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Cuento de Cantante y Músico 11/12 años Lectura 18 min.

El concierto del volumen amable en la casa de campo

Nora, una música viajera, enseña a su sobrina Maia a escuchar la naturaleza, cuidar los instrumentos y a improvisar canciones en “volumen amable”, mientras la casa de campo y sus vecinos se convierten en escenario de pequeños conciertos y aprendizajes.

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Mujer adulta — Nora — sonriente y serena, pelo castaño recogido en un moño despeinado, chaqueta vaquera gastada, tocando una guitarra acústica sobre las piernas, dedos en las cuerdas, mirada cálida y concentrada; niña — Maia — unos 11 años, coleta castaña, expresión curiosa y alegre, sentada en un banco junto a Nora acompañando con palmas ligeras; niña — Lía — unos 11 años, cabello rizado, vestido de flores, sentada en una silla junto a una cesta de tomates, sonríe sosteniendo un pequeño chasquido; hombre — señor Tomás — unos 65 años, piel bronceada, sombrero de paja, camisa a cuadros, sentado marcando el ritmo sobre la pierna con aire enternecido; un mirlo posado en una rama del manzano parece cantar en respuesta; lugar: jardín de casa de campo al mediodía con mesa y sillas de madera envejeci­das, manzano frondoso, hierba dorada por el sol, luz cálida y sombras suaves, fondo de casa de madera con porche y mecedora antigua; situación: pequeño concierto acústico bajo el manzano, ambiente íntimo y apacible, sonidos suaves — guitarra, voces apagadas, palmas — público reducido, gestos amistosos y primeros planos de manos, sonrisas y texturas (grano de la madera, cuerdas, tejido del sombrero). reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La maleta que suena por dentro

Nora llegó a la casa de campo con una mochila, una maleta pequeña y una sonrisa que parecía tener su propio compás. El camino olía a pino y a tierra húmeda, y el viento movía las hojas como si alguien estuviera probando maracas invisibles.

—Aquí el silencio es distinto —dijo Nora, bajando del coche—. No es un silencio vacío… es un silencio que escucha.

Su sobrina Maia, que tenía once años y una curiosidad que no cabía en los bolsillos, la miró con cara de “¿y eso qué significa?”.

—¿El silencio escucha? —preguntó.

—Claro. Por eso hay que tratarlo con cuidado, como a un gato dormido —respondió Nora, guiñando un ojo.

Dentro de la casa de campo, la madera crujía suave, como si saludara. Nora dejó su instrumento principal sobre la mesa: una funda negra, alargada, con cremallera y un asa gastada.

—¿Qué llevas ahí? —Maia se acercó, con las manos detrás de la espalda para no tocar todavía.

—Mi guitarra y… mi trabajo —contestó Nora—. Soy cantante y música. Y hoy, además, improvisadora oficial de esta casa.

—¿Improvisadora? ¿Como inventar cosas?

—Como cocinar canciones con lo que haya en la nevera —dijo Nora—. Con sonidos, palabras y un poco de valentía.

Maia soltó una risa corta.

—¿Y no te equivocas?

—Todo el tiempo. Pero a veces el error es una puerta secreta.

Nora acarició la funda con cuidado.

—Primero, una cosa importante: los instrumentos se cuidan como si fueran amigos. Y los amigos llevan nombre.

Sacó de su mochila un trocito de cartón, un rotulador y un cordel fino. En la mesa también había cinta adhesiva y una pegatina verde con un dibujo de hoja.

—Vamos a etiquetar la funda —anunció.

—¿Etiquetarla? —Maia se inclinó, interesada—. ¿Para qué?

—Para que si la funda se pierde, vuelva a casa. Y para recordar que dentro no hay “una cosa”, sino una voz de madera —explicó Nora—. Además, los músicos viajamos mucho. Etiquetar es como ponerle brújula a tus cosas.

Nora escribió despacio: “NORA — GUITARRA — FRÁGIL — GRACIAS”. Luego añadió: “VOLUMEN AMABLE” y dibujó un oído sonriente.

