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Cuento de Jugador de fútbol 9/10 años Lectura 13 min. (1)

El gol que casi se enfada y la calma del capitán Leo

Un futbolista profesional, Leo, guía a los niños en un entrenamiento donde aprenden sobre respeto, cuidado del cuerpo y la importancia de la calma, mientras él reflexiona sobre lo que significa ser jugador.

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Un futbolista profesional adulto, de rostro cálido y tranquilo y cabello castaño corto, está arrodillado junto a un niño de unos 10 años con cabello castaño claro ondulado que sostiene un balón bajo el brazo; el jugador le pone una mano tranquilizadora en el hombro y habla con paciencia mientras el niño lo mira con admiración. A su lado, un chico más alto de unos 12 años, con pelo negro corto y expresión avergonzada, guarda la mirada y tiene las manos en las caderas como si hubiera sido demasiado brusco. Una niña de unos 10 años, con el pelo largo recogido en una coleta, sonríe y aplaude suavemente desde unos pasos, sujetando una pequeña cantimplora. La escena transcurre en un pequeño campo de entrenamiento dentro de un gran estadio vacío al atardecer, con césped bien cortado, conos naranjas y luz dorada, y transmite un momento de enseñanza, respeto y juego limpio en estilo manga, con rasgos redondeados y ojos grandes que acentúan la emoción. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Botas en silencio

El estadio dormía casi por completo, como un gigante con la respiración lenta. Solo quedaban algunas luces encendidas y el olor a hierba recién regada. Leo, futbolista profesional, caminaba despacio por el túnel con su mochila al hombro.

“Hoy no quiero correr más que mi cabeza”, se dijo.

A esa hora, después de un partido, muchos piensan en gritar, celebrar o revisar el móvil sin parar. Leo, en cambio, había aprendido algo importante en su trabajo: si la mente va como una pelota loca, el cuerpo también se desordena.

En la entrada del vestuario lo esperaba Nico, el utilero, con una sonrisa cansada y una bolsa enorme.

“¿Otra vez el último en salir?”, bromeó Nico.

“Es que mis botas no se quitan solas”, respondió Leo, y levantó el pie como si la bota fuera un monstruo pegajoso.

Nico rió. “A ver, profesional: ¿sabes lo que hace que un jugador dure muchos años?”

Leo se encogió de hombros. “¿Entrenar fuerte?”

“También. Pero sobre todo: cuidar el cuerpo como si fuera tu herramienta de trabajo. Como yo cuido las camisetas. Sin prisas, con cariño.”

Dentro del vestuario, Leo se sentó y empezó su ritual. Primero desató los cordones. Luego sacó las espinilleras. Después, con calma, estiró los dedos de los pies, uno por uno.

“¿Y eso?”, preguntó un niño desde la puerta.

Era Dani, el hijo de la doctora del equipo, que había venido a buscar a su madre. Tendría unos diez años y ojos curiosos, de esos que parecen hacer preguntas incluso cuando están callados.

Leo levantó la mano. “Hola. Esto se llama cuidar los pies. Para un futbolista, los pies son como pinceles para un pintor.”

Dani abrió mucho la boca. “¿Y si se te cansa el pie?”

“Entonces escucho. En mi trabajo hay una regla: el cuerpo habla bajito, pero dice la verdad.”

Dani se acercó un paso. “Mi profe dice que hay que ser valiente.”

“Sí”, dijo Leo, “y también tranquilo. La valentía sin calma se tropieza.”

En ese momento, la doctora asomó la cabeza. “Dani, no molestes.”

“No molesta”, respondió Leo. “Me hace pensar.”

Porque Leo sabía que esa noche tenía algo especial: al día siguiente habría un entrenamiento abierto para niños, y Dani iba a participar. Y a Leo le gustaba enseñar, sin presumir, como quien pasa una pelota para que otro también juegue.

Capítulo 2: El entrenamiento de la luna

A la mañana siguiente, el campo parecía otro. Las líneas blancas brillaban y el aire olía a sol. Varios niños esperaban junto a la banda, nerviosos como si fueran a despegar en cohete.

Dani estaba entre ellos, apretando su botella de agua.

Leo salió con el resto del equipo, pero se colocó al frente. El entrenador, el míster Rojas, dio una palmada.

“Hoy entrenamos lo más difícil”, anunció. “No es chutar fuerte. No es correr rápido. Es pensar antes de tocar el balón.”

Dani susurró a su amigo: “Eso suena a examen.”

Leo lo oyó y se rió. “Es un examen, pero divertido. Se aprueba ayudando.”

El míster les explicó una parte del trabajo de un futbolista profesional: no solo juegan partidos. También entrenan casi todos los días. Repiten pases, control, cambios de dirección. Y estudian al rival, como quien lee un cuento para saber qué pasa después.

