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Fantasía histórica 11/12 años Lectura 12 min. Disponible en audiocuento

El guardián del olvido

Marco Aurelio Severus, un mago en la antigua Roma, debe enfrentarse a un traidor que ha abierto la Puerta de los Sueños, arriesgando la memoria de la civilización y su propia existencia en un laberinto de recuerdos y sacrificios. En su búsqueda por salvar a Roma, se verá obligado a elegir entre sus recuerdos más preciados y el destino de su ciudad.

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Marco Aurelio Severus es un hombre de unos treinta años, con cabello rizado castaño y ojos penetrantes que expresan una intensa determinación. Lleva una túnica de terciopelo púrpura adornada con motivos plateados y sostiene en su mano un anillo de oro, decorado con una lechuza que brilla con una luz mística. A su lado, Somnia, una joven de unos 25 años, tiene la piel ligeramente azulada y cabello negro como el ébano. Se sostiene con gracia, con los brazos extendidos hacia Marco, como si lo animara a avanzar en la oscuridad. Su entorno es una sala circular de las catacumbas, con columnas de piedra cubiertas de hiedra e inscripciones antiguas, donde la luz de una lámpara de aceite proyecta sombras danzantes en las paredes. La escena principal muestra a Marco frente a una puerta de bronce entreabierta, rodeada de una densa y misteriosa bruma, mientras una ola de agua oscura y inquietante fluye del umbral, amenazando con engullir todo a su paso. reportar un problema con esta imagen

La versión de audio está disponible de forma gratuita para este cuento:

Duración del audiocuento: 13:11

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Capítulo I: El Presagio en la Noche

La luna, pálida y rota, se colaba entre los capiteles de mármol del Foro Romano, arrastrando consigo sombras alargadas sobre el empedrado. El aire olía a ceniza y a incienso quemado, mezclándose con el rumor lejano de los legionarios que patrullaban la ciudad. En esa noche cargada de murmullos, Marco Aurelio Severus, mago oculto y consejero de la casa imperial, caminaba envuelto en su túnica teñida de púrpura y plata.

Marco no era un hombre común. Bajo la toga, entre las pliegues de la tela, llevaba grabados con sangre símbolos arcanos: runas que le protegían de miradas indiscretas y que, algunas noches, ardían como brasas en su piel. Portaba un anillo de oro con la efigie de una lechuza cuyos ojos, a veces, destellaban con vida propia.

Esa noche, al cruzar la Vía Sacra, Marco sintió que el aire vibraba. Un frío anómalo le penetró los huesos. Un gato negro, de ojos como carbones encendidos, se cruzó en su camino y se detuvo. Marco lo miró, reconociendo en su pelaje oscuro la marca de los augurios inquietantes.

—No eres un felino común, ¿verdad? —susurró.

El animal inclinó la cabeza, y sus ojos brillaron aún más. Entonces, sin aviso, un viento gélido cubrió la calle y apagó todas las antorchas. El Foro quedó sumido en la penumbra, y Marco supo que el presagio había llegado.

Una figura se desprendió de las sombras. Era un hombre alto, de piel cenicienta y ojos vacíos. Llevaba una túnica de senador, pero su rostro estaba cubierto de cicatrices retorcidas.

—Marco Aurelio Severus —dijo la figura, su voz como el roce de huesos secos—. El tiempo se agota. La Sombra del Leteo ha despertado. Roma caerá bajo su manto si no lo impides.

Marco tragó saliva. Conocía las leyendas del Leteo, el río del olvido, cuyas aguas podían borrar la memoria de los dioses y los hombres. Pero el mito decía que el Leteo estaba bien custodiado en los confines del inframundo, fuera del alcance de los mortales.

—¿Por qué ahora? —preguntó Marco, intentando mantener la calma.

—Un traidor ha abierto la Puerta de los Sueños. Las aguas del Leteo se filtran en la realidad. Si no actúas, la historia misma se desvanecerá en una neblina de olvido.

El gato maulló, y la figura se desvaneció en el aire, dejando tras de sí un rastro de escarcha y silencio. Marco miró a su alrededor, sintiendo el peso de la responsabilidad como una losa sobre sus hombros. El destino de Roma, y quizás del mundo, pendía de un hilo.

