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fantasía espacial 11/12 años Lectura 21 min.

El agente imperial y el panecillo de luz del Mar Astral

Un agente imperial con la habilidad de sentir el tejido del universo y su compañera mecánica ayudan a un niño sin insignia a investigar una grieta en el Mar Astral que amenaza las rutas y las memorias, enfrentándose a una sombra que devora conexiones.

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Un hombre — Nairo — determinado y concentrado, mirada resuelta, uniforme negro con bordes dorados y máscara de navegación con runas plateadas luminosas, sostiene una varita-láser que proyecta una hoja de luz azul-dorada; un niño de unos 11 años — Lio — preocupado pero valiente, con pelo castaño despeinado y ojos verdes, extiende las manos para insertar un pequeño nudo luminoso en el orbe central; cerca flota una esfera mecánica llamada Dama Kiri, del tamaño de una sandía, carcasa metálica pulida y ojos de cristal azul que emiten débiles halos; la sala del Núcleo muestra un gran orbe blanco flotante en el centro con anillos metálicos grabados que giran, paredes de metal y vidrio y cables luminosos como lianas; hilos negros en forma de tentáculos intentan alcanzar el orbe, creando contraste con los tonos cálidos del nudo y el brillo de las runas; escena dramática del momento en que Lio coloca el nudo y Nairo lo protege con su hoja de luz, en un estilo de composiciones en capas tipo papel recortado con texturas pegadas, bordes visibles, sombras proyectadas, colores vivos y contrastes nítidos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El agente que respiraba el vacío

En el Imperio de Lúmina, los mapas no se dibujaban con tinta, sino con constelaciones domesticadas. Y, aun así, había un lugar que seguía siendo infinito: el Mar Astral, un espacio tan negro que parecía recién inventado.

Allí flotaba Nairo Venn, agente imperial. No era el típico héroe de póster: no gritaba órdenes ni blandía espadas con fuegos artificiales. Su poder era más raro y, por eso, más útil: respiraba y observaba.

Su máscara de navegación tenía filtros de aire, sí, pero también runas grabadas en plata. Cuando Nairo inhalaba, las runas se encendían como luciérnagas obedientes y le traían señales: un cambio mínimo de gravedad, un susurro eléctrico, el rastro de una emoción pegada a una nave.

—Respira, Venn —murmuró su compañera de cabina, una esfera mecánica del tamaño de una sandía—. A mí no me entra oxígeno, pero me gusta cuando tú lo haces. Da sensación de… historia.

La esfera se llamaba Dama Kiri, porque ella insistió. Tenía ojos de cristal azul y una voz que podía sonar seria o burlona, según el día.

—No es por dramatismo —dijo Nairo, ajustando el cinturón de su silla—. Es que el Mar Astral no perdona a los distraídos.

La nave imperial, la Alción, avanzaba sin prisa, como si supiera que el infinito no se puede apurar. A su alrededor, cables de luz —corrientes de energía— se mezclaban con bancos de polvo estelar donde a veces nacían criaturas de pura chispa.

Nairo cerró los ojos un instante. Inhaló.

Sintió algo. Una punzada fría, como cuando te miran por detrás. Y luego… un olor imposible: pan tostado.

—¿Pan? —susurró, abriendo los ojos—. Eso no pertenece aquí.

Dama Kiri giró sobre sí misma, proyectando un mapa en el aire: estrellas, rutas, símbolos arcanos.

—Origen detectado: ningún horno cercano. Conclusión: magia.

En el mapa apareció un punto que parpadeaba. No era una estrella. Era una grieta.

—Orden imperial —recitó Kiri con voz solemne, imitando a los oficiales—: “Investigar anomalías que puedan alterar la armonía del tejido tecnomántico”.

—Traducción —dijo Nairo, sonriendo—: “Ve y averigua qué demonios pasa”.

Enderezó la espalda. El uniforme negro con bordes dorados le quedaba como una promesa. La insignia del Imperio brillaba en su pecho: un ojo rodeado de planetas.

