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Cuento sobre la muerte 5/6 años Lectura 8 min.

El frasco de mensajes para la abuela Rosa

Luna, una niña que ordena todo, aprende a afrontar la muerte de su abuela creando un frasco de mensajes para guardar recuerdos y encuentra consuelo al compartir y acompañar a los demás.

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Niña de 6 años, rostro redondo con pecas y dos coletas castaño claro, triste pero serena, coloca un papelito en un frasco de vidrio envuelto en una bufanda; a su lado, la madre (30–35 años) con cabello castaño en moño, mano en el hombro, en un banco de parque junto a un sendero de grava con hojas otoñales, luz cálida de tarde; el frasco lleva la etiqueta manuscrita en azul “Mensajes para la abuela Rosa” con papeles dentro y en la mochila abierta asoma un botiquín con una tirita de dinosaurios; ambiente tierno y calmado, pintura tipo gouache con pinceladas visibles, paleta suave y fondo desenfocado centrado en la niña y el frasco. reportar un problema con esta imagen

Un día distinto

Luna tenía 6 años y le gustaba alinear cosas: sus lápices por colores, sus zapatos en fila, y hasta las galletas en el plato. Decía que así el mundo se veía más tranquilo.

Esa tarde, al salir de la escuela, vio a su mamá con los ojos brillantes, como cuando llueve por dentro.

—Luna —dijo mamá, agachándose a su altura—. Hoy ha pasado algo importante. La abuela Rosa se ha muerto.

Luna se quedó quieta. Miró sus manos. Luego miró la acera. Las líneas de las baldosas estaban bien rectas, y eso le dio un poquito de calma.

—¿Muerta es… como dormida? —preguntó en voz bajita.

—No, cariño —respondió mamá, suave—. Dormir es descansar y luego despertar. Morir es cuando el cuerpo deja de funcionar y no vuelve a despertar. Pero el amor que sentimos por ella sigue aquí.

Luna apretó fuerte la mochila.

—Yo la quería —dijo.

—Y ella a ti —contestó mamá—. Es normal estar triste, enfadada o confundida. Podemos hablar cuando quieras.

En casa, Luna puso sus peluches en fila en la cama: el conejo, el oso, el gatito. Los alineó con mucho cuidado. Se sentó delante, como si fueran un pequeño público.

—Abuela ya no viene —les dijo—. ¿Eso duele por dentro?

El conejo no habló, pero Luna sintió un nudo en la garganta. Se le escapó una lágrima, redondita como una canica.

Mamá entró y se sentó a su lado.

—¿Quieres hacer algo para recordarla? —preguntó—. Algo con tus manos.

Luna asintió.

—Pero… algo que no se rompa —susurró.

—Podemos hacer un frasco de mensajes —propuso mamá—. Cada vez que la extrañes, escribimos o dibujamos algo y lo guardamos.

A Luna le gustó la idea. Sonó como una caja de tesoros, pero con papelitos.

El frasco de mensajes

Buscaron un frasco de vidrio en la cocina, de los que antes tenían mermelada. Lo lavaron con espuma que parecía nieve. Luna lo secó con una toalla amarilla y lo puso en la mesa.

—Necesita una etiqueta —dijo Luna.

Con un rotulador azul, escribió despacito: “Mensajes para la abuela Rosa”. La letra le salió un poco torcida, así que hizo una línea debajo, bien recta, para que quedara alineado.

—¿Qué ponemos primero? —preguntó mamá.

Luna pensó en la abuela Rosa cortando fresas y dejándole probar una.

—Voy a dibujar una fresa —decidió.

Dibujó una fresa grande, roja, con puntitos negros y una corona verde. Luego añadió una sonrisa, porque a ella le daba risa cuando la abuela decía: “¡Esa fresa es una reina!”.

Doblaron el papel en cuatro y lo metieron en el frasco. El papelito cayó con un sonido pequeño: ploc.

—¿Puede la abuela leerlo? —preguntó Luna.

Mamá se quedó un segundo en silencio, buscando palabras que no asustaran.

—No con sus ojos, porque su cuerpo ya no funciona —dijo—. Pero tú lo puedes leer cuando quieras. Y al leerlo, la recuerdas. Es una forma de tenerla cerca.

Luna tocó el vidrio frío del frasco.

—Entonces yo puedo cuidarla aquí —dijo.

—Sí —sonrió mamá—. Cuidas el recuerdo.

Al día siguiente, en la escuela, Luna se sentó un poco apartada. Su amiga Sara se acercó con su merienda.

—¿Por qué estás tan callada? —preguntó.

Luna miró el suelo. Las líneas del patio no estaban perfectamente rectas, y eso la puso nerviosa. Se acordó del frasco.