Capítulo II: El Consejo de los Magos

Al amanecer, Marco se dirigió apresuradamente a la colina Aventina. Allí, en el interior de una villa camuflada tras hileras de cipreses, se reunía el Consejo Secreto de los Magos, una hermandad que operaba bajo el disfraz de un culto menor a Cibeles.

Al entrar, Marco fue recibido por Licinia, la sumo sacerdotisa, cuyos cabellos plateados caían como velo sobre sus hombros.

—Has sentido la perturbación —afirmó ella, sin preámbulos—. Lo vimos en las entrañas de los animales sacrificados esta noche. El olvido avanza.

Marco se sentó junto a los demás. Había cinco, cada uno con sus propios secretos y heridas. El más anciano, Tito, tenía los ojos cubiertos por una venda de lino, pero veía más allá que cualquiera.

—¿Quién abrió la Puerta de los Sueños? —preguntó Marco.

—Un patricio ambicioso, —respondió Licinia—. Alguien que busca poder sobre la propia historia. Si las aguas del Leteo cubren Roma, nadie recordará los crímenes cometidos. El tiempo se reescribirá a su favor.

—¿Y cómo sellamos la Puerta? —insistió Marco.

Tito levantó una mano temblorosa.

—Las leyendas dicen que solo el Portador del Anillo de Lechuza puede caminar entre la vigilia y el sueño para sellar la grieta. Debes ir al Templo de Somnus, en las catacumbas bajo la ciudad. Pero cuidado, Marco. Las criaturas de la penumbra ya han sido liberadas.

Un escalofrío recorrió la sala. Marco sabía que no podía negarse. Se levantó, apretando el anillo. En su interior, sentía el zumbido de las antiguas magias despertando.

Capítulo III: La Bajada a las Catacumbas

El sol apenas se asomaba cuando Marco llegó a una pequeña puerta oculta entre muros cubiertos de musgo, en las afueras de la ciudad. Allí, según los mapas antiguos, comenzaba el descenso hacia las catacumbas prohibidas.

Cada escalón que bajaba parecía absorber la luz. Los muros, cubiertos de inscripciones en latín y símbolos arcanos, susurraban nombres olvidados y advertencias. Marco encendió una lámpara de aceite y murmuró un hechizo; la llama tomó un extraño tono azul.

A mitad del trayecto, una niebla densa empezó a llenar el pasillo. Marco avanzó con paso firme, aunque sentía el sudor frío recorriéndole la espalda. De repente, un chillido desgarrador resonó, y una figura espectral se abalanzó sobre él: un espectro romano, con la armadura corroída y el rostro desfigurado por el miedo y la locura.

Marco alzó el anillo, pronunciando palabras en una lengua anterior al latín. La lechuza del anillo brilló, y el espectro se detuvo, paralizado.

—¡Aléjate, sombra del pasado! —gritó Marco—. No busco dañar a los muertos, sino salvar a los vivos.

El espectro retrocedió, sollozando, y se desvaneció entre la niebla. Marco se tomó un instante para recuperar el aliento. Sabía que lo peor aún estaba por llegar.

Capítulo IV: El Templo de Somnus

Al fin, la escalera desembocó en una sala circular. Columnas talladas con ojos cerrados rodeaban un altar de obsidiana cubierta de polvo. En el centro, una puerta de bronce, semiabierta, palpitaba con una energía oscura.

Marco se acercó, sintiendo cómo su mente era invadida por recuerdos ajenos: batallas, traiciones, amores perdidos. La puerta era la frontera entre el mundo de los vivos y el de los sueños. Si se abría del todo, el Leteo inundaría Roma y nadie recordaría quiénes eran.

—Estás cerca, Marco —susurró una voz femenina, tan suave como la seda y tan fría como el mármol.

De entre las sombras emergió una joven de piel azulada y cabellos negros como el abismo. Sus ojos, infinitamente tristes, brillaban con la sabiduría de los milenios.

—¿Eres Somnia? —preguntó Marco.

—Soy la guardiana de los recuerdos y los olvidos. El traidor ha cruzado la puerta. Si no lo detienes, todo se perderá.

—¿Cómo puedo pasar sin sucumbir al olvido?

Somnia extendió la mano y tocó el anillo de la lechuza. Un destello de luz lo envolvió.

