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Cuento sobre la fiesta de Año Nuevo 9/10 años Lectura 15 min. Disponible en audiocuento (2)

El calcetĂ­n de los deseos en Nochevieja

Vera inventa el "Calcetín de los Deseos", un ritual familiar de Año Nuevo donde cada quien escribe deseos que otros deben ayudar a cumplir, promoviendo respeto y escucha entre todos.

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Niña de 10 años, Vera, rostro redondo y ojos grandes y brillantes, expresión decidida y tierna, cabello castaño medio con una servilleta de fiesta a modo de diadema; agachada bajo una mesa baja, tendiendo la mano hacia un calcetín rojo lleno de papeles, luz cálida sobre su rostro; chico de ~14 años, Nico, hermano travieso, pelo corto negro, sonriendo de lado, de pie junto a la mesa con un pequeño saco de confeti mirando a Vera; madre ~35 años, cabello castaño recogido, expresión dulce y algo cansada, sentada en el sofá con la mano en el pecho mirando con ternura; padre ~38 años, barba ligera, ropa informal, arrodillado a la izquierda de la mesa recogiendo un confeti, actitud cómplice; abuela ~70 años, cabello blanco en moño, pequeña y sonriente, sentada en el sofá con una manta a cuadros aplaudiendo suavemente; gato Lenteja, pequeño y atigrado rojizo, con un calcetín rojo en la boca sobre el borde de la mesa, mirada traviesa; interior: salón cálido de noche con luces y un árbol de Navidad en una esquina, mesa baja de madera clara con mantel blanco, copas y platos, confeti esparcido sobre una alfombra mullida; momento justo después de medianoche, familia reunida alrededor de la mesa mientras Vera recupera el calcetín de deseos que el gato tomó, ambiente festivo e íntimo, iluminación dorada, expresiones de sorpresa y ternura, estilo manga con líneas claras y colores saturados. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 16:43

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CapĂ­tulo 1: Uvas, risas y una idea traviesa

La casa olía a sopa calentita y a turrón recién abierto. En el salón, las luces del árbol parpadeaban como si también estuvieran practicando para medianoche. Vera, que tenía diez años y una energía que parecía tener pilas escondidas en los bolsillos, corría de un lado a otro con una servilleta en la cabeza a modo de sombrero de fiesta.

—¡Mamá, declaro oficialmente inaugurada la Noche de las Cosas Importantes! —anunció con voz de presentadora.

Su madre se riĂł mientras colocaba platos en la mesa.

—Lo importante, señorita presentadora, es que no te comas las uvas antes de tiempo.

—¿Y si me como una? Solo para comprobar que son de verdad.

—Son de verdad. Y tú también eres de verdad… de verdad traviesa.

El padre de Vera entró con una bandeja de canapés y una cara seria, de esas que usan los adultos cuando están a punto de hacer una broma.

—He oído que aquí se investigan uvas. Traigo pruebas.

Vera se acercĂł a la mesa, donde el mantel blanco estaba tan estirado que parecĂ­a un lago helado. En el centro, una fuente de doce uvas brillaba como bolitas verdes de suerte.

En la tele, un presentador hablaba de lo que había pasado durante el año. A Vera le gustaba esa parte, pero lo que más le gustaba era lo que venía: el “¡últimos minutos!” y la sensación de que el aire se volvía especial, como si en cualquier momento pudiera aparecer un copo de nieve dentro del salón.

—Este año quiero inventar algo nuevo —dijo Vera, bajando la voz como si el árbol pudiera oírla—. Un ritual de medianoche.

—¿Otro? —preguntó su hermano mayor, Nico, levantando una ceja—. El del año pasado fue “darle un abrazo al cactus”. Todavía tengo una espina imaginaria.

Vera levantĂł la barbilla, orgullosa.

—Funcionó. No nos pasó nada grave. Solo lo normal.

La abuela, que estaba en el sofá con una manta y una sonrisa de ojos pequeños, guiñó un ojo.

—Los rituales no son para que no pasen cosas —dijo—. Son para recordarnos que estamos juntos cuando pasan.

Vera se quedĂł pensando. Y, como cuando se te ocurre una travesura buena, sus ojos brillaron.

—¡Ya sé! Haré un ritual que sea divertido, amable… y un poquito mágico.

CapĂ­tulo 2: El plan del CalcetĂ­n de los Deseos

Después de cenar, Vera arrastró a Nico hasta su habitación. Allí tenía una caja de “cosas útiles” que en realidad era una caja de “cosas que nadie sabe para qué sirven”.