—Mi abuela se murió —dijo al fin.

Sara abrió mucho los ojos y se sentó a su lado.

—Lo siento —dijo—. ¿Quieres mi galleta?

Luna casi se rió, porque era una galleta con forma de estrella.

—Gracias —susurró—. En casa hicimos un frasco de mensajes.

—¡Qué buena idea! —dijo Sara—. Yo puedo hacerte un dibujo para tu frasco, si quieres.

Ese día, Sara le dio un papel con un sol amarillo y dos niñas de la mano. En una esquina escribió como pudo: “Te acompaño”.

Luna lo guardó en su mochila con cuidado, como si fuera una pluma.

Una despedida con cariño

El sábado fueron al parque donde a la abuela Rosa le gustaba sentarse. Había hojas en el suelo, algunas naranjas, otras doradas. Luna caminó despacio, alineando sus pasos con las rayas del camino.

Mamá llevaba una bolsa con flores sencillas. No eran enormes, pero olían dulce.

—¿Las ponemos aquí? —preguntó Luna, señalando un banco.

—Sí —dijo mamá—. Era su lugar.

Se sentaron. Luna sacó el frasco de mensajes de su mochila. Lo había envuelto en una bufanda para que no se golpeara.

—Traje el dibujo de Sara —dijo.

Lo metieron. Ploc.

Luego Luna sacó otro papelito. Esta vez no era un dibujo. Eran palabras que mamá le ayudó a escribir:

“Abuela, hoy vi una mariposa. Pensé en ti. Te quiero”.

Luna lo leyó en voz alta. Su voz tembló un poco, como una cuerda floja.

—Me duele —confesó—. Aquí —y se tocó el pecho.

Mamá la abrazó.

—El dolor es amor buscando dónde ir —dijo—. Con tiempo, cambia. No desaparece del todo, pero se vuelve más suave.

En ese momento, un niño pequeño se cayó cerca del banco y empezó a llorar. Su papá lo levantó, pero el niño seguía con la rodilla raspada.

Luna miró a mamá. Luego abrió su mochila y sacó una tirita con dibujos de dinosaurios, porque siempre llevaba por si alguien se hacía daño.

—¿La quieres? —le preguntó al niño.

El niño asintió, con la cara mojada.

Luna se acercó despacito y se la dio al papá.

—Para que le duela menos —dijo.

El papá sonrió.

—Gracias, campeona.

Luna volvió al banco y se apoyó en mamá. Se sintió calentita por dentro. Como si ayudar a otro hiciera espacio en su pecho.

—Abuela hacía eso —murmuró—. Siempre ayudaba.

—Sí —dijo mamá—. Y tú también.

Cuando el sol empezó a bajar, mamá tomó el frasco y lo colocó entre las dos.

—Antes de irnos, hacemos una respiración profunda juntas —propuso—. Para cuidar el corazón.

Luna asintió. Puso una mano en su barriga, como le habían enseñado.

—Inhalamos por la nariz… despacio —dijo mamá.

Luna inhaló. Sintió el aire fresquito entrar, como una brisa.

—Y soltamos por la boca… suave —siguió mamá.

Luna soltó el aire. Su hombros bajaron. El mundo pareció más quieto.

Repitieron una vez más. Inhalar. Exhalar. Juntas.

Luna miró el frasco.

—Cuando la extrañe, escribiré otro mensaje —dijo—. Y si Sara está triste algún día, yo la acompaño.

—Eso es solidaridad —susurró mamá, besándole la frente—. Acompañarnos.

Caminaron de vuelta a casa de la mano. Luna no dejó de estar triste, pero la tristeza ya no le daba tanto miedo. Iba alineada con el amor, paso a paso, respiración a respiración.

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Alinear
Poner cosas en fila, una junto a otra, ordenadas y rectas.
Espuma
Burbuja blanda que se forma cuando se lava con jabón o agua.
Secó
Cuando algo mojado pierde el agua y queda sin humedad.
Ploc.
Sonido pequeño que hace algo al caer dentro de un frasco o vaso.
Nudo
Una sensación apretada en la garganta cuando uno está triste o nervioso.
Recuerdo
Imagen o palabra que trae a la mente a una persona o momento pasado.
Respiración
Acción de entrar y salir el aire del cuerpo para vivir.
Tirita
Pequeño vendaje que se pone sobre una herida para protegerla.
Raspada
Herida pequeña en la piel cuando se cae y se frota el suelo.
Rodilla
Parte de la pierna que está en el medio y ayuda a doblarla.
Solidaridad
Ayudar y estar con otra persona cuando la necesita.

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