Cargando...
Cuento de Jugador de fútbol 5/6 años Lectura 10 min.

El gol que no valió y la lección del juego limpio

Leo, un joven futbolista, aprende en un partido que respetar las reglas y al árbitro es tan importante como marcar goles, descubriendo que jugar con paciencia y fair play fortalece al equipo.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Un joven de unos 20 años, rostro redondo, ojos grandes y suaves, cejas fruncidas pero tranquilo, con camiseta azul claro, pantalones cortos blancos y botas sucias, se acerca al centro del campo mirando al árbitro; un compañero de unos 18 años, pelo corto castaño, piel clara, sorprendido y algo triste con las manos en alto junto a la portería; el árbitro de unos 35 años, piel morena, rostro sereno, camiseta negra y silbato plateado, brazo levantado señalando fuera de juego; césped verde con marcas de tachones y líneas blancas, gradas coloridas con público aplaudiendo y focos creando ambiente de tarde; escena: justo después de un gol anulado por fuera de juego, el jugador principal camina despacio hacia el árbitro para escuchar, emociones contenidas, respetuosas y silenciosas, atmósfera cálida y positiva pese a la decepción. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La luz del estadio

Leo era un joven futbolista y una estrella del estadio. No por ser el más grande, sino por correr con alegría y cuidar a los demás. Cuando entraba al campo, el césped parecía una alfombra verde recién peinada. Las gradas se llenaban de colores, como si mil bufandas fueran mariposas.

Aquella tarde olía a hierba y a lluvia lejana. Leo se ajustó las medias, se ató las botas con dos lazos firmes y respiró hondo. Antes de empezar, siempre hacía lo mismo: miraba a sus compañeros, levantaba la mano y sonreía. Era su manera de decir: “Jugamos juntos”.

Ser jugador profesional no era solo marcar goles. Leo lo sabía bien. Había entrenamientos casi todos los días. Calentaba con saltitos suaves, estiraba los brazos, doblaba las rodillas y cuidaba su cuerpo, como quien cuida una bicicleta para que no se rompa. Luego practicaba pases cortos, pases largos y controles tranquilos. También aprendía a escuchar al entrenador, a dormir bien y a comer alimentos que le dieran energía: fruta jugosa, pan, arroz y agua fresca.

En el vestuario, el sonido de los tacos contra el suelo hacía “toc, toc, toc”. Las camisetas colgaban como banderas. Leo tocó el escudo del equipo con la yema de los dedos. Le daba suerte, pero también le recordaba una promesa: respetar el juego y respetar al árbitro.

El árbitro estaba ya en el campo, con su silbato brillante. Caminaba con calma, mirando todo. Leo lo observó con atención. Un árbitro era como un guardián de las reglas. No jugaba para un equipo. Jugaba para que el partido fuera justo.

La pelota, blanca con dibujos azules, esperaba en el centro. Parecía quieta, pero Leo sentía que estaba llena de historias. Y él estaba listo para una nueva.

Parte 2: Una carrera que se detiene

El partido empezó con un silbido claro. El balón rodó y el estadio respiró como un gran animal contento. Leo corría ligero, como si sus pasos fueran música.

En el fútbol profesional, todo pasa rápido, pero Leo había aprendido a pensar sin prisa. Miraba el campo como un mapa: quién estaba cerca, quién necesitaba ayuda, dónde había espacio. Cuando un compañero se cansaba, Leo se acercaba para ofrecerse. Cuando alguien fallaba un pase, Leo no se enfadaba. Le daba una palmada suave en el hombro. El equipo era una familia de zapatillas y sudor, y una familia se cuida.

Llegó el primer mini-rebote del partido. Una pelota alta cayó como una estrella fugaz. Leo saltó, la bajó con el pecho y la dejó en el suelo con cariño. La grada se levantó un poco, como olas. Leo vio un hueco delante, un camino abierto hacia la portería.

Corrió. Sus piernas eran dos flechas. Un compañero, muy cerca del área, le hizo un gesto con el brazo, pidiendo el pase. Leo pensó: “Ahora, ahora”. Empujó el balón y se lo dio, suave, al frente, como quien pasa una caja frágil.

El compañero tocó la pelota y el balón entró en la red con un sonido de cuerda: “fuf”. La gente gritó. El corazón de Leo saltó de alegría. Pero la alegría duró un instante pequeño.

El silbato sonó otra vez. Más fuerte. Más serio.

El árbitro levantó el brazo y señaló algo que Leo no entendió al principio. El gol no valía. Había fuera de juego.

Leo se quedó quieto, como si alguien hubiera apagado una luz dentro de su carrera. Notó un calor en la cara. También sintió un cosquilleo en el estómago, una mezcla de sorpresa y pena. Miró al árbitro. El árbitro tenía la mirada tranquila, sin enfado, sin burla. Solo calma.

Leo recordó que el fuera de juego era una regla para que el partido fuera más justo. Era como una puerta invisible: no se podía esperar pegado a la portería para marcar fácil. Había que jugar con los demás, avanzar con el equipo, no adelantarse demasiado. Así todos podían defender y atacar con orden.

Algunos jugadores se quejaron con gestos grandes. El ruido del estadio subió y bajó, como un viento inquieto. A Leo le dieron ganas de protestar también. Sus manos se apretaron. Sus cejas se fruncieron.