—Necesito un objeto importante —dijo, rebuscando—. Algo que represente el año viejo y el año nuevo.

Nico se cruzĂł de brazos.

—¿Una patata?

—No.

—¿Mi cuaderno de matemáticas? Eso sí que representa sufrimiento.

—Tampoco. Tiene que ser… ¡esto!

Vera sacó un calcetín rojo con un reno que parecía estar sorprendida para siempre. Le faltaba un compañero, porque el otro calcetín se había perdido en una aventura misteriosa dentro de la lavadora.

—Perfecto —dijo Vera—. Este será el Calcetín de los Deseos.

—¿Por qué un calcetín?

—Porque los calcetines guardan calor, y los deseos también. Además, nadie sospecha de un calcetín. Es el camuflaje ideal.

Nico se riĂł.

—Vale, señorita agente secreta.

Vera se sentĂł en el suelo con una libreta y un rotulador dorado.

—Escucha las reglas. En medianoche, justo después de las uvas, cada persona escribe un deseo para el año nuevo. Pero no vale pedir cosas gigantes como “una mansión con piscina de chocolate”. Tiene que ser algo que también haga bien a los demás. Respeto, ayuda, esas cosas.

—Uf, qué responsable —bromeó Nico—. ¿Y dónde va el papel?

—Al calcetín. Luego lo atamos con una cinta y lo dejamos debajo de la mesa. En silencio, como si fuera un secreto.

Nico se inclinĂł.

—¿Y lo mágico?

Vera levantĂł el rotulador como una varita.

—Cuando el reloj marque las doce y uno, cada uno saca un deseo… pero no el suyo. Saca el de otra persona. Y durante el año, intentará ayudar a que ese deseo se cumpla.

Nico abriĂł la boca.

—Eso… en realidad está genial.

Vera se puso muy seria, como si estuviera firmando un contrato invisible.

—Es un pacto de respeto. Porque para cumplir el deseo de otro tienes que escuchar, no reírte, no empujar tus ideas encima. Hay que cuidar los deseos como si fueran burbujas.

—¿Y si me toca un deseo raro? —preguntó Nico—. Como “quiero aprender a hablar con las plantas”.

—Entonces tendrás que hablar con las plantas con respeto —respondió Vera, y los dos se echaron a reír.

En la cocina, Vera presentĂł el ritual a la familia como si fuera un anuncio importante.

—Se llama “El Calcetín de los Deseos”. No se aceptan deseos egoístas ni bromas crueles. Y si alguien se ríe del deseo de otro… —Vera señaló con solemnidad— tendrá que lavar los platos de enero.

—¡Eso sí que es magia! —dijo su padre.

La abuela aplaudiĂł despacito.

—Me gusta. Suena a cariño con instrucciones.

Capítulo 3: La cuenta atrás y la pequeña sorpresa

Las horas avanzaron con ritmo de fiesta. Hubo villancicos tardĂ­os, una guerra amistosa de confeti y un intento fallido de Nico de bailar como si tuviera muelles en las rodillas.

A las once y cincuenta y cinco, la mesa estaba lista: platos, copas con refresco, y doce uvas para cada uno, contadas con la precisiĂłn de un detective.

Vera repartió trocitos de papel y lápices.

—Recordad: deseos amables, de esos que hacen el mundo un poquito mejor.

—¿Puedo pedir que Nico no me robe las patatas fritas? —preguntó Vera mirando a su hermano.

—Eso es un deseo de supervivencia —contestó Nico, ofendido.

Todos escribieron. Vera mordisqueaba el lápiz, pensando. Al final escribió con letra grande, redonda y segura: “Quiero aprender a respetar cuando estoy enfadada y no decir cosas que duelen”.

Se quedó mirando su frase. No era un deseo brillante como un cohete. Era más bien como una vela: pequeña, pero capaz de alumbrar.

Doblaron los papeles y los metieron en el calcetĂ­n del reno. Vera lo atĂł con una cinta azul, y lo colocĂł bajo la mesa, justo en el centro, como si fuera un tesoro escondido.

—¡Silencio de ritual! —susurró.

En la tele empezó la cuenta atrás. Las luces del árbol parecían acelerar. El salón se llenó de esa tensión alegre que hace cosquillas en la barriga.

—¡Diez! —gritó la familia.

—¡Nueve!

Vera sostuvo su racimo de uvas con cuidado. Su abuela le guiñó un ojo, como diciendo: “No corras”.

