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Cuento de superhéroes 11/12 años Lectura 23 min. (1)

El guardián mareomotor y el secreto del dique Epsilon

En una ciudad amenazada por una crecida intencional, el Guardián Mareomotor y una joven inventora unen fuerzas para desactivar un sabotaje en el dique y proteger a sus vecinos.

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Un hombre, Kael, rostro decidido pero jadeante, cabello negro con una mecha plateada húmeda por la lluvia, ojos verdes, lleva un traje ligero con placas reflectantes y un pequeño módulo dorsal, guantes que emiten líneas luminosas azules; está de pie en el puente, una mano en la barandilla y la otra señalando el río. Una chica, Uma, de unos 13 años, cabello recogido con un lápiz, manchas de aceite en la mejilla y ropa de mecánica, sostiene un cable luminoso junto a Kael con la mirada fija en las compuertas del dique. Un niño, Nico, de unos 11 años, cabello pegado por la lluvia, rostro aliviado pero tembloroso, abraza a un perro pequeño empapado y está ligeramente delante de Kael sobre una sección seca del puente; su hermana menor, de unos 9 años, con gafas redondas y un abrigo demasiado grande que gotea, lo mira con admiración. Un robot cuadrado, Píxel, pequeño y luminoso, proyecta íconos cerca del hombro de Uma; un gran exoesqueleto, Grandullón, de aspecto masivo y pintado en amarillo ladrillo, apoya en el fondo contra una columna del puente. Escenario: el Puente del Silencio bajo lluvia intensa, planchas metálicas mojadas, charcos reflectantes, espuma marrón en el agua, farolas tambaleantes; al fondo el dique Epsilon y siluetas de edificios industriales con ventanas iluminadas. Situación: el equipo acaba de retomar el control del dique, hay alivio y cansancio, el agua sigue turbulenta pero menos caótica, se ven rescates en curso; la composición centra a Kael como protector rodeado de sus aliados, con tonos azul gris de lluvia, marrones del río y toques amarillos y rojos en ropa y luces. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El hombre que escuchaba el agua

En Luminaria, una ciudad con rascacielos de cristal y puentes que brillaban como pulseras sobre el río Bronce, la gente decía que el agua tenía carácter. A veces cantaba suave contra las orillas; otras, se enfadaba y golpeaba como si quisiera romper la ciudad en dos.

Esa tarde, el cielo era una sábana gris cargada. El aire olía a metal y a lluvia recién afilada.

En lo alto de la Torre Mareal, un hombre ajustaba un brazalete azul oscuro que parecía hecho de escamas. Tenía el pelo negro con un mechón plateado que siempre se empeñaba en caerle sobre la ceja. Sus ojos, de un verde intenso, seguían el movimiento del río como si leyeran un cómic en tiempo real.

Se llamaba Kael Nébula. De día, era técnico de mantenimiento de drones municipales. De noche —y a veces también de día, porque la ciudad no avisaba— era el superhéroe conocido como Guardián Mareomotor.

Su traje era ligero, con placas flexibles que reflejaban la luz como agua al sol. En la espalda llevaba un módulo compacto, una especie de mochila de energía, y en sus guantes brillaban líneas que cambiaban de color según lo que tocara: azul para calma, blanco para alerta, rojo para “esto va en serio”.

Una sirena de la central inundó la torre con un aullido.

—Kael —sonó la voz de la alcaldesa Ibarra por el comunicador—. Las compuertas del dique Epsilon no responden. Hay una tormenta enorme subiendo desde las montañas. Si el río se desborda…

Kael miró el mapa holográfico que flotó sobre su muñeca. El agua ya lamía zonas marcadas en naranja.

—Entendido. Voy para allá —dijo, y luego añadió, porque incluso en un día gris el humor era una linterna—: ¿Podemos pedirle al río que se porte bien? Prometo decir “por favor”.

—Kael…

—Ya voy —sonrió.

Saltó desde la barandilla. Por un segundo, la ciudad se abrió bajo sus botas como un tablero inmenso. Activó los propulsores del módulo dorsal: un zumbido limpio, y el aire le respondió con una corriente firme. Voló bajo, entre edificios, esquivando carteles luminosos que parpadeaban “ALERTA DE LLUVIA”.