—¿Volumen amable? —Maia frunció la nariz.

—Eso es ecología sonora —dijo Nora—: tocar y cantar respetando a las personas, a los animales, al lugar… El sonido también es parte del paisaje. Si gritas, tapas a los pájaros. Si tocas con cuidado, conversas con ellos.

Maia miró por la ventana. Un mirlo saltaba entre las piedras del jardín, como si llevara prisa.

—Entonces hoy vamos a… ¿hablar con pájaros?

—Con música, sí —dijo Nora—. Pero primero, merienda. Después, ensayo.

La etiqueta quedó colgando de la funda como una medalla tranquila.

Capítulo 2: El porche como escenario

Tras la merienda, Nora abrió la funda con un gesto lento, casi ceremonial. Maia notó el olor a madera y a cuerdas nuevas, como un lápiz recién afilado.

—¿Siempre abres así? —preguntó.

—Sí. Es una forma de decir “hola” —respondió Nora—. En el escenario también hay saludos silenciosos: afinar, respirar, mirar al público sin prisa.

Se sentaron en el porche. La casa de campo tenía una mecedora vieja y un banco. Nora colocó un pequeño paño bajo la guitarra para que no se resbalara. Luego sacó un afinador.

—¿Eso qué hace?

—Me dice si las cuerdas están en su sitio. Antes de cantar con otros, primero te pones de acuerdo con tu instrumento —explicó Nora—. Es como cuando un grupo decide a qué hora queda: si cada uno llega a una hora distinta, no hay plan que aguante.

Maia se rió.

Nora pulsó una cuerda. El afinador parpadeó. Ajustó una clavija con dos dedos. La cuerda subió de tono como si se estirara despertando.

—¿Duele? —preguntó Maia, dramática.

—A la cuerda no le gusta el cambio brusco —dijo Nora—. Por eso hay que girar despacio. La música también es paciencia.

Cuando terminó de afinar, Nora se quedó inmóvil un segundo. Cerró los ojos.

—Ahora escucho el lugar —murmuró—. El porche, los grillos, el viento. Si canto encima de ellos, no los respeto. Si canto con ellos, todo se vuelve más bonito.

Maia bajó la voz sin darse cuenta.

—¿Y cómo sabes cuánto volumen usar?

Nora señaló el bosque.

—Si yo canto tan fuerte que el mirlo se va, es demasiado. Si canto tan bajito que ni tú me oyes, es muy poco. La ecología sonora es buscar el punto donde todos caben.

—Como… compartir una pizza —dijo Maia.

—¡Exacto! —Nora se echó a reír—. Una pizza sonora.

Nora rasgueó suave. Las notas salieron como gotas claras. Luego empezó a improvisar:

“En la casa de madera,

la tarde huele a pan,

si cantas con cuidado,

el bosque cantará…”

Maia se quedó quieta, escuchando. La voz de Nora era cálida, como una manta ligera.

—¿Te lo estás inventando ahora? —susurró Maia.

—Sí. Improvisar es confiar en que la próxima palabra te encontrará. Y si no, la buscas con ritmo.

Nora cambió el acorde y guiñó un ojo.

—Te toca.

—¿A mí? No sé.

—No hace falta saber. Solo escuchar y responder. Di una frase, cualquiera, y yo la convierto en canción.

Maia tragó saliva, pero se animó.

“El mirlo tiene zapatos…” —dijo, y se rió de su propia frase.

Nora la atrapó al vuelo.

“El mirlo tiene zapatos,

de barro y de sol,

y pisa las hojas

sin hacer ruido, por favor…”

Maia soltó una carcajada. El mirlo, como si entendiera, dio dos saltitos y se quedó mirando. Nora bajó aún más el volumen, respetuosa.

—¿Ves? —dijo Nora—. Incluso el humor puede ser suave.

Capítulo 3: La tormenta que marcó el ritmo

Esa noche el cielo se fue poniendo morado, como un moretón de tinta. Maia y Nora cenaron sopa, y la casa de campo se llenó de un olor a ajo y laurel que parecía una canción lenta.

