como una manta. No cura sola, pero ayuda a esperar sin miedo.

El papá de Luna soltó el aire, como si guardara una nube en el pecho y por fin la dejara salir.

—Gracias, doctor —dijo.

Martín levantó la mano.

—Somos un equipo. Tú, Luna, tu papá, Sonia y yo. Cuando cooperamos, el cuidado es más fácil.

En ese momento, sonó un timbre en el pasillo. No fue un timbre fuerte, pero sí urgente. Sonia miró hacia la puerta.

—Doctor, en la sala 3 un niño está asustado. No quiere que le tomen la temperatura —dijo.

Martín asintió.

—Vamos —respondió—. Los sustos también se curan con calma.

Parte 3: El termómetro valiente y la palabra “antes”

En la sala 3, un niño llamado Nico abrazaba su peluche con fuerza. Tenía los ojos brillantes y la frente un poco sudada. Su mamá le hablaba despacio, pero Nico negaba con la cabeza.

—No quiero —decía—. No quiero el termómetro.

Martín entró sin prisa. No se puso delante como un gigante. Se sentó a un lado, como un vecino amable.

—Hola, Nico —dijo—. Soy Martín. He oído que el termómetro te da miedo.

Nico apretó más el peluche.

—Es frío… y es raro.

Martín sacó un termómetro pequeño.

—Mira —dijo—. Este es como un pececito que busca un número. El número nos dice si tu cuerpo está calentito de más.

Nico lo miró de reojo.

—¿Y si me hace daño?

—Antes de hacerlo, lo explico —prometió Martín—. Esa es una regla en mi trabajo: primero hablamos, luego hacemos. ¿Te parece?

Nico respiró un poco mejor. Martín continuó:

—Podemos ponerlo en la axila. La axila es como una cueva tibia. Tú lo sostienes con tu brazo. Tú mandas.

Eso le gustó a Nico: “tú mandas”. Sonia se acercó y mostró cómo colocar el termómetro sin apretar.

—Yo cuento hasta diez contigo —dijo Martín—. Y cuando haga “pip”, se termina.

Nico dudó, pero su mamá le acarició el pelo.

—Lo hacemos juntos —susurró ella.

Nico colocó el termómetro. Martín contó despacio, como si contara estrellas: uno, dos, tres… A la mitad, Nico ya no parecía tan tenso. Cuando sonó el “pip”, Nico abrió los ojos, sorprendido.

—¿Ya? —preguntó.

—Ya —confirmó Martín—. Lo hiciste muy bien. Ser valiente no es no tener miedo. Ser valiente es hacerlo con cuidado aunque dé un poquito de miedo.

Nico sonrió, chiquito, como una lucecita que se enciende.

Martín miró el número.

—Tienes fiebre, pero no es enorme. Vamos a bajarla con medicina y con agua. Y también con algo importante: avisar antes de que la fiebre suba más.

—¿Avisar antes? —preguntó Nico.

—Sí —dijo Martín—. Si te sientes raro en casa, se lo dices a un adulto. Y si toses, te tapas con el codo. Así ayudas a los demás. Cuidarse también es cuidar.

Nico miró a su peluche.

—Entonces mi peluche también se tapa —dijo.

Sonia rio bajito.

—Claro. En el hospital, todos aprendemos.

Martín volvió a mirar el pasillo. Había más puertas, más personas, más historias pequeñas. Ser médico era eso: ir de una puerta a otra con paciencia, escuchar con atención, y usar la ciencia como una linterna.

Antes de salir, Martín le dijo a la mamá de Nico:

—Si la fiebre sube mucho o si respira rápido, nos avisan. No están solos.

La mamá asintió, con ojos agradecidos.

Parte 4: El hospital se calma como un mar en la noche

Más tarde, Luna ya estaba en su cama, con una taza de agua y su mantita de estrellas. Su nariz seguía molesta, pero respiraba mejor. Martín pasó a verla.

—¿Cómo va la detective Luna? —preguntó.

—Mi garganta sigue roja… pero ya no me asusta —dijo ella.

Martín le puso una mano suave en el hombro.

—Eso es muy importante. A veces el miedo es como un ruido fuerte. Cuando entendemos lo que pasa, el ruido baja.

Luna miró el medidor de altura que se veía por la puerta entreabierta.

—Doctor Martín, ¿yo voy a seguir creciendo? —preguntó.

—Sí —respondió—. Crecerás con comida sana, con sueño, con juegos y con cariño. Y con revisiones de vez en cuando, para prevenir. Prevenir es como ponerse un paraguas antes de que llueva.

El papá de Luna sonrió.

—Nos acordaremos del paraguas —dijo.

Martín salió al pasillo. Sonia caminaba hacia él con una carpeta.

—Nico ya duerme —informó—. Y en la sala de al lado, una abuela ya se siente más tranquila.

Martín miró alrededor. El hospital seguía vivo, pero más lento. Los pasos eran suaves. Las voces, bajitas. Las máquinas hacían sonidos rítmicos, como un reloj que no se cansa.

Se acercó a la ventana del pasillo. Afuera, la ciudad tenía faroles como puntos de miel. Adentro, el hospital era como un gran barco en la noche: cuidaba a todos los que viajaban por un momento difícil.

Martín se lavó las manos otra vez, despacio, sin saltarse ningún dedo. Luego revisó sus notas. Allí estaban las pistas: altura, peso, temperatura, respiración, tos. Números y palabras que ayudaban a decidir.

Pensó en Luna, en Nico y en tantas personas. Ser médico no era solo poner medicinas. Era explicar, escuchar, calmar, medir, observar. Era trabajar con enfermeras, con familias, con paciencia. Era servir.

Antes de terminar su turno, Martín hizo una última ronda. Cerró una cortina con cuidado para que una luz no molestara. Ajustó una almohada. Dijo “buenas noches” con voz bajita.

Y poco a poco, como cuando el viento deja de empujar las hojas, el hospital se fue apaciguando. Las puertas quedaron quietas. Los pasillos respiraron despacio. Las luciérnagas de luz siguieron vigilando.

Martín sonrió, cansado y contento. Sabía que al amanecer habría nuevas preguntas, nuevos números y nuevos sustos pequeños. Pero por ahora, la calma había llegado.

En la sala de Luna, ella cerró los ojos y abrazó su mantita de estrellas. En la sala de Nico, el peluche descansaba con el codo “tapándose”, como había aprendido. Y en todo el hospital, el cuidado seguía, suave y constante, como una canción bajita para dormir.

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Linternita
Una luz pequeña que se usa para mirar dentro sin hacer daño.
Estetoscopio
Aparato que el médico usa para escuchar el pecho y la respiración.
Microbio
Ser muy pequeño que puede causar que nos enfermemos.
Inflamada
Cuando una parte del cuerpo está roja, hinchada y duele un poco.
Suero
Líquido que limpia o ayuda dentro de la nariz o por una vía.
Báscula
Plataforma que mide cuánto pesa una persona.
Medidor de altura
Regla grande que sirve para ver cuánto mide una persona.
Temperatura
Número que dice si el cuerpo está caliente o normal.
Fiebre
Cuando la temperatura del cuerpo sube y te sientes caliente.
Paciencia
Esperar con calma sin ponerse muy nervioso o asustado.
Axila
Parte bajo el brazo donde se puede poner el termómetro.
Prevenir
Hacer cosas antes para evitar que pase algo malo.

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