El río Bronce rugió. No era un sonido cualquiera; era un “¡atención!” con garganta de agua.

Kael tragó saliva.

—Vale, río. Te escucho.

Capítulo 2: La crecida y el puente del silencio

Cuando Kael llegó al dique Epsilon, la lluvia ya caía como si el cielo estuviera vaciando cubos sin parar. Las compuertas, enormes placas de acero, temblaban bajo la presión. La espuma golpeaba con rabia y el barro subía en espirales oscuras.

En la orilla, decenas de vecinos corrían hacia zonas altas. Un autobús escolar estaba detenido cerca del Puente del Silencio, con el motor ahogado por el agua. Un grupo de niños y una conductora miraban, pálidos, el nivel que subía.

Kael aterrizó en un charco y levantó una mano.

—¡Tranquilos! ¡Uno por uno! —gritó. Su voz, amplificada por el casco abierto, se mezcló con la lluvia.

Un chico con una mochila empapada lo señaló.

—¡Es el Guardián Mareomotor!

—Preferiría “el tipo que trae toallas”, pero sí, soy yo —dijo Kael, acercándose al autobús.

La conductora abrió la puerta con esfuerzo.

—¡Las puertas se trabaron! —exclamó—. ¡Y el agua entra por el suelo!

Kael apoyó ambas palmas en el metal. Sus guantes se iluminaron de azul. Sintió la vibración del agua alrededor, como si fuera un animal enorme respirando. No podía “mandarla” como un mago, pero su tecnología le permitía canalizar energía para crear campos de presión, dirigir corrientes y estabilizar estructuras.

—Vale, equipo —susurró, como si hablara con sus propios guantes—. No me dejen en ridículo.

La luz cambió a blanco. Un pulso suave recorrió la puerta y la liberó con un chasquido. Los niños salieron corriendo, algunos llorando, otros con la boca abierta de asombro.

—¡A la colina! ¡Sigan la línea amarilla! —indicó Kael.

El nivel del agua subió de golpe. El puente crujió. Una farola se inclinó, amenazando con caer.

Kael corrió sobre el pavimento mojado, resbaló, recuperó el equilibrio y lanzó un pequeño disco desde su cinturón. El disco se pegó a la base de la farola y se expandió como una flor metálica, abrazándola.

—¡No te caigas! ¡Todavía no te hemos sacado una foto bonita! —le dijo a la farola, y por dentro se alegró de oír alguna risa nerviosa.

Pero entonces lo vio: un remolino más oscuro, como una sombra girando dentro del agua. No era solo corriente. Era algo que estaba “ordenando” el caos.

Kael frunció el ceño.

—Eso no es una simple crecida…

En el dique, el panel de control chisporroteaba. La pantalla mostraba un mensaje: “Acceso bloqueado. Modo manual deshabilitado”.

—Genial —murmuró Kael—. A alguien se le ocurrió ponerle contraseña al río.

Por el comunicador, la voz de la alcaldesa volvió, cortada por interferencias.

—Kael… el sistema detecta… una señal… como si alguien… estuviera hackeando las compuertas desde el distrito industrial…

Kael miró hacia el horizonte. Entre la cortina de lluvia, las luces del distrito industrial parpadeaban. Allí, en un conjunto de naves antiguas, estaba el lugar que todos llamaban “La Colmena”: un taller robótico enorme, mitad escuela de inventores, mitad almacén de piezas imposibles.

Si alguien estaba manipulando el dique, necesitaba ir a la fuente. Pero no podía abandonar el puente.

Entonces escuchó una voz pequeña detrás de él.

—Señor Guardián… —Era una niña con gafas redondas, empapada hasta las pestañas—. Mi hermano se quedó en el otro lado. Fue a buscar a nuestro perro.

Kael sintió un pinchazo en el pecho. El río rugió más fuerte, como si se burlara.

—¿Cómo se llama tu hermano?

—Nico.

Kael respiró hondo.

—Nico va a odiar esto, pero vamos a buscarlo.

Capítulo 3: Un perro, un niño y una decisión difícil

Kael corrió por el Puente del Silencio hacia el otro lado, donde las calles estaban empezando a desaparecer bajo el agua marrón. La lluvia le pegaba en la cara como piedritas frías. A cada paso, el suelo vibraba con la fuerza del río.