“¿Estudian?”, preguntó Dani en voz alta.

“Claro”, respondió Leo. “Vemos videos. Aprendemos dónde se mueve cada jugador. Y aprendemos a movernos nosotros sin chocar como carritos de choque.”

El ejercicio empezó suave: pases cortos. Leo se acercó a un grupo de niños y se agachó para estar a su altura.

“Mirad”, dijo, señalando el césped. “La pelota no es una piedra. Es como una visita: si la tratas bien, se queda cerca.”

Dani intentó pasar el balón, pero se le fue un poco largo.

“Ups”, murmuró, rojo como un tomate.

Leo levantó el pulgar. “Bien ese intento. Ahora prueba esto: antes de pasar, mira a tu compañero y di su nombre. La cabeza ayuda al pie.”

Dani miró a su compañera. “¡Luna!” Y pasó. Esta vez la pelota llegó suave, como un secreto rodando.

Luna sonrió. “¡Me llegó!”

El míster observaba desde lejos, satisfecho. Luego gritó: “¡Cambio! ¡Ahora, mini partido!”

A Leo le tocó jugar con los niños. No iba a correr como en un partido profesional. Su misión era otra: hacer que todos tocaran el balón y se sintieran parte.

“Recuerda, Dani”, dijo Leo mientras se colocaban. “Fair-play: jugar limpio. Si alguien cae, se ayuda. Si alguien falla, se anima.”

Dani asintió muy serio, como si le hubieran dado un papel importante.

Y entonces empezó el mini partido, y la pelota comenzó su viaje de un pie a otro, como si buscara risas.

Capítulo 3: El gol que casi se enfada

El juego estaba igualado. Dani corría con la lengua un poquito fuera, concentrado. Luna defendía con cuidado, sin empujar. Leo se movía despacio, dejando espacios, guiando con la voz.

“¡Aquí, Dani!”, llamó.

Dani recibió el balón. Lo controló… y en ese momento un niño más alto, Marcos, le metió el cuerpo y le quitó la pelota.

“¡Eh! ¡Eso no vale!”, protestó Dani.

Marcos levantó los hombros. “Es fútbol.”

El ambiente se tensó, como cuando una cuerda se estira demasiado. Leo se acercó rápido, pero no con prisas. Con calma.

“Parada”, dijo, y todos frenaron.

Se agachó otra vez y miró a Marcos a los ojos. “En fútbol profesional hay contacto, sí. Pero hay una palabra que lo ordena todo: respeto. Si empujas para humillar, pierdes. Si usas el cuerpo para proteger el balón sin hacer daño, aprendes.”

Marcos bajó la mirada. “Yo solo quería ganar.”

Leo sonrió un poquito. “Querer ganar está bien. Lo que no está bien es olvidar a las personas. Mira, te propongo algo: repetimos la jugada. Esta vez, tú intentas robar la pelota con el pie, no con el hombro. ¿Trato?”

Marcos dudó, pero asintió. “Trato.”

Dani respiró hondo. Leo le puso una mano en el hombro. “Ahora tú también haces tu parte: no te enfades. Enfado y balón no son buenos amigos.”

Dani tragó saliva. “Vale.”

Reanudaron. Dani recibió otra vez. Marcos se acercó, pero buscó el balón con el pie. Dani lo protegió girando el cuerpo, como le había visto hacer a Leo en la tele. Luego pasó a Luna.

“¡Bien!”, gritó Leo.

Luna le devolvió el balón a Dani, y Dani vio un hueco. Sin pensarlo demasiado, pero mirando primero, dio un paso y golpeó el balón con el empeine.

Fue una patada limpia, segura. El balón salió rodando rápido, rozó la hierba y entró entre dos conos que hacían de portería.

“¡Goooool!”, gritaron varios.

Dani levantó los brazos… y luego miró a Marcos, como preguntando qué hacer.

Leo habló bajito: “El gol no es para presumir. Es para compartir.”

Dani se acercó a Marcos y dijo: “Buen robo antes. ¿Jugamos otra?”

Marcos sonrió, aliviado. “Sí. Y perdón por empujar.”

El mini partido siguió, y el gol que casi se enfada se convirtió en una lección suave: el fútbol puede ser intenso sin dejar de ser amable.

Al terminar, los niños se sentaron en círculo. El míster Rojas aprovechó para explicar otra parte del oficio.

“Un futbolista profesional también descansa”, dijo. “Duerme bien. Come equilibrado. Y escucha a los fisios y médicos. Porque si te rompes por no parar, luego no juegas.”

Dani levantó la mano. “¿Y si te pones nervioso antes de un partido grande?”

Leo respondió: “Respirar. Pensar en el equipo. Y recordar que el balón no muerde. A veces parece que sí… pero no.”

Todos rieron.