—Vamos.

La Alción se deslizó hacia la grieta.

Capítulo 2: La grieta que cantaba

A medida que se acercaban, la grieta dejó de parecer un punto y se volvió una boca abierta en el espacio. No era una fractura hecha de rocas; era una rotura en la realidad, bordada con filamentos luminosos, como si alguien hubiera cosido el vacío con hilo de luna.

Y cantaba.

No con notas claras, sino con vibraciones que se colaban en los dientes. Nairo sintió que su corazón quería seguir el ritmo.

—Eso es… un hechizo antiguo —dijo, y le sorprendió que su voz saliera temblorosa.

—He escaneado treinta y siete bibliotecas del Imperio —repuso Kiri—. Ninguna tiene una canción así. Aunque… suena un poco a canción de cuna.

En la pantalla principal apareció una sombra moviéndose dentro de la grieta, lenta como un pez gigante en un lago oscuro.

—No me gusta —dijo Nairo—. Y cuando un agente imperial dice eso, normalmente el universo responde: “Me da igual”.

La nave cruzó la grieta.

El Mar Astral cambió. No se volvió de colores; eso habría sido demasiado fácil. Se volvió profundo. Como si todo tuviera un significado oculto.

Las estrellas parecían observarlos. Algunas tenían forma de ojos, otras de llaves. A lo lejos, un cometa dejaba una estela que olía a menta.

—Bienvenido al Tejido —dijo Kiri, bajando el volumen de su voz—. Aquí la ciencia y la magia no se mezclan… se trenzan.

Nairo respiró despacio. Las runas de su máscara se encendieron, dibujando líneas en el aire que señalaban corrientes invisibles.

En medio de esa inmensidad, algo brillaba como una ciudad hecha de espejos y cobre: una estación imperial. Pero estaba torcida, como si alguien la hubiera doblado con las manos.

En la entrada flotaba un cartel de luz: “Observatorio de Tramas: Acceso Restringido”.

—Eso es nuestro —dijo Nairo, frunciendo el ceño—. ¿Quién lo ha retorcido?

—Respuesta probable: la misma cosa que huele a pan tostado —contestó Kiri—. O un cocinero rebelde con muchos recursos.

Nairo soltó una risa corta.

—Aterrizamos.

La Alción se acopló con un chasquido metálico. En cuanto Nairo pisó el corredor, el aire le pareció más denso, cargado de chispas. Las luces parpadeaban como velas nerviosas.

De pronto, una puerta se abrió sola.

—Eso no es un buen detalle de bienvenida —dijo Nairo, llevándose la mano al cinturón donde guardaba su herramienta favorita: una vara-láser con punta de cristal rúnico.

Dama Kiri flotó a su lado, más cerca que de costumbre.

—Nairo… hay huellas. No de botas. De pies descalzos.

Él miró el suelo: marcas pequeñas, como de alguien que caminó con prisa y sin querer hacer ruido.

—¿Un niño? —susurró.

La estación volvió a cantar. La misma vibración de cuna.

Nairo tragó saliva y avanzó hacia el corazón del Observatorio.

Capítulo 3: La biblioteca de las órbitas vivas

El Observatorio de Tramas era famoso porque guardaba libros que no estaban hechos de papel, sino de órbitas: pequeñas trayectorias de luz que giraban alrededor de núcleos de memoria. Para leerlos, había que tocar el aire y seguir el camino con los dedos, como si se acariciara una espiral.

Nairo entró en la sala principal y se quedó quieto.

Miles de órbitas flotaban en columnas, pero muchas estaban deshilachadas, como si alguien hubiera tirado de los hilos. Entre ellas, una mesa estaba cubierta de migas.

—Pan tostado —dijo Nairo, con una mezcla de alivio y desconcierto—. Perfecto. La amenaza del Imperio… es el desayuno.

Dama Kiri se acercó a la mesa y analizó una miga.

