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Cuento sobre el cambio climático 11/12 años Lectura 15 min. Disponible en audiocuento

El día en que Tomás ahorró energía y encendió ideas

Tomás pasa una semana en casa de sus abuelos y, proponiendo un día de bajo consumo energético, descubre con pequeñas acciones y la ayuda del pueblo que las decisiones cotidianas pueden marcar la diferencia.

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Un niño de 12 años, alegre pero concentrado, pelo castaño despeinado y manchas de pintura en los dedos, con camisa de rayas clara, dibuja un gran mural en un panel de corcho; sostiene un rotulador azul y sonríe con determinación; a su derecha, ligeramente atrás, una anciana de unos 70 años (la abuela) con cabello gris recogido en moño y vestido de flores reparte rollos de cinta adhesiva; a la izquierda, un hombre de unos 72 años (el abuelo) con gorra y barba blanca corta mira orgulloso con las manos en las caderas; cerca del fondo, la vecina de unos 60 años (la señora Clara) de pelo corto y gafas sostiene un pequeño bidón de agua y sonríe; un adolescente de 12 años (Iker) en camiseta deportiva pinta una gran bicicleta roja en el mural, agachado y concentrado; lugar: una pequeña plaza de pueblo soleada con adoquines irregulares, bancos de madera, una biblioteca de piedra con ventana abierta, árboles y hojas secas en el suelo; situación: la comunidad pinta un mural colectivo sobre el ahorro de agua y energía, colores vivos, trazos visibles, carteles sencillos pegados y ambiente optimista de cooperación. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 16:15

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CapĂ­tulo 1: Cuaderno en la mochila

A Tomás le gustaba dibujar la naturaleza como quien guarda un secreto en papel. Tenía once años y un cuaderno de tapas verdes donde cabían nubes, hojas, piedras con formas raras y hasta hormigas si se quedaban quietas el tiempo suficiente.

Cuando sus padres le dijeron que pasarían una semana de vacaciones en casa de los abuelos, en el campo, Tomás metió el cuaderno en la mochila antes que el pijama.

—No te olvides el cargador —avisó su madre, señalando la tablet.

Tomás lo miró como si fuera una serpiente dormida.

—Esta vez… quiero hacer una cosa diferente —dijo.

Su padre levantó una ceja. —¿Diferente cómo?

Tomás respiró hondo. En el colegio habían hablado del cambio climático, de cómo la energía que usamos muchas veces viene de quemar cosas que ensucian el aire. No lo contaban como una película de monstruos, sino como algo real: el planeta se está calentando, y eso afecta las lluvias, las cosechas, los incendios, el mar.

—Quiero probar un día con bajo consumo de energía —explicó—. Sin pantallas, con luces apagadas si no hacen falta… como un reto.

Su madre sonrió, pero con ese gesto de “a ver cuánto te dura”.

—Me parece bien. Pero sin convertirlo en sufrimiento, ¿eh?

—No es sufrimiento. Es… experimento —dijo Tomás, orgulloso.

En el coche, mientras el paisaje se llenaba de campos y árboles, Tomás dibujó la línea del horizonte. La tarde estaba tibia para ser principios de verano, y eso le hizo pensar en lo que había oído: “antes, a esta hora refrescaba más”.

—Papá —preguntó—, ¿cuando tú eras pequeño hacía tanto calor?

Su padre buscó las palabras. —A veces sí, pero no tan seguido. Ahora las olas de calor son más comunes.

Tomás apuntó mentalmente esa frase, como si fuera un color nuevo.

CapĂ­tulo 2: La casa que respira despacio

La casa de los abuelos olĂ­a a pan tostado y a madera vieja. En la entrada, un jazmĂ­n trepaba por la pared como si quisiera mirar por la ventana.

—¡Mi artista favorito! —exclamó el abuelo Julián, dándole un abrazo que crujió un poco—. Ven, que la abuela tiene una limonada.

La abuela Marta apareció con una jarra y una sonrisa tranquila. —Te veo más alto. Y más serio.

—Estoy en modo científico —anunció Tomás.

—¿Científico? —preguntó el abuelo—. Entonces tendrás que observar mucho. Aquí el campo habla, pero hay que escucharlo.

Tomás le contó su idea del “día de bajo consumo”. Los abuelos no se rieron. Eso le gustó.