De pronto, un trueno sonó a lo lejos. Después otro, más cerca.

—¿Se va a ir la luz? —preguntó Maia.

—Puede ser —dijo Nora, tranquila—. En el campo las tormentas tienen más espacio para correr.

Y, como si el trueno hubiera entendido, la lámpara parpadeó y se apagó. La casa quedó en penumbra, solo con la luz de una vela que Nora encendió sin drama.

—Bueno —dijo Nora—, hoy tenemos un público especial: la lluvia.

Las gotas empezaron a golpear el tejado: tac-tac-tac… luego más rápido: ta-ta-ta-ta.

Maia escuchó.

—Parece un tambor.

—Lo es —respondió Nora—. La naturaleza también hace música. Nuestro trabajo como músicos es aprender a oírla y no competir con ella.

Nora tomó la guitarra, pero no tocó enseguida. Se acercó a la ventana. La lluvia dibujaba líneas en el cristal.

—Mira —dijo—. Si yo tocara fuerte, taparía este ritmo. Así que vamos a hacer algo: una canción de lluvia en volumen de vela.

—¿Volumen de vela? —Maia sonrió.

—Un volumen que no asuste a nadie, que no empuje al silencio —explicó Nora.

Nora dio un rasgueo casi invisible. La guitarra sonó como un susurro de madera. Luego comenzó a improvisar con la lluvia, dejando espacios para que el techo “respondiera”.

“Gota pequeña, gota viajera,

no golpees fuerte, llega ligera…”

Maia se acercó a la vela, fascinada por las sombras que se movían en las paredes.

—¿Y si me equivoco si canto contigo?

—Entonces lo convertimos en parte de la canción —dijo Nora—. En la música, los errores pueden ser nuevos caminos. Eso sí, siempre con cuidado del volumen. No hace falta gritar para ser valiente.

Maia inhaló y cantó una nota, tímida al principio. Nora la acompañó. La voz de Maia sonó un poco quebrada, como una rama fina, pero no se rompió.

—¡Ahí está! —dijo Nora—. Tu voz es tuya. No la compares con la mía. Solo con tu respiración.

Un trueno retumbó, pero esta vez parecía parte del arreglo. Nora dio un golpe suave en la caja de la guitarra, como un corazón calmado.

—¿Así trabajan los músicos? —preguntó Maia—. ¿Siempre están pensando en… en sonidos?

—Pensamos en emociones, y los sonidos son el idioma —explicó Nora—. También pensamos en el público: si está cansado, si necesita calma, si quiere bailar. Y pensamos en el lugar. Un buen músico no invade; acompaña.

La tormenta fue bajando su intensidad. La lluvia se hizo fina, como un dedo tocando el tejado con educación.

—Creo que la lluvia se está durmiendo —susurró Maia.

—Entonces nosotros también —dijo Nora—. Mañana hay un pequeño concierto.

—¿Con luces?

—Con mañana —respondió Nora—. Y con el bosque.

Capítulo 4: Ensayo de pájaros y reglas de escenario

Por la mañana, el aire olía a hierba lavada. La luz atravesaba las cortinas como si alguien tocara una flauta de oro.

Nora y Maia salieron al jardín. La casa de campo tenía un viejo cobertizo, un manzano y una mesa de madera que podía servir de escenario. Nora colocó la guitarra sobre el banco y revisó la etiqueta de la funda.

—Nunca está de más comprobar —dijo—. En los conciertos hay prisas, cables, gente… y una funda sin etiqueta es como un libro sin nombre: se pierde fácil.

Maia tocó la etiqueta con el dedo.

“Volumen amable”. Me gusta.

—Es una promesa —dijo Nora—. También es una regla profesional. Te cuento algunas cosas de mi oficio.

Nora levantó un dedo.

—Uno: calentamiento. La voz es un músculo.

Levantó los hombros, los soltó, hizo círculos con el cuello y bostezó sin vergüenza.