—Composición: trigo, azúcar, canela. Y… polvo estelar. Eso no es normal ni en las cafeterías imperiales.

Un ruido suave llegó desde detrás de una estantería de órbitas. Nairo levantó la vara-láser, pero no la encendió.

—No quiero problemas —dijo con voz firme—. Soy un agente imperial. Si estás aquí, puedo ayudarte. Si estás destruyendo… también puedo ayudarte, pero de otra manera.

De detrás de la estantería asomó una figura pequeña: un muchacho, quizá de once o doce años, con el pelo revuelto y una capa demasiado grande. Sus ojos eran de un verde extraño, como si reflejaran auroras.

En las manos sostenía algo que parecía un panecillo, pero brillaba por dentro.

—No estoy destruyendo —dijo el chico, apretando el panecillo contra el pecho—. Solo… lo intento arreglar.

—¿Arreglar qué? —preguntó Nairo, bajando un poco el arma.

—El Tejido. Está rasgado. Y si se rasga más… se apaga todo. Las rutas. Las canciones. Los sueños de los planetas.

Dama Kiri emitió un pitido.

—Poético y alarmante. Me encanta y me asusta.

Nairo dio un paso lento.

—¿Quién eres?

El muchacho dudó, como si su nombre fuera una moneda valiosa.

—Me llaman Lio. No tengo insignia. No soy del Imperio. Me escondí porque… ellos cierran todo lo que no entienden.

—No cerramos —protestó Nairo, aunque no sonó muy convencido—. Protegemos.

—A veces es lo mismo con uniforme —dijo Lio, y se encogió de hombros—. Encontré esto en la grieta.

Le mostró el panecillo luminoso. Dentro, como en una gelatina de luz, se movían símbolos.

Nairo sintió el tirón de su máscara: las runas querían acercarse a ese objeto, como si lo reconocieran.

—Eso no es comida —dijo Nairo—. Es un nodo. Un… fragmento de trama.

Lio asintió, aliviado de que lo entendieran.

—Sí. Si lo pongo donde va, la estación se endereza. Pero necesito entrar al Núcleo. Y está sellado con códigos imperiales.

Dama Kiri giró, ofendida.

—Los códigos son elegantes. No son “sellos”, son…— se detuvo—. Vale, sí, son sellos.

Nairo miró al chico. Era un intruso, un riesgo, un problema que podía costarle el puesto. Pero también era alguien que estaba intentando sostener el universo con un panecillo brillante.

Respiró. Observó. Sintió el miedo debajo de la valentía de Lio, y eso lo hizo más real.

—Te ayudaré —dijo Nairo—. Pero tú me dirás toda la verdad.

Lio tragó saliva.

—Trato.

Capítulo 4: El Núcleo y la sombra sin nombre

El corredor hacia el Núcleo era un túnel de metal y cristal. Por las paredes corrían circuitos como enredaderas azules. Entre ellos, pequeñas runas se movían, cambiando de lugar como hormigas.

Nairo caminaba con calma, pero su mente iba rápido. Si aquel nodo era auténtico, alguien había arrancado un pedazo del Tejido. Eso no era una travesura. Era un crimen cósmico.

—¿Quién te perseguía, Lio? —preguntó.

El chico miró el suelo.

—No sé su nombre. Es… como una sombra con hambre. Se alimenta de conexiones. Donde pasa, las cosas se olvidan entre sí.

—Qué educado —murmuró Kiri—. Una sombra que come recuerdos. ¿Qué sigue, una tormenta que roba calcetines?

—No te rías —dijo Lio, molesto—. Ya se comió una ruta. Una nave se perdió y… nunca llegó a ninguna parte. Ni siquiera a la nada.

Nairo sintió un escalofrío. Había cosas peores que morir: desaparecer del mapa del universo.

Llegaron a una puerta circular con el sello del Imperio: el ojo y los planetas. Alrededor, un panel de códigos brillaba.

Dama Kiri se acercó.