—¡Nico! —gritó—. ¡Nico, soy Kael! ¡Vuelve al puente!

Entre dos coches medio sumergidos, apareció un niño de unos once años, con el pelo pegado a la frente y un perro tembloroso en brazos.

—¡No podía dejarlo! —chilló Nico, abrazando al animal—. ¡Se asustó!

El agua les llegaba ya a las rodillas. Una corriente se arremolinó y trató de arrancarles los pies.

Kael llegó hasta ellos y, sin pensarlo, se colocó delante como una pared. Sus guantes se encendieron de azul intenso y soltaron un campo de presión que empujó la corriente hacia un lado, creando un “pasillo” tranquilo.

—Bien —dijo Kael, con una voz firme que intentaba sonar más segura de lo que se sentía—. Ahora caminamos despacio. Tú adelante, yo detrás. Y el perro… —miró al animal— tú cooperas, ¿sí? Sin mordiscos heroicos.

El perro lo miró con ojos enormes y soltó un gemido que sonó como un “lo intentaré”.

Avanzaron paso a paso. Kael notó cómo el campo de presión empezaba a flaquear. Su mochila de energía pitó: batería al 28%.

—Vamos, vamos… —susurró, apretando los dientes.

A mitad del puente, un trueno estalló. La corriente golpeó una pila del puente y el remolino oscuro reapareció, más cerca. Era como si alguien estuviera agitando una cuchara gigante en una olla.

De pronto, una voz metálica resonó desde un dron de vigilancia que pasó volando bajo, con luces rojas.

—Ciudadanos de Luminaria: el dique Epsilon ha entrado en protocolo de apertura de emergencia. Evacúen.

Kael alzó la mirada.

—¿Apertura de emergencia? ¡Eso lo empeora todo!

La mochila pitó otra vez: 19%.

Logró llevar a Nico y al perro hasta el lado seguro. La niña con gafas los abrazó. Kael se agachó a la altura de Nico.

—Hiciste lo correcto al cuidar a tu perro —dijo—, pero la próxima vez me avisas antes de jugar a “héroe por sorpresa”, ¿trato?

Nico bajó la mirada.

—Perdón… Creí que podía…

Kael sonrió, cansado.

—Yo también creí eso una vez. Ser valiente también es saber cuándo pedir ayuda.

Se levantó y miró el dique. Las compuertas comenzaron a vibrar con un ritmo extraño, como si estuvieran recibiendo una orden final.

Kael habló por el comunicador:

—Alcaldesa, necesito acceso al distrito industrial. Si alguien está hackeando, está ahí. ¿La Colmena sigue activa?

—Sí —respondió la alcaldesa—. Pero es peligroso. Está lleno de prototipos… y de gente que no siempre sigue las reglas.

Kael observó el agua. La ciudad estaba en peligro, y su batería no duraría mucho.

—Perfecto —murmuró—. Hoy no me apetecían las cosas simples.

Despegó hacia el distrito industrial, dejando atrás el rugido del río y llevando en el pecho una promesa silenciosa: volvería antes de que el agua ganara.

Capítulo 4: La Colmena, donde los robots sueñan

La Colmena era un monstruo amable: una nave gigantesca con murales de engranajes pintados en las paredes y ventanas redondas como ojos. Dentro, el aire olía a aceite, plástico caliente y café demasiado fuerte.

Kael entró por una claraboya abierta. Aterrizó sobre una pasarela metálica y el sonido de sus botas se mezcló con un concierto de chasquidos, zumbidos y pitidos.

Abajo, decenas de robots a medio montar dormían sobre mesas: brazos mecánicos, ruedas, placas solares, sensores como luciérnagas. Un brazo robótico saludó por error, golpeó una caja y la caja respondió con un “¡clonk!” que sonó a queja.

—Shhh, perdón —susurró Kael, como si estuviera en una biblioteca.

—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz juvenil, firme.

Una chica de unos trece años salió de detrás de un armario de herramientas. Llevaba el pelo recogido con un lápiz y tenía manchas de grasa en la mejilla como si fueran pintura de guerra. A su lado, un robot pequeño con forma de cubo se movía con curiosidad, proyectando caritas en una pantalla.

—Soy Kael Nébula —dijo—. Necesito ayuda. Alguien está hackeando el dique.

La chica lo observó con rapidez.