—¡Tres!

—¡Dos!

—¡Uno!

—¡Feliz Año! —gritaron todos a la vez, con uvas en la boca y risas pegajosas.

Hubo abrazos, brindis, y el gato de la casa, Lenteja, salió corriendo como si el Año Nuevo lo persiguiera.

Justo cuando el reloj marcĂł las doce y uno, Vera se agachĂł bajo la mesa.

—Momento calcetín —anunció.

Pero al alargar la mano, notĂł algo raro: el calcetĂ­n no estaba.

—¿Eh? —dijo, con la voz apretada—. ¿Dónde está el reno?

Nico se inclinó también.

—¿Seguro que lo pusiste aquí?

—¡Claro que sí! —Vera miró a su alrededor, el corazón haciendo tambor—. No es una broma, ¿verdad?

Su padre levantĂł las manos.

—Yo no he tocado nada. Lo juro por las uvas.

La madre miró al suelo y señaló un rastro: una cinta azul asomaba por detrás de la cortina, como una cola traviesa.

—Vera… creo que Lenteja ha celebrado el año a su manera.

La cortina se movió. Y, como si el salón fuera un escenario, apareció el gato con el calcetín en la boca, orgullosísimo. El reno parecía más sorprendido que nunca.

—¡Lenteja! —dijo Vera, mitad enfadada, mitad a punto de reír—. ¡Eso no se muerde! ¡Eso se respeta!

El gato soltó el calcetín y se sentó, como diciendo: “Yo solo participaba”.

Vera lo recogiĂł, lo sacudiĂł con cuidado. Los papeles seguĂ­an dentro.

La abuela se echĂł a reĂ­r con una risa suave.

—Hasta el gato quiere ayudar a cumplir deseos.

Vera respirĂł hondo. Luego se agachĂł y acariciĂł a Lenteja.

—Perdón por gritar. Estaba nerviosa. Gracias por devolverlo… aunque sea con dientes.

El gato ronroneĂł, como si aceptara la disculpa.

CapĂ­tulo 4: Deseos prestados y un pacto de respeto

Se sentaron en círculo en el salón. El calcetín en medio, como un pequeño tambor rojo. Afuera, en la calle, se escuchaban petardos lejanos y risas de vecinos.

—Regla principal —dijo Vera—: lo que leas, lo cuidas. No se juzga. No se burla. ¿Vale?

—Vale —respondieron todos, incluso Nico, que intentó parecer serio y solo consiguió parecer un pingüino elegante.

Uno por uno, metieron la mano en el calcetĂ­n sin mirar.

A Vera le tocĂł un papel doblado en cuatro. Lo abriĂł despacio.

“Quiero que en casa nos hablemos con más calma, incluso cuando tenemos prisa.”

Vera levantĂł la vista. Su madre la miraba con una sonrisa tĂ­mida.

—¿Era tuyo? —preguntó Vera.

La madre asintiĂł.

—A veces corro tanto que se me olvida que las palabras también tienen pies.

Vera apretĂł el papel contra el pecho.

—Yo puedo ayudarte. Puedo avisar cuando estemos acelerando. Y… puedo empezar por mí.

Nico abriĂł el suyo y se quedĂł muy quieto.

—Me ha tocado… “Quiero atreverme a pedir perdón cuando me equivoco.”

El padre levantĂł una mano como en clase.

—Ese era mío.

Nico se rascĂł la nuca.

—Vale. Pues… si te equivocas, te lo recordaré —dijo, y luego añadió— con respeto.

—Trato hecho —dijo el padre, y le dio un choque de manos.

La abuela abriĂł su papel y se le humedecieron un poco los ojos, pero de los bonitos.

—“Quiero pasar más tardes jugando y escuchando, sin mirar tanto el móvil.”

—Ese es mío —confesó Nico, bajando la mirada.

La abuela le puso una mano en el hombro.

—Ayudaré encantada. Tengo juegos de mesa que muerden menos que Lenteja.

La familia se riĂł.

Luego la madre leyĂł su deseo:

—“Quiero aprender a respetar cuando estoy enfadada y no decir cosas que duelen.” —Miró a Vera con ternura—. Este es tuyo.

Vera notĂł que se le calentaban las mejillas.

—Sí.

La madre no dijo “muy bien” ni “qué bonito”. Solo dijo algo mejor:

—Gracias por escribirlo. Yo te ayudaré. Si te enfadas, podemos respirar juntas. Y si un día dices algo feo… lo arreglamos. Sin gritos.