—Dos: respiración. Si respiras bien, cantas sin apretar la garganta.

Inhaló despacio, como si llenara un globo en el vientre.

—Tres: escuchar. Si tocas con otros músicos, escuchas más de lo que hablas.

Maia asintió, seria.

—Cuatro: cuidar el equipo. Cuerdas, funda, afinador. Y cinco: respeto del volumen. No quieres que alguien se vaya del concierto tapándose los oídos.

—¿Te ha pasado? —preguntó Maia.

—Una vez, en una fiesta, un amplificador estaba demasiado alto. Vi a un niño poner cara de dolor. Paré la canción, bajé el volumen y pedí perdón —dijo Nora—. La música no está para hacer daño.

Maia tragó saliva.

—Eso es… responsable.

—Eso es ser música y ser persona —respondió Nora.

Entonces se oyó un canto de pájaro, agudo y alegre.

—¿Ese es el mirlo? —preguntó Maia.

—Sí. Y creo que quiere participar —dijo Nora—. Vamos a ensayar con él.

Nora tocó un acorde suave. El mirlo cantó encima, como si probara una nota. Nora repitió el acorde, dejando un hueco. El mirlo respondió.

—¡Está improvisando contigo! —susurró Maia, emocionada.

—Está haciendo lo suyo. Yo solo le doy espacio —dijo Nora—. La improvisación también es dejar sitio.

Maia se sentó en la hierba.

—¿Puedo escribir una letra?

—Claro. Ser músico es también ser un poco escritor —dijo Nora—. Busca palabras que suenen bien al decirlas.

Maia pensó y luego dijo:

“En esta casa de campo, el aire tiene bolsillo… guarda semillas de sonido”.

Nora abrió mucho los ojos, contenta.

—Eso es precioso. Ahora lo cantamos.

Y lo cantaron, con una melodía que parecía una cometa.

Capítulo 5: El concierto del mediodía

Al mediodía llegaron dos vecinos: el señor Tomás, que llevaba un sombrero de paja, y Lía, su nieta, de la edad de Maia. Traían una cesta con tomates y pan.

—Nos dijo tu tía que habría música —dijo Lía, mirando la guitarra como si fuera un animal mágico.

—Pero música con educación —añadió el señor Tomás, señalándose la oreja—. Que luego me zumban como abejas.

Nora se rió.

—Prometido. Con “volumen amable”.

Colocaron sillas en el jardín, bajo el manzano. Nora no tenía micrófono ni altavoces, y eso le gustaba: así podía medir el sonido con el cuerpo, no con botones.

Antes de empezar, Nora se agachó a la altura de las chicas.

—Un secreto de escenario: cuando estás nerviosa, aprieta los dedos de los pies dentro del zapato y luego suéltalos. El susto baja por las piernas y se va.

Maia lo probó y abrió los ojos.

—Funciona un poco.

—Suficiente —dijo Nora—. Otro secreto: sonríe. No por obligación, sino para recordar que estás compartiendo algo.

Nora empezó con una canción sencilla. Maia acompañó con palmas suaves, sin golpear fuerte: “palmas de algodón”, como dijo Nora. Lía se unió con un chasquido delicado. El señor Tomás marcó el ritmo golpeando la rodilla despacio.

Entre canción y canción, Nora explicaba cosas como si contara aventuras:

—Cuando canto, proyecto la voz con el aire, no con la garganta. Cuando toco, cuido las uñas y las manos. Cuando viajo, llevo repuestos: cuerdas, púas, cinta. Y cuando termino, guardo el instrumento como se guarda un secreto.

La música se mezcló con el olor a tomates y el zumbido lejano de una abeja que parecía estar afinando.

Luego llegó el momento de improvisar. Nora miró al público.

—Necesito tres palabras para una canción nueva.

Lía levantó la mano:

“Manzano”.

El señor Tomás dijo:

“Sombrero”.

Maia, sin pensarlo mucho, añadió:

“Silencio”.

Nora se quedó un segundo como si estuviera probando esas palabras en la lengua.