—En mi infancia no había tantas cosas enchufadas —dijo la abuela—. No porque fuéramos mejores, sino porque no existían. Pero podemos elegir algunas costumbres.

El abuelo abrió una ventana y entró un aire con olor a hierba. —Primera regla: aprovechar la luz del sol. Mira qué lámpara tan grande tenemos ahí arriba —dijo, señalando el cielo.

Tomás se rió. —Vale.

La abuela le enseñó un rincón de la cocina con una caja de velas “por si se va la luz”. Tomás las miró con respeto, como si fueran tesoros.

—No hace falta apagar todo como si estuviéramos en una cueva —aclaró la abuela—. Se trata de usar lo necesario, no de complicarse.

Después de merendar, Tomás fue al patio con su cuaderno. Dibujó el limonero, pero notó que algunas hojas tenían puntas secas.

—Abuelo, ¿se está poniendo enfermo?

El abuelo se agachó junto al tronco. —No está enfermo, está… cansado. Ha llovido poco este año. Cuando falta agua, el árbol se defiende como puede.

Tomás sombreó las hojas con lápiz suave, como si el dibujo pudiera darle un poco de frescura.

CapĂ­tulo 3: El reto empieza con una simple bombilla

Al día siguiente, Tomás se levantó temprano para su experimento. En la mesilla tenía el móvil, pero lo dejó boca abajo.

—Hoy no te necesito —le susurró, como si el móvil pudiera ofenderse.

Se vistiĂł sin encender la luz. La habitaciĂłn estaba clara por la ventana. En la cocina, la abuela ya estaba despierta.

—Buenos días, científico —dijo—. ¿Café?

—Yo… cacao —corrigió Tomás.

La abuela calentó leche en un cazo, no en el microondas. Tomás la observó, pensando que el cazo tardaba más, pero también hacía un sonido agradable, como una canción bajita.

—¿Esto cuenta? —preguntó.

—Cuenta como paciencia —respondió ella—. Y la paciencia es una energía que no contamina.

Tomás apuntó en su cuaderno: “Paciencia = energía limpia”. Le dio risa escribirlo tan serio.

DecidiĂł hacer un plan: nada de pantallas, caminar en vez de pedir que lo llevaran en coche al pueblo, apagar luces, usar agua con cuidado, y ayudar en algo que tuviera sentido.

El abuelo le propuso una tarea.

—Vamos a revisar el huerto. A ver qué necesita.

Fueron por un sendero estrecho. El huerto estaba verde, pero la tierra se veía más clara de lo normal.

—¿Siempre está así de seca? —preguntó Tomás.

—Antes, en esta época, la tierra aguantaba más húmeda —explicó el abuelo—. Ahora el sol aprieta y el viento seca rápido. Por eso hacemos riego por goteo, para no desperdiciar.

Le mostró unas mangueras finas con pequeños agujeros.

—El agua cae despacito, justo donde hace falta —dijo el abuelo—. Es como darle sorbos a la planta en vez de tirarle un cubo entero.

Tomás dibujó una gota cayendo con calma. Luego miró las tomateras, que parecían escuchar.

Más tarde, la abuela propuso tender la ropa al sol.

—La secadora gasta mucho —explicó—. Y el sol trabaja gratis, pero hay que darle tiempo.

Tomás colgó camisetas como banderas. Una se le cayó al suelo.

—¡Uy! —dijo, sacudiéndola.

—Persiste —le guiñó un ojo la abuela—. La perfección no existe, pero el intento sí.

A mediodía, cuando el calor subió, Tomás estuvo a punto de pedir el ventilador. Se quedó mirando el botón, tentador.

El abuelo, sin decir nada, bajĂł las persianas y abriĂł dos ventanas en lados opuestos.

—Corriente cruzada —anunció, como si fuera un truco de magia.

El aire empezĂł a moverse. No era frĂ­o, pero era alivio.

—¿Ves? —dijo el abuelo—. A veces la solución es más simple de lo que creemos.

Tomás sintió una pequeña victoria, de esas que no se ven, pero se notan.

Capítulo 4: Una caminata y un río con señales

Por la tarde, el abuelo propuso ir caminando hasta el arroyo. Tomás aceptó, aunque sus zapatillas nuevas no estaban convencidas.

El camino olía a polvo caliente y a romero. En una curva, vieron un cartel de madera: “Peligro de incendios. No tirar colillas.”