Vera asintiĂł, con un nudo suave en la garganta, de esos que no duelen.

Al final, todos guardaron el deseo que les habĂ­a tocado en un sobre. Vera dibujĂł un reno en cada sobre para que no se les olvidara de dĂłnde venĂ­a el pacto.

—Este año —dijo Vera— no solo cambiamos de calendario. Cambiamos un poquito de manera de tratarnos.

—Y también cambiamos de postre —anunció su padre—. ¡Saca el roscón!

Capítulo 5: Una mesa ordenada para un año brillante

Más tarde, cuando las risas se habían vuelto tranquilas y la tele ya hablaba de otra cosa, Vera miró el salón: confeti en el suelo, servilletas como barquitos naufragados, vasos por aquí y por allá.

La madre bostezĂł.

—Mañana recogemos. Ahora a dormir.

Vera se quedĂł mirando la mesa. RecordĂł su regla: respeto. Y el castigo de enero: lavar platos.

Se levantĂł despacito.

—Yo puedo dejarlo listo hoy —dijo—. Un ritual también puede ser esto.

Nico se desperezĂł.

—¿Tú? ¿Ordenar? ¿Te ha poseído el espíritu del reno?

—No. Me ha tocado el deseo de mamá. Más calma. Y… una mesa despejada da calma.

El padre se levantó también.

—Entonces hacemos equipo. Sin prisas.

La abuela señaló a Lenteja, que dormía en una silla como un rey cansado.

—El gato ya ha cumplido su parte: traer el calcetín. Ahora nos toca a nosotros.

Entre todos, recogieron. Vera dobló el mantel con cuidado, como si fuera una bandera de “misión cumplida”. Nico apiló los platos sin hacer la torre más alta del mundo, solo la necesaria. La madre guardó las sobras. El padre barrió el confeti que se resistía como si fuera pegamento de colores.

—Oye —dijo Nico, mirando a Vera—. Antes te habría dicho: “Qué pesada con tus rituales”. Pero… me ha gustado.

Vera le sacó la lengua, pero con cariño.

—Lo sé. Soy pesada profesional.

—Y respetuosa amateur —añadió él.

Vera se detuvo, sonriĂł.

—Practicaré.

Cuando terminaron, la mesa quedó limpia y ordenada. Sobre ella, Vera dejó el calcetín rojo bien doblado, como un recordatorio pequeño y valiente. La casa, de pronto, pareció respirar mejor.

Antes de irse a dormir, Vera se acercó a la ventana. La calle estaba más silenciosa. Quedaban pocos fuegos artificiales, como últimas chispas del año viejo diciendo adiós.

La abuela se colocĂł a su lado.

—¿Sientes algo? —preguntó.

Vera pensĂł un momento.

—Siento… como si el año nuevo fuera una libreta con páginas en blanco. Y nosotros acabamos de ponerle una primera frase.

—¿Cuál? —preguntó la abuela.

Vera mirĂł la mesa ordenada, el calcetĂ­n quieto, la familia cerca.

—“Aquí nos tratamos con respeto.” —Y luego añadió, sonriendo—. Y si el gato roba el ritual, se le perdona… pero se le vigila.

La abuela soltĂł una risita.

—Eso también es respeto.

Vera se fue a la cama con el sonido de su casa en calma: un último vaso colocado, un “buenas noches” suave, el ronroneo lejano de Lenteja. Y, en medio de todo, la sensación cálida de que la magia no siempre brilla como un cohete: a veces brilla como una mesa limpia y una promesa compartida.

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Mantel
Tela que se pone sobre la mesa para comer y protegerla.
Servilleta
Trozo de tela o papel para limpiarse la boca y las manos.
Presentadora
Persona que habla en la tele para contar noticias o eventos.
Broma
AcciĂłn o comentario para hacer reĂ­r, a veces sin maldad.
Fuente
Plato grande donde se sirve comida para compartir.
Parpadeaban
Cuando las luces se encienden y apagan muy rápido.
Ritual
Actividad que se hace siempre igual con un significado especial.
Camuflaje
Manera de esconder algo mezclándolo con su entorno.
CalcetĂ­n
Prenda que se usa en el pie dentro del zapato.
Pacto
Acuerdo entre personas para cumplir algo juntas.
Respeto
Tratar a los demás con cuidado y sin hacerles daño.
RonroneĂł
Ruido suave que hace un gato cuando está contento.
Naufragados
Dicho de algo que parece haber perdido en el agua, aquĂ­ usado como imagen.

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