Capítulo 1 - El gran imitador del bosque
En el Bosque Saltarín vivía un oso llamado Oso Pancho. Pancho no era un oso corriente: era, según él, el mejor imitador de todo el bosque. No podía ver a nadie hacer algo sin intentar copiarlo, aunque a veces le saliera un poco… chistoso.
Un día, Pancho vio a la ardilla Rita saltando entre ramas con una castaña en la boca.
—¡Mira, Pancho! ¡Soy la reina de la velocidad! —gritó Rita desde lo alto de una rama.
Pancho, que justo pasaba por allí, infló el pecho y dijo:
—¡Eso está fácil! ¡Yo también puedo ser la reina... bueno, el rey de la velocidad!
Sin pensarlo dos veces, Pancho subió a la rama más baja. La rama crujió peligrosamente.
—¿Estás seguro, Pancho? —preguntó Rita, con una sonrisa traviesa.
—¡Más seguro que un árbol con raíces! —respondió Pancho, y se lanzó a saltar.
Claro, Pancho pesaba muchísimo más que una ardilla. Al saltar, la rama hizo “¡crac!” y Pancho aterrizó de espaldas justo en un arbusto de moras.
—Bueno —dijo Pancho, con la boca llena de moras—, ¡así también se salta! ¿Quién quiere un bocadito?
Rita se echó a reír. Pronto se le unieron la liebre Lupo y el pato Quico, que siempre iban buscando nuevas travesuras.
—¡Pancho, imítame a mí! —retó Lupo, que era muy veloz.
Lupo empezó a correr en círculos alrededor de todos, moviendo las orejas de un lado a otro.
Pancho lo intentó, pero tras dar dos vueltas, se mareó tanto que acabó caminando de lado como un cangrejo.
—¡Ahora eres una liebre-cangrejo! —rio Quico.
Pancho reía tanto que se le salían las lágrimas.
—Imitar es divertido, pero a veces termino inventando algo nuevo, ¿no creen?
Todos asintieron, y así comenzó el día más divertido del Bosque Saltarín.
Capítulo 2 - El desafío de los sombreros
Al día siguiente, los animales organizaron el Gran Concurso de Imitaciones y Pancho era, por supuesto, el favorito. Sin embargo, había una sorpresa: ese año, el árbitro sería Don Caracol, un caracol elegante que llevaba puesto un sombrero de copa altísimo.
Don Caracol empezó el concurso con voz lenta pero firme:
—Queridos... animales... en este concurso... imitarán... pero... ¡usando un sombrero diferente cada vez!
Todos miraron los sombreros que Don Caracol había traído: sombreros de copa, de paja, uno con plumas, otro que parecía una maceta… ¡e incluso uno con orejas de conejo!
—¡Vaya colección! —dijo Pancho, maravillado.
—Primera ronda... —anunció Don Caracol—. ¡Imiten a sus amigos... con un sombrero gracioso!
Lupo se puso el sombrero de copa y saltó como Rita, pero se tropezó con sus propias orejas, provocando carcajadas.
Rita se puso el de paja e intentó rugir como Pancho, aunque su rugido sonó más a estornudo.
Cuando fue el turno de Pancho, eligió el sombrero con orejas de conejo. Se subió a una roca y empezó a dar saltitos.
—¡Miren! ¡Soy Lupo la liebre! —gritó, poniendo voz aguda.
Pero Pancho era tan grande que la roca se movió y acabó rodando cuesta abajo, con Pancho dando vueltas y el sombrero saltando por el aire.
Al terminar, Pancho acabó justo a los pies de Don Caracol.
—Ups... creo que me pasé de saltos —se disculpó Pancho, con el sombrero al revés en la cabeza.
Don Caracol soltó una risita.
—Bien hecho... osito... aunque tus saltos sean... únicos.
Todos aplaudieron y Pancho, algo mareado, lució su sombrero con orgullo.
Capítulo 3 - Pancho y la confusión de los sombreros
Para la siguiente ronda, Don Caracol tenía una regla especial:
—Esta vez... deben imitar a un animal... ¡que no esté aquí!
Los amigos se miraron, pensando en animales lejanos. Pancho fue el primero:
—¡Imitaré a un flamenco!
Se puso el sombrero con plumas y trató de pararse en una sola pata. Pero, como era de esperar, perdió el equilibrio y cayó de espaldas, agitando las patas.