Tomás tragó saliva.

—En las noticias hablaron de incendios… —dijo.

—Sí —respondió el abuelo—. Con más calor y menos lluvia, el monte se seca. No es para asustarse, es para cuidarlo.

Llegaron al arroyo. El agua corrĂ­a, pero bajita, como si tuviera vergĂĽenza. HabĂ­a piedras al descubierto.

Tomás se sentó en una roca y abrió el cuaderno. Dibujó el reflejo del sol en el agua, pero el brillo le salió como una cicatriz plateada.

—Abuelo —preguntó—, ¿esto es por el cambio climático?

El abuelo se tomó un momento. —No todo se puede explicar con una sola causa. Pero el calentamiento global hace que algunas sequías sean más probables y más intensas. Y aquí lo notamos. Por eso es importante ahorrar agua y energía, y también cuidar los árboles.

Tomás pensó en su “día de bajo consumo”. De repente, le pareció pequeño, como una hormiga frente a una montaña.

—Pero yo soy solo un niño —murmuró.

El abuelo se sentó a su lado. —Y una hormiga puede llevar una miga. Si muchas hormigas llevan migas, cambia la comida de todo el hormiguero.

Tomás sonrió. —Nunca pensé que me compararías con una hormiga.

—Te comparo con una hormiga trabajadora —aclaró el abuelo—. Eso es un halago en el mundo de las hormigas.

Tomás soltó una risita. Dibujó una hormiga junto al arroyo, con un sombrero diminuto. Luego, más serio, añadió un árbol.

En el camino de vuelta, vieron a la vecina, la señora Clara, intentando cargar dos garrafas de agua hacia su casa.

—¿Necesita ayuda? —preguntó Tomás, adelantándose.

La señora Clara lo miró con sorpresa. —Pues… si no es molestia.

Tomás agarró una garrafa. Pesaba como si estuviera llena de piedras.

—¡Guau! Esto es un gimnasio portátil —bromeó, apretando los dientes.

La señora Clara soltó una carcajada. —Eres fuerte, chico.

El abuelo cargĂł la otra. Caminaron juntos.

—Estoy juntando agua de lluvia cuando cae —explicó la señora Clara—. Tengo un bidón bajo el canalón. No siempre llueve, pero cuando lo hace, no quiero perderlo.

Tomás levantó la cabeza. —¿Se puede hacer eso?

—Claro —dijo ella—. Para regar plantas, limpiar el patio… no para beber, pero ayuda.

Tomás sintió que su cuaderno se llenaba de ideas, aunque no las hubiera dibujado aún.

CapĂ­tulo 5: Una tarde sin enchufes y con muchas preguntas

Cuando regresaron, la abuela preparĂł una cena sencilla: tortilla, ensalada y pan. No hubo televisiĂłn de fondo. En cambio, el abuelo sacĂł una baraja.

—Energía renovable: las manos —dijo, barajando.

Tomás aprendió un juego nuevo. Perdió las dos primeras partidas con mucha dignidad y poca estrategia.

—¡Esto es fraude! —protestó, señalando al abuelo—. Seguro que tienes un máster en cartas.

—Tengo un máster en practicar —dijo el abuelo—. La perseverancia se entrena.

Tomás se quedó con esa frase. Perseverancia. No era una palabra brillante como “galaxia”, pero era firme, como una piedra bien puesta.

Después, con la luz de una lámpara pequeña, Tomás escribió una lista en el cuaderno:

1) Usar luz natural.

2) Caminar más.

3) Riego por goteo.

4) Tender ropa al sol.

5) Corriente cruzada.

6) Recoger agua de lluvia.

7) Hablar con otros.

Al terminar, se dio cuenta de algo: en todo el día no había sentido que “se estaba perdiendo” algo por no usar pantallas. Había hecho cosas. Había visto cosas.

En su cuarto, antes de dormir, escuchĂł grillos. No eran un sonido perfecto: a veces se callaban, a veces uno se aceleraba como si tuviera prisa. Pero era un concierto real.

Sin embargo, al apagar la luz, volviĂł una duda.

“¿Y si esto no sirve?”, pensó. “¿Y si es como soplar para mover una nube?”

Se quedĂł despierto un rato, hasta que oyĂł pasos. La abuela asomĂł la cabeza.

—¿No duermes?

