Cargando...
Cuento para dormir 11/12 años Lectura 15 min.

El faro que no se ve: cuatro amigos en el desierto

Cuatro amigos atraviesan el desierto enfrentando miedos y dudas, aprendiendo a apoyarse y a encontrar calma mediante la respiración compartida.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Cuatro niños de 11 años sentados en el hueco de una gran duna: Nico, piel clara, pelo castaño corto, mirada tranquila; Leo, rubio despeinado con pecas y sonrisa traviesa; Samu, piel morena, pelo rizado negro y gafas, ofreciendo una cantimplora; Iker, castaño claro, expresión preocupada pero serena tras un pequeño tropiezo; arena ámbar bajo un cielo nocturno estrellado, un pequeño puesto de té de madera iluminado por una lámpara cálida que proyecta un círculo de luz, respirando juntos en calma, ambiente nocturno suave y estilo de cómic con líneas nítidas y colores saturados. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Arena tibia y pasos juntos

La tarde se iba quedando dorada, como si alguien hubiera pasado un pincel de miel por encima de las dunas. Cuatro chicos caminaban en fila, dejando huellas que el viento borraba despacio, con paciencia.

Nico iba delante. No porque mandara, sino porque le gustaba mirar lejos. Tenía once años y una calma rara, de esas que no hacen ruido. A veces, cuando el desierto se quedaba muy callado, él respiraba de un modo especial: como un océano que no se ve, pero que se siente.

Detrás venían Leo, Samu y Iker, también de once. Leo no podía evitar hacer chistes hasta en los silencios.

—Si aparece un camello, le pido que nos lleve en taxi —dijo, y se abanico con una gorra como si el calor fuera una comedia.

Samu se rió por la nariz.

—Un taxi con joroba. ¿Y el taxímetro dónde lo lleva?

—En la segunda joroba, claro —remató Leo, guiñando un ojo.

Iker, en cambio, miraba sus zapatillas hundirse y salir de la arena como si cada paso fuera una pregunta.

—¿Seguro que no nos hemos alejado demasiado? —murmuró.

Nico se detuvo. El viento les tocó la cara con dedos suaves, y el aire olía a piedra caliente.

—Mira el horizonte —dijo Nico, señalando. Su voz era baja, como una manta ligera—. Está ahí. No nos empuja. Solo nos espera.

Leo levantó la vista.

—El horizonte siempre se hace el interesante.

Siguieron caminando. La luz bajaba, y el desierto parecía una sábana enorme, arrugada en olas. Nico respiró hondo. Al inspirar, el pecho se le abrió como una marea que entra. Al soltar el aire, su cuerpo se aflojaba, como espuma que se retira de la orilla.

Samu lo notó.

—¿Otra vez lo del océano? —preguntó—. Me gusta. Parece que el desierto se porta mejor cuando haces eso.

Nico sonrió, sin prisa.

—No es para el desierto. Es para mí. Así no me pierdo por dentro.

Iker tragó saliva. No dijo nada, pero su paso se volvió un poco más seguro, como si hubiera encontrado una cuerda invisible a la que agarrarse.

Capítulo 2: El rumor del viento y la duda

Al cabo de un rato, las dunas se hicieron más altas. La arena crujía bajito, y el viento se colaba por los huecos como un susurro que intenta contar un secreto.

—Me parece que ese montículo se mueve —dijo Leo, señalando una duna que tenía una sombra extraña.

Samu se acercó con cautela.

—No se mueve. Es una piedra. Una piedra con cara de… de patata triste.

Leo soltó una carcajada breve.

—¡Patata triste! Le pondría un bigote para animarla.

Iker, sin embargo, no se reía. Se había quedado atrás, mirando alrededor.

—Antes se veía la torre del pueblo —dijo, y su voz sonó pequeña—. Ya no la veo.

El silencio cayó como una tela fina. Nico se giró hacia él. La noche estaba empezando a pintar el cielo de azul oscuro, y las primeras estrellas, tímidas, parpadeaban.