—¡Cuidado, el flamenco ha aterrizado! —gritó Quico, aplaudiendo.
Rita decidió imitar a un león. Se puso el sombrero que parecía una melena y rugió lo más fuerte que pudo.
—¡GRRRROAR! —pero sonó más como “BIP, BIP”.
Todos rieron tanto que ni siquiera oyeron el rugido de Pancho, que decidió imitar a Rita.
Pancho se puso el sombrero de maceta, se subió a una rama baja y dijo con voz chillona:
—¡Soy la ardilla Rita! ¡Las moras son lo mejor del mundo!
Pero la rama cedió y Pancho cayó de nuevo en el arbusto de moras. Esta vez, las moras cayeron sobre su cabeza y el sombrero quedó lleno de frutos.
—¡Ahora soy Rita… con mermelada! —dijo Pancho, relamiéndose.
Don Caracol apuntó en su cuaderno:
—Puntos extra... por creatividad... y desayuno improvisado.
La liebre Lupo, divertida, probó a imitar a un pulpo con el sombrero de copa girado de lado y piernas de ramitas. Saltaba por el campo agitando las ramitas.
—¡Soy el pulpo Lupo! ¡Tengo ocho patas pero sólo dos orejas! —gritó, haciendo girar el sombrero.
La risa era tan contagiosa que hasta Don Caracol tuvo que sujetarse el sombrero para no caerse de la risa.
Capítulo 4 - El gran lío del árbitro
Después de tantas imitaciones locas, Don Caracol anunció la última prueba:
—Última ronda... deben imitar... a mí... Don Caracol... el árbitro de los sombreros.
¡Todos se quedaron pensando! ¿Cómo se imita a un caracol tan elegante?
Rita fue la primera. Se puso el sombrero de copa y se arrastró muy despacito, dejando un rastro de hojas. Hablaba muy lento:
—Soooooy… Doooon… Caaaaraaaaacoool…
Lupo imitó la voz de Don Caracol pero fue tan rápido que se le entendió al revés:
—¡Doncolcar acarro el sombrero! —y todos rieron por la confusión.
Pancho, por su parte, se puso TODOS los sombreros a la vez: el de copa, el de maceta, el de orejas de conejo… ¡y hasta una cáscara de nuez! Caminó despacito, como Don Caracol, y dijo con voz muy gruesa y lenta:
—Soooooy... Donnnnnnn... Caracol... yyyyyyyyyyyyy... meeeeee... caaaaan... toooodos... loooos... sommmmm... bre... roooos...
Pancho, que veía muy poco con tantos sombreros, tropezó con una piedra y cayó suavemente en el césped. Los sombreros salieron volando y aterrizaron sobre todos los animales.
Don Caracol no pudo contener la risa.
—¡Eso... sí que es... un árbitro de... sombreros!
Todos aplaudieron y se pusieron los sombreros como les vino en gana. Ahora el bosque parecía un circo de colores y formas.
Capítulo 5 - El baile final de los imitadores
Cuando todos se recuperaron de la risa, Quico el pato sacó una armónica de su ala y propuso:
—¡Hora de la música y el baile de los imitadores!
La melodía sonó alegre y todos los animales empezaron a bailar: Rita brincaba de rama en rama, Lupo saltaba como cangrejo, Pancho inventaba pasos nuevos y Don Caracol giraba lento con su sombrero de copa reluciendo al sol.
Mientras bailaban, cada uno probaba a imitar a los demás mezclando pasos: Pancho batía alas como Quico, Rita rugía como Pancho, Lupo daba vueltas como Don Caracol. Pronto todos estaban danzando, riendo y tropezando, pero siempre terminando en una carcajada.
Entre risas, Pancho dijo:
—¡No siempre me sale bien lo que imito, pero es mucho más divertido intentarlo con amigos!
Don Caracol, con su sombrero medio torcido, añadió:
—Y... cada error... trae una nueva... alegría...
La melodía continuó y el bosque se llenó de música y risas. Los animales bailaron hasta que el sol se escondió, cada uno con un sombrero diferente, felices de ser como son, y de imitar, inventar y reír juntos, incluso cuando se equivocan.
El Bosque Saltarín, desde aquel día, fue conocido como el bosque donde nadie tenía miedo de equivocarse… ¡y donde los sombreros siempre terminaban en la cabeza menos esperada!
Y así, con música, risas y un montón de sombreros, los animales terminaron el día más divertido de todos.