Pero entonces vio al árbitro otra vez, sosteniendo el silbato como si sostuviera una pequeña responsabilidad. Y Leo recordó su promesa.

Respiró. Soltó el aire despacio. Bajó las manos.

Se acercó al árbitro con pasos cortos y tranquilos. No levantó la voz. No señaló con el dedo. Solo miró y escuchó.

El árbitro explicó con gestos simples: el compañero estaba un poquito adelantado cuando Leo pasó el balón. Era un poquito, sí. Pero las reglas eran como una línea pintada: aunque sea fina, hay que verla.

Leo asintió. No fue fácil. Pero lo hizo.

El árbitro lo miró un segundo más, como diciendo con los ojos: “Gracias por respetar”. Y el partido siguió.

Parte 3: Jugar limpio, jugar juntos

Ahora Leo tenía una misión nueva. No era solo ganar. Era jugar mejor, con cabeza y con corazón.

En la siguiente jugada, Leo levantó la vista antes de pasar. Esperó un momento más. Ese momento fue como contar hasta tres en silencio. Así se aseguró de que su compañero estuviera en buena posición. El pase salió limpio, como un hilo de agua, y el equipo avanzó.

Hubo otro mini-rebote. Un rival resbaló y cayó. La pelota quedó libre. Leo podía correr y llevársela, pero vio al rival en el suelo. Sin pensarlo, aflojó la carrera, dejó que el balón siguiera un poco y le ofreció una mano. El rival se levantó rápido, sacudiéndose la tierra. Los dos siguieron jugando. Nadie se enfadó. El estadio aplaudió, y ese aplauso sonó suave, como lluvia buena.

Leo también aprendía en cada gesto pequeño. Un jugador profesional escucha el silbato, acepta las decisiones y sigue. Se esfuerza, sí. Pero no rompe las reglas. No empuja con mala intención. No grita al árbitro. Un jugador profesional cuida su equipo y respeta al rival. El fútbol, al final, es un juego para compartir.

Más tarde, Leo vio una oportunidad clara. Esta vez no tenía prisa. Se movió en línea con los defensas, como si bailara con ellos. Esperó el pase. Lo recibió. Avanzó. Chutó.

La pelota fue rápida, pero el portero la paró con las manos firmes. El balón rebotó hacia un lado. Leo casi lo alcanzó, pero un defensa lo despejó lejos.

No hubo gol. Y, sin embargo, Leo sintió algo bonito: había hecho las cosas bien. Había ayudado. Había pensado. Había respetado.

El partido terminó con otro silbido. Los jugadores se dieron la mano. Leo buscó al árbitro entre la gente del campo. Se acercó y le hizo un gesto de agradecimiento. No hacía falta decir nada. El respeto también puede ser silencioso.

En el vestuario, el ruido cambió. Ya no era el “toc, toc” rápido. Era un sonido cansado y feliz. Leo se quitó las botas. Sus pies estaban calientes. Se sentó un momento y bebió agua. Luego estiró las piernas despacio, como le habían enseñado, para cuidar los músculos.

Pensó en el fuera de juego. Al principio había dolido, como un chichón pequeño. Pero ahora lo entendía mejor. Era una regla que enseñaba paciencia y juego en equipo. Y había aprendido algo más grande: cuando el árbitro decide, el partido continúa. Si uno se queda en la rabia, se pierde el siguiente pase.

Al salir del estadio, la noche ya estaba puesta. Las luces altas se apagaban una a una, como velas. Leo caminó por un pasillo largo. El suelo olía a limpieza. El eco de los pasos era una canción lenta.

Llegó a una puerta grande. Detrás quedaba el campo, las gradas, el ruido y los sueños verdes. Delante, la calma de la calle y el descanso. Leo miró una última vez hacia atrás. Se sintió orgulloso de su esfuerzo y también de su manera de jugar.

Entonces empujó la puerta con suavidad. La puerta se cerró lentamente, sin golpe, como si también estuviera cansada. Y en ese cierre suave, Leo oyó una promesa tranquila: mañana habrá otro entrenamiento, otro partido, otra ocasión para jugar limpio, ayudar y sonreír.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Césped
La hierba donde se juega al fútbol, el suelo verde del campo.
Gradas
Los asientos altos donde las personas miran el partido.
Bufandas
Tiras de tela que la gente usa al cuello para abrigarse o animar.
Medias
Prendas largas que se ponen en las piernas dentro de las botas.
Botas
Zapatos fuertes que usan los jugadores para jugar al fútbol.
Calentaba
Mover el cuerpo antes de jugar para evitar dolores y estar listo.
Estiraba
Alargar los músculos despacio para no hacerse daño.
Entrenador
La persona que enseña y ayuda al equipo a mejorar.
Silbato
Pequeño objeto que suena y lo usa el árbitro para señalar.
árbitro
La persona que cuida las reglas y decide en el partido.
Fuera de juego
Regla que dice que un jugador no puede estar muy adelantado.
Pase
Cuando un jugador da la pelota a otro compañero.
Portería
La red donde se intenta meter la pelota para marcar gol.
Vestuario
Lugar donde los jugadores se cambian y descansan antes y después.
Tacos
Partes duras debajo de las botas que ayudan a no resbalar.
Escudo
Símbolo del equipo que va en la camiseta, como una señal.
Rival
El jugador o equipo que juega en contra de tu equipo.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos de Jugadores de fútbol para 5/6 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.