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Cuento divertido de fraternidad 7/8 años Lectura 8 min.

El club secreto de los hermanos valientes

Leo y Nico, dos hermanos, crean un club secreto lleno de aventuras y risas, pero sus travesuras con un póster y pegamento los llevan a enfrentar un dilema que deberán resolver juntos.

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Un niño de 8 años, con cabello castaño desordenado y ojos brillantes de travesura, está sentado bajo una gran mesa cubierta con un mantel violeta, riendo a carcajadas. Lleva una camiseta a rayas y pantalones cortos azules, sosteniendo una cuchara de plástico en una mano, listo para despegar un gran póster colorido de un dragón danzante. A su lado, su hermanito de 5 años, con cabello rubio rizado y una sonrisa radiante, lleva un calcetín a rayas en la cabeza como un sombrero, intentando ayudarlo con un viejo cepillo de dientes. Ambos están rodeados de cojines multicolores y pasteles desordenados, en su sala de juegos que parece una cueva mágica llena de tesoros. La escena principal muestra a los dos hermanos en plena operación de rescate del póster, riendo y divirtiéndose, con salpicaduras de agua y restos de pegamento sobre la mesa, creando un ambiente alegre y lúdico. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El Primer Día del Club Súper Secreto

—¡Tienes que tocar la puerta secreta tres veces y decir la contraseña mágica! —susurró Leo, con los ojos muy abiertos, mientras miraba a su hermano pequeño, Nico.

—¿Pero cuál es la contraseña mágica, Leo? —preguntó Nico divertido, con la boca manchada de chocolate.

—¡No puedo decírtela así nomás! —dijo Leo, cruzándose de brazos como solo saben hacerlo los hermanos mayores cuando quieren parecer importantes—. Tienes que adivinarla. Es algo que a mamá le da risa y a papá le hace estornudar.

Nico pensó, rascándose la cabeza rubia llena de rizos traviesos.

—¿Polvo de galletas? —aventuró, relamiéndose los labios.

—¡Casi! —rió Leo—. ¡Es “mostachón peludo”!

Nico se tiró al suelo de la risa. Los dos niños estaban en el gran salón de la casa, justo debajo de la mesa que hoy se había convertido, gracias a una sábana violeta y cojines de colores, en la sede oficial del Club Súper Secreto de los Hermanos Valientes.

Leo, el mayor, tenía siete años y era el presidente del club. Nico, con sus flamantes cinco, era vicepresidente, guardián del tesoro y encargado de las risas. El club tenía reglas, muchas reglas, todas inventadas esa misma mañana:

Regla 1: Para entrar, hay que decir la contraseña con voz de pato.

Regla 2: Aquí dentro, los calcetines son sombreros.

Regla 3: Si alguien se tira un pedo, hay que hacer una danza ridícula.

—¿Lista la sala de reuniones, vicepresidente Nico? —preguntó Leo, poniéndose dos calcetines en las orejas.

—¡Sí, señor presidente! —respondió Nico, con un calcetín rayado en la cabeza y el otro en la mano como si fuera un micrófono—. ¡Y he traído galletas del tesoro!

Entre risas, croando como patos, comenzaron la primera reunión oficial del club.

Capítulo 2: El Problema del Póster Pegajoso

—Ahora, ¡a decorar la sede! —anunció Leo, sacando el póster más grande y colorido que pudo encontrar: uno del dragón bailador que venía en la caja de cereales.

—¿Con qué lo pegamos? —preguntó Nico, buscando algo en la caja de los tesoros del club.

Leo miró a su alrededor. Mamá siempre decía que no había que usar el pegamento especial de papá para cosas de niños. Pero el póster era muy bonito y esa pared de la “cueva secreta” lo pedía a gritos.

—¿Y si usamos un poquito del súper pegamento de papá? Solo un poquito... —propuso Leo, mirando a Nico con cara de “esto es un secreto de hermanos”.

Nico asintió, porque los secretos entre hermanos son sagrados.

Cogieron el pegamento y pusieron un puntito… luego otro… luego otro más, porque parecía divertido apretar el bote y ver cómo salía la cola pegajosa.

¡Plaf! El póster de dragón bailador quedó pegado tan fuerte a la mesa que ni el mismísimo dragón lo podría arrancar.

—¡Vaya, sí que pega! —dijo Nico, tocando el borde—. ¿Y si mamá pregunta?

—Le decimos que fue el perro... —susurró Leo, mirando de un lado a otro.