—No pasa nada por no verla —dijo Nico—. La torre no se ha ido. Solo se ha escondido detrás de la arena.

Iker frunció el ceño.

—¿Y si nos escondimos nosotros demasiado?

Leo intentó bromear, pero su sonrisa se quedó a medias.

—Bueno… si nos perdemos, siempre podemos pedirle a la patata triste que nos guíe.

Samu le dio un codazo.

—No ayuda.

Nico se acercó a Iker hasta quedar a su lado. No lo tocó, pero su presencia era firme, como una piedra caliente que aún guarda sol.

—Cuando me entra esa sensación —dijo—, la siento como un nudo en el estómago. Y entonces hago esto.

Nico inspiró. Despacio. Como si bebiera aire. Luego soltó el aire con suavidad, como si lo dejara escapar por una rendija. Sus hombros bajaron un poco. Su cara también.

Iker lo miró, y sin querer, su respiración empezó a imitar la de Nico, torpe al principio. Un océano aprendiendo a moverse.

—No soy bueno en estas cosas —admitió Iker.

—No hace falta ser “bueno” —respondió Nico—. Solo estar aquí. Y seguir.

Samu asintió.

—Además, estamos cuatro. Las dudas se hacen más pequeñas cuando se reparten.

Leo levantó la mano como si jurara.

—Yo reparto la mía. Me preocupa que la patata triste se ofenda.

Iker soltó una risa corta. Era poco, pero sonó como una luz encendiéndose.

Capítulo 3: Una duna como refugio

Encontraron una duna que formaba un hueco, un pequeño abrigo natural. La arena allí estaba más fresca, como si guardara la sombra para más tarde. Se sentaron, dejando que las piernas descansaran.

El cielo se extendía enorme. Las estrellas ya no eran tímidas. Brillaban con ganas, como si alguien hubiera derramado sal sobre un mantel negro.

Samu sacó una cantimplora y la pasó. El agua sabía a plástico y a alivio.

—Mi padre dice que en el desierto el silencio pesa —comentó.

—Pues hoy pesa como una mochila —dijo Leo, y se la acomodó exageradamente en los hombros—. Por suerte, yo soy muy fuerte.

Nico miró la línea de las dunas. Parecían olas detenidas, esperando una señal para moverse otra vez.

—El silencio no solo pesa —susurró—. También sostiene.

Iker se abrazó las rodillas.

—A mí me da miedo fallar —dijo de golpe, como si la frase se le hubiera escapado de la boca—. Como cuando en clase me preguntan y me quedo en blanco.

Leo lo miró con seriedad, algo raro en él.

—A mí me pasó ayer —confesó—. Me preguntaron la capital de no sé qué, y mi cerebro hizo “puf”, como bolsa de patatas.

Samu rió bajito.

—¿Y qué hiciste?

—Dije la verdad —respondió Leo—: “Profe, mi cerebro se fue a merendar”. Se rieron, sí. Pero luego la profe me lo explicó. Y no me morí.

Iker bajó la mirada.

—Yo siento que si fallo, soy menos.

Nico movió la arena con un dedo. Dibujó un círculo, luego otro, como ondas en un charco.

—No somos una respuesta correcta —dijo—. Somos más como… una duna. Cambiamos con el viento. Y aun así seguimos siendo duna.

Iker lo observó, como si esa idea pudiera tener peso en la mano.

—¿Y si el viento me cambia demasiado?

—Entonces aprenderás otra forma de ser tú —contestó Nico—. Y eso también vale.

Nico respiró, y los otros, sin darse cuenta, fueron siguiendo su ritmo. Entraba el aire, suave. Salía, más suave aún. El hueco de la duna parecía un cuenco. Ellos, cuatro piedritas dentro, calentándose con calma.

Capítulo 4: El faro que no se ve

La noche se hizo más profunda. El aire se enfrió. En el desierto, el cambio era rápido, como si el día se apagara de golpe.