—Yo soy Uma Rizo, jefa de taller cuando el jefe de taller se pierde. —Señaló al cubo—. Y este es Píxel. No muerde… casi nunca.

Píxel mostró una carita sonriente y luego, por si acaso, otra con dientes enormes.

Kael señaló la pared del fondo, donde había un panel con pantallas y cables conectados a una antena.

—Esa antena… está transmitiendo.

Uma cruzó los brazos.

—No es nuestra. Apareció hace dos noches. Dije que olía raro, como a excusa.

Kael se acercó. En la pantalla había líneas de código y una firma digital: “Marea Negra”.

—¿Quién es Marea Negra? —preguntó.

Uma hizo una mueca.

—Un villano de segunda categoría con un ego de primera. Antes hackeaba semáforos para hacer “coreografías” de tráfico. Ahora parece que quiere… —miró los datos— abrir el dique.

Kael notó la sangre fría en la nuca.

—Si abre el dique con el río así, Luminaria se inunda.

Uma ya estaba tecleando.

—Puedo cortar la señal… pero está encriptada con un bucle raro. Necesito un nodo espejo para devolverle su propio comando y bloquearlo.

Kael miró alrededor. Vio un exoesqueleto de carga en una esquina, alto como un armario, con brazos hidráulicos.

—¿Y eso?

—Prototipo de rescate —dijo Uma—. Lo llamamos “Grandullón”. Aún no tiene permiso para salir… porque no sabe frenar bien y se enamora de las paredes.

—Me caen bien los románticos —dijo Kael—. Lo necesito.

Uma dudó un segundo, luego asintió.

—Vale. Pero yo voy contigo. Si alguien juega con mi ciudad y mi taller, le desconecto el orgullo.

Kael tragó saliva. Le gustaba trabajar solo, pero la batería y el tiempo no perdonaban.

—De acuerdo —dijo—. Pero una regla: nadie se cree más importante que la gente que vamos a proteger.

Uma le sostuvo la mirada y sonrió, medio desafío, medio respeto.

—Eso suena bastante heroico para alguien con el pelo perfecto en plena lluvia.

—Es el mechón plateado. Tiene su propia opinión —replicó Kael.

Píxel proyectó una carita de “¡ja!” y rodó hacia el exoesqueleto.

En minutos, Grandullón se activó con un rugido eléctrico suave. Kael se colocó el arnés, Uma se enganchó detrás con un cinturón magnético y Píxel se pegó al hombro como una mascota cuadrada.

—Destino: dique Epsilon —dijo Kael.

—Y parada rápida: salvar la ciudad —añadió Uma.

Grandullón dio un paso… y casi se besa una columna. Kael tiró de los controles.

—¡No hoy, campeón! —gruñó.

El exoesqueleto se enderezó y corrió hacia la salida, golpeando charcos como si fueran tambores de guerra.

Capítulo 5: El dique habla en código

El camino de regreso fue una carrera contra el agua. Grandullón saltó sobre zanjas que ya parecían canales. A su alrededor, drones de emergencia volaban con focos y altavoces, guiando a la gente a refugios. Kael veía caras en ventanas, manos que saludaban, ojos llenos de miedo… y de esperanza.

Al llegar al dique, el rugido era ensordecedor. Las compuertas se movían, abriéndose a intervalos como si alguien estuviera probando un botón.

—Está jugando —dijo Uma, furiosa—. Está midiendo cuánto daño puede hacer.

Kael sintió cómo su brazalete vibraba: batería al 12%. Apenas.

—Uma, necesito ese nodo espejo ya.

Uma se conectó al panel con un cable que parecía una serpiente luminosa. Píxel proyectó símbolos y mapas sobre el agua, como si dibujara rutas invisibles.

—Tengo la señal —dijo Uma—. Está rebotando desde… ¡desde una boya en el río!

Kael siguió la dirección. Entre la espuma, una boya negra subía y bajaba, y cada vez que emergía, emitía un destello violeta. El remolino oscuro giraba alrededor de ella como un guardaespaldas.

—Ahí está la fuente —dijo Kael—. Si la desconectamos, recuperamos el control.

Uma lo miró.

—¿Puedes llegar? Ese remolino parece un lavadora enfadada.