—Tu magia es antigua, pero el olvido es más fuerte. Solo el sacrificio puede sellar la puerta.

Marco sintió el peso de sus palabras. Sacrificio… ¿Qué estaría dispuesto a perder para salvar a Roma?

Capítulo V: El Laberinto de los Sueños

Traspasó la puerta, sumergiéndose en un laberinto de corredores cambiantes, donde el pasado y el presente se mezclaban como en un sueño febril. Marco vio a su padre, muerto en la guerra, llamándolo desde la distancia. Escuchó la risa de su hermana pequeña, perdida durante la plaga. Una y otra vez, los recuerdos intentaban retenerlo, arrancarle la voluntad.

Pero Marco apretó el anillo y avanzó. A lo lejos, la figura del traidor apareció: era Lucio Cornelio Sila, un antiguo rival político, envuelto en una túnica negra, con el rostro distorsionado por la avaricia.

—¡Al fin llegas, Severus! —exclamó Sila, alzando una copa de plata repleta de agua del Leteo—. Roma es una mentira; la historia, una prisión. Yo seré quien reescriba el mundo.

—No puedes jugar con el destino —replicó Marco—. El precio será demasiado alto.

—¿Y si todo lo que recordamos es dolor? —susurró Sila—. ¿No sería mejor olvidar?

Sila lanzó la copa contra el suelo. El agua se extendió como veneno, y el laberinto comenzó a temblar.

Marco se arrojó sobre Sila, luchando cuerpo a cuerpo. El traidor intentó sumergirlo en el líquido, pero Marco murmuró un conjuro, y la lechuza de su anillo cobró vida, lanzándose sobre el rostro de Sila y cegándolo.

—¡Recuerda por qué luchas! —gritó Marco, mientras el laberinto empezaba a colapsar.

Sila, cegado y enloquecido, cayó en el charco del Leteo. Su cuerpo se desvaneció, y su nombre se esfumó de la memoria de Marco en un instante.

Capítulo VI: El Precio del Sacrificio

El laberinto se derrumbaba. Somnia apareció de nuevo, su silueta temblando entre las ruinas del sueño.

—Debes sellar la puerta —dijo—, pero el precio es tu recuerdo más preciado.

Marco pensó en su infancia, en el rostro de su madre, en el nombre de la mujer que una vez amó y perdió. Sabía lo que significaba. Cerró los ojos.

—Que se lleve mi memoria de ella —susurró—. Si Roma debe sobrevivir, que así sea.

Somnia lo besó en la frente. Una ola de tristeza lo invadió, y sintió cómo algo irremplazable se deslizaba de su mente. El anillo brilló con una luz cegadora, y la puerta de bronce se cerró con un estruendo definitivo.

La oscuridad lo envolvió. Por un momento, Marco creyó estar muerto.

Capítulo VII: El Regreso al Mundo

Despertó en el Foro, bajo la luz mortecina del amanecer. Todo parecía igual, pero sentía un hueco inexplicable en su pecho. Los legionarios patrullaban, los comerciantes gritaban sus precios, los magos del consejo le saludaban con respeto.

—Lo lograste —dijo Licinia, acercándose—. Roma está a salvo. Pero noto en tus ojos la sombra de una pérdida.

Marco asintió, incapaz de recordar exactamente qué había perdido. Solo sentía un dolor sordo y persistente.

—He visto lo que hay más allá del olvido —murmuró—. El precio de la memoria es el dolor, pero sin ella no somos nada.

Licinia le tomó la mano.

—Eres más sabio de lo que crees, Marco. Ahora, debes vigilar. El Leteo siempre acecha a aquellos que temen recordar.

Mientras el sol ascendía, Marco observó cómo la vida en Roma continuaba, ignorante del peligro que había rozado. Sabía que su misión nunca terminaría del todo. Mientras existiera el recuerdo, habría esperanza y, también, sufrimiento.

Pero en la penumbra de su mente, una figura de cabellos oscuros se desvanecía, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, mezclándose con la promesa silenciosa de proteger la historia, aunque el precio fuera demasiado alto.

En la grandeza y la sombra de Roma, Marco Aurelio Severus caminó hacia el futuro incierto, portando el peso del sacrificio y la magia en un mundo donde la oscuridad siempre acecha tras el velo del olvido.

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