1. Un domingo con olor a miel
El sol entraba a chorros por la ventana de la cueva. Berto, el pequeño oso con hocico manchado de mermelada, se desperezó y bostezó tan fuerte que asustó a tres mariposas que pasaban cerca. De pronto, se quedó quieto, con las orejas tiesas: ¡era el Día del Padre! ¡Y él no había preparado nada!
Saltó de la cama y miró a su alrededor. En la cueva, solo se escuchaba el ronquido suave de Papá Oso, que soñaba, seguro, con montañas de miel y riachuelos frescos. Berto rebuscó en sus cajones, bajo los cojines y detrás de la olla de miel, pero no encontró ni una sola tarjeta ni regalito escondido. Sentía un hormigueo en la panza: quería sorprender a Papá, pero, ¿cómo hacerlo a última hora?
2. Ideas que zumban y zumban
Berto se sentó sobre una alfombra de hojas secas, rascándose la cabeza. “Puedo regalarle… ¡mi mejor piedra brillante!” pensó. Pero recordó que Papá Oso siempre tropezaba con esas piedras.
“¿Una canción?” Lo intentó: “Papá, papá, eres genial, como la miel en mi panal…” Pero se le olvidó la rima. Miró alrededor y vio, en un rincón, su caja de piezas de construcción: cubos, ruedas, rampas y hasta un puente en miniatura.
Una chispa traviesa encendió sus ojos. “¡Le haré un monumento!” murmuró. Así que Berto abrió la caja y las piezas saltaron fuera, rodando por la cueva. Algunas se escondieron bajo la cama, como si supieran que algo importante estaba por suceder.
3. Manos de osito constructor
Berto empezó su obra maestra. Apiló los cubos, construyó un puente y hasta puso una pequeña bandera hecha con una hoja de frambueso. Cada vez que una torre se caía, Berto soltaba una risita: “¡Esto es más difícil que robar miel a las abejas!”, se decía, mientras sus patas gorditas encajaban las piezas con cuidado.
El tiempo volaba. Por la cueva resonaban los golpeteos y el tintineo de las ruedas. Un ratoncito curioso asomó la nariz, pero Berto lo saludó con un guiño secreto: “¡Es sorpresa para mi papá!”, susurró. Cuando terminó, ante él se alzaba una especie de castillo-oso: tenía orejas, hocico y hasta una barriguita redonda, exactamente como Papá Oso.
4. El despertar del rey de la miel
Papá Oso se desperezó con un rugido suave. Se frotó los ojos y olfateó el aire: “¿Huele a… construcción?” siguió el aroma y llegó hasta Berto, que estaba de pie junto al castillo de piezas, esperando con el corazón brincando como una rana.
—¡Feliz Día del Padre, Papá! —exclamó Berto, saltando nervioso—. No tenía regalo, pero… ¡te construí algo especial! Mira, este eres tú: ¡el oso más fuerte y divertido del bosque!
Papá Oso se acercó y miró el monumento, con la boca abierta de sorpresa. Dio una vuelta alrededor, tocando con cuidado las torres y la bandera de frambueso. De repente, soltó una risa tan profunda que hizo vibrar la cueva.
—¡Este oso constructor es mi arquitecto favorito! —dijo Papá Oso y abrazó a Berto tan fuerte que casi desarmó el castillo de piezas.
5. Merienda y abrazos que duran
Después del abrazo, se sentaron juntos frente al castillo. Berto sacó su último tarro de miel y dos galletas grandes. Papá Oso partió una galleta y la compartió con Berto, que dejó caer unas migas sobre el suelo (y sobre el hocico de Papá, por supuesto).
—¿Sabes, hijo? —dijo Papá Oso, sonriendo—, los mejores regalos no se compran ni se envuelven. Se construyen con amor, como tú lo has hecho hoy.
Berto sintió que su corazón se hinchaba de alegría, como si fuera un globo de colores. Jugaron a imaginar qué más podrían construir: una torre para ver las estrellas, una casita de miel, ¡o incluso una montaña rusa para osos valientes!
Cuando la tarde cayó y los grillos cantaron, Berto se acurrucó bajo el brazo de Papá y le susurró:
—Te quiero, papá oso.
Papá Oso le pellizcó suavemente la oreja y respondió:
—Y yo te quiero, mi pequeño genio constructor.
Y entre risas y guiños, los dos supieron que aquel Día del Padre sería imposible de olvidar. Porque a veces, lo más especial nace de una idea loca y unas patitas llenas de amor.