Iker levantó la cabeza.

—¿Y si no encontramos el camino de vuelta?

Samu miró alrededor. Se notaba que intentaba recordar.

—Vinimos por allí… creo.

Leo señaló en dirección contraria.

—No. Por allí. Lo sé porque vi una piedra con cara de patata triste y le prometí un bigote imaginario.

—Eso no es un mapa —protestó Samu.

—Es un compromiso emocional —replicó Leo.

Nico escuchó a los tres como quien escucha el viento: sin pelearse con él. Luego se puso de pie y subió un poco por la duna, con pasos que se hundían y salían, hundían y salían, como si el suelo respirara con él.

Desde arriba, el desierto parecía aún más grande. Pero Nico no se encogió. Inspiró. Sintió el aire fresco bajar por su garganta, entrar en el pecho. Al soltarlo, imaginó una ola que se retira y deja la arena lisa.

—No veo la torre —dijo—. Pero veo algo mejor.

—¿Una patata feliz? —gritó Leo desde abajo.

Nico soltó una risa pequeña.

—Veo el cielo. Y el cielo siempre está donde está.

Bajó con cuidado. Se sentó con ellos de nuevo.

—Cuando no veo una señal —continuó—, hago de mi respiración una señal. Como un faro que no se ve, pero se siente.

Iker lo miró, curioso.

—¿Un faro por dentro?

—Sí. No alumbra a los demás —dijo Nico—. Te alumbra a ti para que no te asustes con tus propias sombras.

Samu apoyó la espalda en la arena.

—Yo tengo sombras en forma de examen de mates.

—Las mías son en forma de balón —admitió Leo—. Fallo un penalti y parece que se acabó el mundo.

Iker se quedó pensando. Luego dijo, muy bajo:

—Las mías son en forma de “no puedo”.

Nico lo miró como se mira una vela: con cuidado, para que no se apague.

—El “no puedo” a veces solo significa “todavía no” —susurró—. Y “todavía” es una palabra con espacio.

El viento pasó y levantó un poco de arena. Les rozó la piel como si los peinara.

Capítulo 5: Huellas nuevas

Decidieron regresar. No discutieron mucho; eligieron una dirección siguiendo una idea simple: caminar juntos, atentos a las estrellas y a las formas de las dunas, como quien lee un libro sin letras.

Nico iba marcando un ritmo con su respiración. No lo imponía. Solo lo ofrecía. Inspirar… como marea que llega. Soltar… como marea que se va. Los pasos, con el tiempo, se acomodaron a esa música.

Leo caminaba al lado de Iker.

—Oye —dijo Leo—, si mañana te preguntan algo y te quedas en blanco, puedes decir: “Se me escapó el faro”.

Iker sonrió.

—¿Y eso qué significa?

—Que vuelves a encenderlo —respondió Leo—. Y si no, lo encendemos entre todos.

Samu añadió:

—Yo puedo prestar pilas. Pilas de paciencia.

Iker los miró a los tres. La oscuridad no parecía tan dura cuando tenía caras conocidas.

—Gracias —dijo, y la palabra le salió recta, sin temblor.

Caminaron un buen rato. El desierto ya no era solo un lugar enorme. Era un lugar que conocían un poco: una duna con forma de lomo, otra con una sombra larga, una piedra plana que parecía una mesa para gigantes.

En un momento, Iker tropezó. Cayó de rodillas. La arena le entró en las zapatillas.

—¡Ay! —se quejó, más por rabia que por dolor.

Leo se agachó.

—Tranquilo. La arena es experta en abrazar.

Samu le ofreció la cantimplora para que se enjuagara las manos.

Nico no dijo “no pasa nada”. Solo lo miró con calma, y esa calma decía muchas cosas.

Iker se sacudió y se puso de pie.

—Me dio vergüenza —admitió.

—A mí me da vergüenza cuando canto —dijo Samu—. Y aun así canto en la ducha. El mundo sobrevive.