—Perfecto —dijo—. Vamos.

Tocó un ritmo ligero y cantó:

“Bajo el manzano, mi sombrero

guarda un silencio verdadero,

no es silencio de ‘no hay nada',

es silencio que acompaña…”

La canción hizo reír al señor Tomás porque Nora rimó “sombrero” con “verdadero” como si fuera lo más natural del mundo. Pero también hizo que Lía bajara la voz, casi sin darse cuenta.

Cuando terminaron, nadie aplaudió fuerte. Nora levantó la mano.

—Aplauso suave —propuso—. Para que el bosque no se asuste.

Y todos aplaudieron como lluvia fina. Era un sonido bonito, como papel de regalo.

—Eso también es música —susurró Maia.

—Y ecología sonora —respondió Nora—. El mundo no necesita más ruido, necesita mejores escuchas.

Capítulo 6: La última nota y los hombros relajados

Al caer la tarde, los vecinos se despidieron. El jardín quedó con esa calma que dejan las cosas bien hechas. Nora guardó la guitarra en su funda con cuidado, comprobó la etiqueta y cerró la cremallera lentamente, sin tirones.

Dentro de la casa de campo, Maia se puso el pijama. Nora apagó las luces y dejó solo una lámpara pequeña, como una luna doméstica.

—Hoy aprendí más de lo que pensaba —dijo Maia, metiéndose en la cama—. Pensaba que ser cantante era solo… cantar.

Nora se sentó a su lado.

—Cantar es el centro, sí. Pero alrededor hay un círculo enorme: escuchar, cuidar, ensayar, respetar, contar historias, trabajar en equipo, entender el lugar, el público… y también descansar.

—¿Descansar es parte del trabajo? —preguntó Maia.

—Totalmente —dijo Nora—. La voz se cansa. El oído también. Si quieres hacer música muchos años, tienes que ser amable contigo.

Maia bostezó.

—¿Me improvisas una canción de buenas noches?

—Con gusto. Dame una última palabra.

Maia pensó un segundo.

“Hombros”.

Nora sonrió, bajó el volumen hasta casi un suspiro y cantó:

“Hombros que llevan el día,

suéltenlo, sin prisa, ya.

Como hojas cuando se mecen,

como barca al descansar…”

Mientras Nora cantaba, Maia notó que su respiración se hacía más larga. Nora también respiró hondo. La casa de campo crujió una vez, como diciendo “todo bien”.

Nora terminó la canción con una nota pequeñita, como una luciérnaga.

—Buenas noches, Maia —susurró.

—Buenas noches, tía —respondió Maia, ya medio dormida.

Nora se quedó quieta un momento, escuchando el silencio que “escuchaba”. Soltó el aire lentamente y, sin darse cuenta, dejó caer la tensión del día. Al levantarse para apagar la lámpara, sintió el cuerpo ligero, el corazón en calma y, por fin, los hombros relajados.

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Compás
Marcar el ritmo o pulso en una pieza musical para contar los tiempos.
Maracas
Instrumento de percusión que se sacude para producir un sonido rítmico.
Cremallera
Cierre formado por dos filas de dientes que se unen con un deslizador.
Improvisadora
Persona que crea música o palabras en el momento, sin plan escrito.
Ecología sonora
Cuidado del sonido en un lugar para no molestar a personas o animales.
VOLUMEN AMABLE
Etiqueta que pide tocar o hablar con un nivel de sonido respetuoso.
Volumen amable
Nivel de sonido moderado y respetuoso para no tapar a otros sonidos.
Afinador
Aparato pequeño que indica si un instrumento está en la nota correcta.
Rasgueo
Movimiento de la mano para tocar varias cuerdas de una guitarra a la vez.
Clavija
Pieza en la cabeza de la guitarra que se gira para tensar una cuerda.
Penumbra
Luz débil entre la claridad y la oscuridad, como con poca iluminación.
Susurro
Sonido muy bajo y suave, como cuando se habla casi en secreto.

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