Kael apretó los puños. Si saltaba al río con poca energía, se arriesgaba a quedarse sin campo de presión. Pero si no lo hacía…

—Puedo —dijo—. Pero no por fuerza. Por cabeza.

Activó sus guantes al modo de “ancla” y ajustó Grandullón en posición estable. Luego, con un cable de rescate, se aseguró a una barandilla.

—Si me caigo, tiras de mí —le dijo a Uma.

—Si te caes, te voy a regañar primero y tirar después —respondió ella.

Kael sonrió. Eso le dio valor.

Saltó hacia la plataforma inferior, cerca del agua. El remolino lo recibió con un golpe de viento húmedo. Kael extendió las manos y soltó pulsos de presión, no para pelear, sino para abrir un corredor temporal en la corriente, como si apartara cortinas pesadas.

—Venga… —murmuró—. Solo un pasillo. Solo un pasillo.

La boya emergió. Kael se lanzó, atrapó la carcasa con una mano y, con la otra, arrancó un módulo de transmisión. El dispositivo zumbó y soltó chispas violetas.

Una voz salió de un altavoz diminuto, distorsionada y arrogante:

—¡Guardían Mareomotor! Llegas tarde. Hoy Luminaria aprenderá a nadar.

Kael respiró hondo, empapado, y respondió con calma.

—Nadar está bien. Ahogarse, no. Y tú no vas a decidir por todos.

—¡Ja! ¿Y tú sí?

Kael miró el agua furiosa y luego la ciudad detrás, con gente esperando.

—Yo solo decido intentar ayudar —dijo—. El resto lo decide el esfuerzo de todos.

Con un movimiento firme, apagó el módulo. El destello violeta se extinguió.

Por un segundo, el remolino dudó, como si hubiera perdido su música. El agua siguió fuerte, claro, porque la tormenta era real. Pero el caos “dirigido” desapareció.

En el panel del dique, las luces cambiaron a verde. Uma gritó desde arriba:

—¡Recuperé el control! ¡Pero el nivel está al límite! Si no desviamos parte del caudal, el dique no aguantará igual.

Kael miró alrededor. Vio un canal de desagüe antiguo, medio obstruido, que conducía a los depósitos vacíos del distrito industrial. Si lograban abrirlo y reforzarlo, podrían darle al río un camino extra, como abrir una segunda puerta.

Kael activó el comunicador.

—Alcaldesa, necesito permiso para desviar agua hacia los depósitos del distrito industrial. Se inundarán, pero salvará los barrios.

Hubo un segundo de silencio.

—Hazlo —dijo la alcaldesa—. Y… Kael. Gracias.

Kael miró a Uma.

—¿Lista para una obra pública a toda velocidad?

Uma se ajustó el guante.

—Nací lista. Píxel, modo “ingeniero dramático”.

Píxel proyectó una carita seria con cejas puntiagudas.

—Eso no es un modo real —dijo Kael.

Píxel respondió con una carita que decía “Sí”.

Kael no pudo evitar reírse, y esa risa le devolvió aire a los pulmones.

Capítulo 6: La ciudad se salva… y nace un equipo

Trabajaron como si el tiempo fuera una cuerda que se quemaba. Kael usó sus guantes para apartar escombros y estabilizar paredes del canal. Uma, con Píxel, reprogramó compuertas secundarias y activó bombas de extracción que llevaban años sin usarse. Grandullón cargó bloques de refuerzo y, esta vez, solo intentó abrazar una pared dos veces.

—¡Grandullón, concéntrate! —le gritó Uma.

El exoesqueleto emitió un pitido que sonó a disculpa.

Kael se agachó, agotado. Batería al 3%. Sentía los brazos pesados, como si llevara el río encima.

—Kael —dijo Uma, notando su temblor—. Si te quedas sin energía…

—Entonces me tocará usar músculos antiguos —respondió él, y levantó una piedra como si fuera un chiste—. Edición clásica.

Uma resopló, pero sus ojos se suavizaron.

—Eres raro.

—Gracias. Lo intento.

Cuando el canal estuvo listo, Uma activó la secuencia. Las compuertas secundarias se abrieron con un gemido profundo. El agua encontró el nuevo camino y se precipitó hacia los depósitos, rugiendo como un tren. El nivel frente al dique bajó lentamente. No fue mágico ni instantáneo, pero fue suficiente: el dique dejó de vibrar con esa amenaza de romperse.