En ese momento, escucharon pasos. ¡Era mamá!

Ambos saltaron, echando la sábana sobre el póster, pero sus calcetines–sombrero se les cayeron sobre los ojos. Cuando mamá asomó la cabeza, los encontró bailando con los pies enredados y gritando:

—¡Danza del pedo secreto!

Mamá soltó la risa y les dio un beso en la cabeza.

—¿Por qué huele a pegamento aquí?

—¡Es el olor de la aventura! —gritó Nico, haciendo un giro de kung-fu y chocando contra la silla.

Mamá salió sonriendo. Leo y Nico se miraron preocupados.

—Tenemos que quitar el póster antes de que papá lo vea, o nos quedamos sin postre un mes —dijo Leo, poniéndose serio por primera vez en el día.

—¡Misión rescate dragón bailador! —exclamó Nico, haciendo el saludo secreto del club.

Capítulo 3: La Gran Operación Dragón

Sacaron herramientas de la caja de los tesoros: una cuchara de plástico, un cepillo de dientes viejo y la lupa de la abuela.

—Si el dragón bailador puede volar, nosotros podemos despegarlo —dijo Leo, decidido.

Nico empezó a raspar con la cuchara, pero solo consiguió romper la cuchara. Leo probó con el cepillo, pero lo único que logró fue dejar la mesa con rayas de pasta de dientes imaginaria.

Ambos se miraron sudorosos, el póster seguía ahí, tan pegajoso como siempre.

—¿Y si usamos agua? —preguntó Nico.

—¡Sí! El agua lo soluciona todo —afirmó Leo, convencido.

Fueron sigilosos a la cocina, llenaron un vaso de agua y volvieron arrastrándose como serpientes bajo la mesa secreta. Pero al echar el agua, la mesa se puso resbalosa y el póster se arrugó.

—¡Ahora sí parece que el dragón baila de verdad! —rió Nico.

Leo no podía evitar reír también.

Pero los problemas crecían. Ahora todo estaba mojado, el póster parecía una pasa y la mesa tenía una mancha sospechosa.

—Bueno, no podemos dejarlo así —dijo Leo—. Hay que confesar.

Nico puso cara de susto, pero Leo le apretó la mano.

—Los clubes secretos sirven para ayudarse, no para esconder problemas. Si lo contamos juntos, seguro que mamá y papá nos ayudarán.

—¿Y si nos quitan el postre dos meses? —preguntó Nico.

—Entonces inventamos un club del postre invisible —contestó Leo, y ambos se echaron a reír.

Capítulo 4: El Secreto Mejor Guardado

Esa noche, después de cenar, los hermanos llamaron a sus padres.

—Tenemos que contarles una cosa de nuestro club —dijo Leo, con voz seria—. Queríamos decorar la sede y usamos el pegamento de papá para pegar el póster del dragón.

Nico añadió, con la voz temblorosa:

—Y ahora la mesa está un poco… muy pegajosa.

Papá se quedó callado un segundo, luego frunció el ceño y después sonrió.

—¿Os divertisteis? —preguntó.

—¡Muchísimo! —dijeron los dos a la vez.

—Entonces, solo tenéis que ayudarme a limpiar la mesa mañana y buscar otro sitio para los pósters —dijo papá guiñando un ojo—. Pero el pegamento… solo para grandes proyectos, ¿eh?

Mamá les abrazó y les besó en la cabeza.

Esa noche, Leo y Nico se acostaron juntos en la cama de Leo, mirando el techo.

—¿Sabes, Nico? —susurró Leo—. El club secreto es más divertido si lo compartimos todo, hasta los líos.

Nico asintió y le dio un codazo amistoso.

—Mañana podemos hacer el club de los calcetines voladores. Solo necesitamos la ayuda de papá para pegarlos en la ventana.

Los dos se rieron hasta quedarse dormidos.

Y así, bajo una sábana violeta y con calcetines en la cabeza, los hermanos Valientes aprendieron que los secretos más divertidos son los que se resuelven juntos, y que no hay nada mejor que ser cómplices de travesuras, siempre con risas… y un poquito de pegamento en las manos.

FIN

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Vicepresidente
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Calcetín
Una prenda de vestir que se usa en los pies, generalmente hecha de tela.
Póster
Una gran impresión en papel que se cuelga en la pared para decorar o informar.
Pegamento
Una sustancia que se usa para unir dos cosas, como papel o madera.
Aventura
Una experiencia emocionante o inusual que a menudo implica riesgos o descubrimientos.

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