Tomás dudó, luego habló. —Me preocupa… todo esto del clima. A veces siento que es demasiado grande.

La abuela se sentó en la cama. —Es grande. Y por eso asusta un poco. Pero también es cierto que nadie lo arregla solo. Se arregla en equipo: familias, barrios, escuelas, pueblos… y también los adultos que toman decisiones.

Tomás frunció el ceño. —Pero yo no tomo decisiones importantes.

—Tomas decisiones pequeñas —dijo ella, suave—. Y las pequeñas decisiones enseñan a otros. Eso es importante.

Tomás respiró mejor, como si le hubieran aflojado una cuerda invisible.

Capítulo 6: Un mural, una promesa y la sensación de compañía

Al día siguiente, Tomás no quiso que su experimento se quedara en “un solo día”. Propuso una idea.

—Abuelo, abuela… ¿podemos hacer un mural en la plaza del pueblo? Algo sencillo. Con dibujos y consejos de ahorro de energía y agua.

El abuelo se rascó la barbilla. —Necesitaremos permiso.

La abuela ya estaba pensando en voz alta. —Y cartulinas, y cinta adhesiva, y rotuladores…

Fueron al ayuntamiento pequeño. La secretaria, que conocía a los abuelos, les dejó usar un corcho grande que había junto a la biblioteca.

—Mientras sea respetuoso y claro —dijo—, adelante.

Tomás dibujó un sol y una casa con ventanas abiertas. Dibujó un grifo con una gota que sonreía. Escribió frases cortas, sin regañar:

“Apaga la luz si no la necesitas.”

“Camina o ve en bici cuando puedas.”

“Riega al atardecer para ahorrar agua.”

“Aprovecha la sombra y la ventilación.”

La señora Clara pasó por allí y se detuvo.

—¡Qué buena idea! —dijo—. Yo puedo escribir lo del bidón de lluvia.

Un chico de la edad de Tomás, con una camiseta de un equipo de fútbol, miró el mural.

—Está guay —admitió—. Yo puedo dibujar una bici.

—¿En serio? —preguntó Tomás, sorprendido.

—Sí. Me llamo Iker —dijo el chico—. Mi padre dice que si todos gastamos menos, se nota.

Poco a poco se acercó más gente. Una mujer añadió: “En casa usamos bombillas LED”. Un hombre escribió: “Compartir coche para ir al mercado”.

Tomás no podía dejar de mirar cómo su idea se llenaba de voces. Él había empezado con un cuaderno, pero ahora había un corcho con muchas manos.

Al caer la tarde, el abuelo puso una mano en su hombro.

—¿Cómo te sientes, científico?

Tomás miró el mural. Miró a Iker, que estaba terminando una rueda. Miró a la señora Clara, que explicaba su bidón a una vecina. Miró a la abuela, que repartía cinta como si fuera oro.

—Me siento… acompañado —dijo Tomás—. Como si no estuviera solo con esto.

El abuelo asintió. —Esa es una energía muy poderosa.

Esa noche, de vuelta en la casa, Tomás abrió su cuaderno y dibujó la plaza con el mural. No le salió perfecto: una ventana quedó torcida, una bici parecía tener prisa. Pero el dibujo estaba vivo.

Antes de dormir, escribió una última frase, despacio, para que quedara clara incluso si mañana dudaba:

“Si persisto y pido ayuda, las cosas se mueven.”

Apagó la luz. La oscuridad no parecía un final, sino un descanso. Afuera, el campo respiraba despacio, y Tomás también.

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Cambio climático
Cambio lento del clima de la Tierra que altera lluvias y temperaturas.
EnergĂ­a
Fuerza que usamos para mover cosas, calentar o encender luces.
Calentamiento global
Subida general de la temperatura del planeta por gases en el aire.
Riego por goteo
Sistema que da agua gota a gota justo a la planta para ahorrar.
Corriente cruzada
VentilaciĂłn que entra y sale por ventanas en lados opuestos.
Perseverancia
Seguir intentando algo, aunque sea difĂ­cil o tarde en salir bien.
SequĂ­as
PerĂ­odos largos con poca o ninguna lluvia y suelo muy seco.
BidĂłn
Recipiente grande para guardar agua u otros lĂ­quidos.
Colillas
Restos de cigarrillo que pueden causar incendios si se tiran mal.

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