En el Puente del Silencio, la gente empezó a aplaudir. Algunos gritaban nombres. Otros solo se abrazaban, temblando de alivio.

Kael se apoyó en la barandilla. La lluvia seguía cayendo, pero el río ya no parecía un monstruo; parecía un gigante cansado que, por fin, respiraba mejor.

La alcaldesa llegó con un abrigo empapado y botas llenas de barro. No traía guardaespaldas; solo un paraguas roto que no servía para nada.

—Luminaria está a salvo —dijo, mirando a Kael y a Uma—. Gracias a ustedes.

Kael se rascó la nuca, incómodo.

—Gracias a todos —corrigió—. A los vecinos que evacuaron sin empujar, a los drones de emergencia, a los técnicos, a… —miró a Uma— a los cerebros llenos de grasa de taller.

Uma levantó una ceja.

—Esa es la descripción más bonita que me han hecho.

Píxel proyectó fuegos artificiales en miniatura y luego una carita de bostezo.

—Y sobre Marea Negra —preguntó la alcaldesa—. ¿Lo atrapamos?

Uma mostró el módulo desconectado.

—Huyó, pero ahora conocemos su firma. La próxima vez no se escapa tan fácil.

Kael miró la ciudad. Las luces volvían poco a poco. En una ventana, Nico y su hermana con gafas agitaban la mano, el perro ladrando como si diera un discurso.

Kael levantó la mano de vuelta.

—No siempre se puede hacerlo todo solo —dijo, más para sí mismo que para los demás—. Y no pasa nada.

Uma lo empujó con el hombro, suave.

—No pasa nada. Pero la próxima vez, si vas a saltar al río con un 12% de batería, al menos avisa para que yo pueda gritarte con tiempo.

Kael soltó una carcajada. El sonido se mezcló con el murmullo del agua, ya menos enfadada.

La alcaldesa los miró, seria y orgullosa.

—Quiero que esto no sea una casualidad. Kael, Uma, Píxel… y ese exoesqueleto enamoradizo. Necesitamos un equipo. Un grupo que proteja Luminaria con cabeza, corazón y… —miró a Grandullón, que casi tropezaba con un bordillo— equilibrio.

Kael respiró hondo. Sintió el cansancio, sí, pero también algo nuevo: una fuerza compartida, como cuando varias manos sostienen el mismo puente.

—De acuerdo —dijo—. Pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Uma.

Kael miró el río Bronce y luego la ciudad, humilde ante lo enorme que era todo.

—Que nunca olvidemos que esto no va de ser los más brillantes. Va de servir. Y de escuchar… incluso al agua.

Uma asintió. Píxel proyectó una carita solemne y luego, por supuesto, una de bigote.

—Entonces —dijo la alcaldesa—, bienvenidos a la nueva guardia de Luminaria.

Kael apretó el brazalete de escamas, sintiendo el pulso de la ciudad bajo la lluvia.

Y en ese instante, mientras el río bajaba y la noche se aclaraba, nació un equipo unido, listo para cualquier tormenta futura—juntos, con valentía, responsabilidad y una risa a mano para cuando hiciera falta.

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Rascacielos
Edificio muy alto con muchas plantas donde vive o trabaja mucha gente.
Compuertas
Grandes puertas de metal que controlan el paso del agua en un dique.
Módulo
Parte o unidad separada de una máquina con una función concreta.
Propulsores
Aparatos que dan empuje para mover un vehículo o persona en el aire.
Remolino
Movimiento circular del agua que puede arrastrar objetos.
Encriptada
Información cambiada a un código para que solo algunos la entiendan.
Prototipos
Primeras versiones de un invento para probar cómo funcionan.
Exoesqueleto
Estructura mecánica externa que ayuda a una persona a mover peso.
Carcasa
Cobertura o caja que protege las partes internas de un aparato.
Altavoz
Dispositivo que hace que la voz o el sonido se escuche más fuerte.
Antena
Estructura que recibe o transmite señales electrónicas o radio.
Bucle
Secuencia que se repite una y otra vez en un programa o sistema.
Panel de control
Conjunto de botones y pantallas para manejar una máquina.
Firma digital
Marca electrónica que prueba quién creó o envió un mensaje.

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