Leo levantó el brazo como si estuviera en un escenario.

—El mundo incluso aplaude.

Iker soltó aire, largo. Se sorprendió de lo bien que le sentaba soltarlo. Como si el pecho tuviera más sitio.

Siguieron. Sus huellas nuevas se cruzaban con las viejas, y eso les dio una sensación extraña y bonita: estaban volviendo, sí, pero también estaban aprendiendo.

Capítulo 6: Cuando el desierto se vuelve sueño

Al fin, a lo lejos, apareció una luz pequeña. No era la torre del pueblo, pero era una lámpara de un puesto de té, solitario y real, con su mesa baja y su olor a hierbabuena viajando en el aire.

—¡Eso sí lo reconozco! —exclamó Samu—. Aquí vinimos una vez con mi tío.

Leo suspiró teatralmente.

—La patata triste estará orgullosa de mí.

Iker se quedó quieto un momento, mirando la luz.

—Pensé que no lo lograríamos —dijo.

Nico lo miró de lado.

—Lo pensaste. Y aun así seguiste caminando.

Iker se pasó una mano por el pelo.

—Supongo que sí.

—Eso es confiar en ti —dijo Nico, y su voz fue como una sábana recién puesta—. No es no tener miedo. Es moverte aunque el miedo haga ruido.

Llegaron al puesto. El hombre que atendía les sonrió con tranquilidad, como si el desierto le hubiera enseñado a no apurarse. Les dio té tibio en vasos pequeños. El calor bajó por la garganta como una cuerda suave que desata nudos.

Se sentaron cerca, en la arena, mirando el cielo. La luz de la lámpara hacía un círculo cálido, como una isla.

Leo bostezó sin querer y se rió.

—Estoy cayendo. Me rindo.

Samu apoyó la cabeza en su mochila.

—Yo también.

Iker se recostó. La arena, ahora fresca, parecía una almohada que se acomodaba a su forma.

Nico miró las estrellas. Respiró como un océano. Entraba el aire. Salía. La noche no era enemiga. Era un lugar amplio para descansar.

—Nico —susurró Iker, con los ojos medio cerrados—, ¿crees que mañana voy a poder…?

Nico no respondió con una promesa enorme. Respondió con algo pequeño y firme.

—Mañana vas a estar contigo. Y eso ya es mucho.

Iker dejó que esa frase se quedara en su pecho, quieta, como una concha. El viento pasó otra vez, pero ya no sonaba a duda. Sonaba a canción lejana.

Las dunas, alrededor, parecían olas dormidas. El cielo era un mar al revés. Y la respiración de Nico, lenta y constante, hacía que todo encajara, como si el desierto también aprendiera a confiar.

Poco a poco, el puesto de té se volvió más difuso, la lámpara una luciérnaga grande, la arena una manta inmensa. Los cuatro chicos siguieron respirando, sin pensar en contar, sin apurarse.

Y el mundo imaginario, hecho de dunas suaves y estrellas cercanas, se abrió como una puerta silenciosa.

Entraron en un sueño dulce.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Dunas
Montes de arena formados por el viento en el desierto o la playa.
Horizonte
La línea donde el cielo parece tocar la tierra o el mar a lo lejos.
Susurro
Un sonido muy suave que se oye como si alguien hablara bajito.
Marea
Movimiento del agua del mar que sube y baja, como una ola lenta.
Rendija
Una abertura estrecha y alargada por donde puede entrar aire o luz.
Cuenco
Recipiente redondo y hondo que sirve para poner comida o bebida.
Cantimplora
Botella que sirve para llevar agua cuando se viaja o camina.
Faro
Construcción con luz que guía a los barcos o sirve de señal.
Patata triste
Expresión imaginaria que describe una piedra con forma de patata triste.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Temas relacionados con este cuento :

amistad confianza explorador resiliencia desierto

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos para dormir: zen y bienestar para 11/12 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.