Capítulo 4: La noche del estadio susurrante

Esa tarde, Leo se quedó un rato más en el campo. El estadio, sin gente, hacía un sonido especial: un susurro de viento entre asientos, como páginas que se pasan solas.

Leo caminó hasta el centro y miró alrededor. Había jugado allí muchas veces. Había sentido presión, alegría, miedo, orgullo. Todo junto, como un nudo.

“Ser profesional es bonito”, pensó, “pero también es una responsabilidad.”

Sacó una pelota y la dejó caer al césped. La tocó suave con la punta del pie. Luego dio un pase largo contra una pared de entrenamiento. La pelota volvió.

Tap. Tap. Tap.

El sonido le calmaba. Como un reloj de cuerda. Leo se imaginó a Dani y a los otros niños, y sonrió.

De pronto oyó pasos. Era Nico, el utilero, con una bolsa pequeña.

“Te traigo esto”, dijo, enseñándole una cinta de capitán.

Leo la tomó. “¿Para mí?”

“Para el próximo partido. El míster dijo que hoy fuiste capitán de verdad. No por la cinta. Por cómo hablaste con los niños.”

Leo sintió un calorcito en el pecho, pero no se puso a saltar. Solo respiró hondo.

“Gracias”, dijo. “A veces se nos olvida que el fútbol es un juego que enseña.”

Nico se sentó en la grada baja. “¿Te acuerdas cuando eras niño y venías a pedir autógrafos?”

Leo soltó una carcajada. “Sí. Y me temblaba la mano.”

“Pues hoy vi a Dani mirarte así, como si fueras una estrella.”

Leo miró el césped. “Ojalá aprenda que las estrellas también descansan. Y que brillan mejor cuando no se queman.”

Nico asintió, como quien entiende algo importante sin necesidad de muchas palabras.

Leo dio un último golpe a la pelota, un toque bonito, controlado. Luego la recogió con las manos.

“Ya”, se dijo. “Trabajo hecho. Ahora toca calma.”

Mientras caminaba hacia la salida, el estadio pareció despedirse con un susurro más suave, como si dijera: “Hasta mañana, pero sin prisas.”

Capítulo 5: Una tisana para el campeón tranquilo

En casa, Leo se duchó con agua templada. Se puso un pijama cómodo y calcetines calentitos. En la cocina, el silencio era amable, como una manta.

Puso a calentar agua en un cazo. El vapor empezó a subir, dibujando nubes pequeñas que desaparecían rápido.

Su hermana mayor, Clara, apareció con el pelo recogido y una taza en la mano. “¿Tisana de manzanilla?”

Leo olfateó el aire. “Y un poquito de miel, ¿no?”

Clara guiñó un ojo. “Para endulzar al futbolista serio.”

Leo se sentó a la mesa. Clara le sirvió la tisana caliente. La taza le calentó las manos, y ese calor subió despacito hasta los hombros, como si los aflojara.

“Hoy enseñé a unos niños”, contó Leo, soplando con cuidado. “Uno se enfadó por un empujón. Y luego… se calmó.”

Clara se apoyó en la encimera. “Eso también es entrenar. Entrenar el corazón.”

Leo dio un sorbito. “¿Sabes qué les dije? Que el enfado y el balón no son buenos amigos.”

Clara sonrió. “Me gusta. Y dime, capitán… ¿qué aprendiste tú?”

Leo miró la tisana, dorada y tranquila. “Que ser profesional no es solo marcar goles. Es cuidar el cuerpo, respetar, ayudar y respirar. Y que a veces el mejor final del día es una bebida caliente y un pensamiento suave.”

Clara levantó su taza. “Brindo por eso.”

Leo cerró los ojos un segundo. Escuchó el pequeño sonido de la casa, la calma después del ruido del estadio. Imaginó el balón rodando despacio por el césped, sin prisa, como si también se estuviera preparando para dormir.

Y con la tisana calentándole por dentro, Leo se sintió campeón de lo más importante: la tranquilidad.

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Utilero
Persona que cuida la ropa y el material del equipo de fútbol.
Espinilleras
Protecciones que se llevan en las piernas para evitar golpes.
Empeine
Parte superior del pie que se usa para chutar la pelota.
Fair-play:
Palabra que significa jugar con respeto y sin hacer trampas.
Fisios
Fisioterapeutas; profesionales que ayudan a reparar y cuidar el cuerpo.
Tisana
Bebida caliente hecha con hierbas, como una infusión suave.
Manzanilla
Planta usada en infusiones para calmar y ayudar a dormir.
Equilibrado
Que está en balance; comer equilibrado es comer variado y sano.
Herramienta
Objeto o cosa que se usa para trabajar o hacer una tarea.
Susurro
Ruido muy bajo, como cuando alguien habla sin levantar la voz.

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