—Déjame. Fui diseñada para discutir con cerraduras.

Sus ojos de cristal se enfocaron. Proyectó líneas, probó combinaciones, murmuró números como si fueran hechizos.

—Listo —dijo al cabo de unos segundos—. La puerta se abrirá. Y, por cierto, estaba usando una contraseña ridícula: “armonía123”.

—No es ridícula —defendió Nairo—. Es… optimista.

La puerta se abrió con un suspiro, como si hubiera estado conteniendo el aire.

Dentro, el Núcleo era una sala enorme con un orbe flotante en el centro. El orbe latía con luz blanca y, a su alrededor, giraban anillos de metal cubiertos de runas. Era el corazón del Observatorio, donde la ciencia calculaba y la magia cantaba.

Pero el corazón estaba enfermo.

Una mancha oscura se pegaba al orbe, como tinta viva. De ella salían hilos negros que mordían los anillos, rompiendo símbolos.

La estación tembló.

—Ahí está —susurró Lio—. La sombra.

La mancha se movió, como si los hubiera olido. Una voz sin boca llenó la sala:

“Lo unido… es delicioso”.

Nairo levantó su vara-láser y la encendió. Un haz azul vibró, pero no era solo luz: tenía runas girando dentro, como pequeñas estrellas.

—Soy Nairo Venn, agente imperial —dijo con voz clara—. Te ordeno detenerte.

La sombra rió. Sonó como papel rasgado.

“Ordena… al vacío”.

De pronto, un hilo negro se lanzó hacia Dama Kiri. La esfera chilló:

—¡Estoy siendo… mordida! ¡Eso es pésimo para mi reputación!

Nairo se movió sin pensar. Cortó el hilo con el haz rúnico. La sombra retrocedió, enfadada.

—¡Ahora! —gritó Nairo a Lio—. Pon el nodo.

Lio corrió hacia el orbe, pero otro hilo negro le cortó el paso. El chico se detuvo, temblando.

—No puedo…

Nairo respiró hondo. Observó: la sombra atacaba donde había miedo. Cada vez que Lio dudaba, los hilos crecían.

Se acercó al chico, sin dejar de mirar al enemigo.

—Mírame —dijo Nairo, más bajo—. El valor no es no tener miedo. Es caminar con él sin dejar que te mande.

Lio alzó la vista. Sus ojos verdes brillaron.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces… nos equivocamos juntos —respondió Nairo—. Eso también es valentía.

Dama Kiri, aún temblando, añadió:

—Y si morimos, por favor, que quede claro que yo estaba en contra.

Lio soltó una risa nerviosa. Y esa risa, pequeña pero verdadera, hizo que los hilos negros vacilaran.

—Voy —dijo.

Capítulo 5: El duelo de hilos y estrellas

Lio avanzó, apretando el nodo de trama. Nairo se colocó delante, como un escudo humano.

La sombra lanzó tres hilos a la vez. Nairo giró la vara-láser y cortó dos, pero el tercero se le enroscó en el brazo. Sintió un frío que no era temperatura, sino ausencia. Como si le arrancaran el recuerdo de su propio nombre.

—Nairo —dijo Kiri con urgencia—. ¡Te está borrando!

Él apretó los dientes. Buscó aire. Respiró.

Las runas de su máscara se encendieron con fuerza, y el recuerdo volvió: su madre enseñándole a mirar el cielo, la primera vez que juró servir al Imperio, el sonido de una campana en un puerto espacial.

No era solo nostalgia. Era ancla.

—No —gruñó, y tiró del hilo hacia sí.

La sombra se sorprendió. Nairo, en vez de huir, acercó el hilo al haz rúnico y lo quemó desde dentro. El humo negro olió a biblioteca vieja.

“Te atreves…”

—Me atrevo —dijo Nairo—. Para eso me entrenaron. Y para esto me hice agente: para que nadie desaparezca sin que alguien lo note.

La sombra se expandió, intentando cubrir el orbe. El Núcleo empezó a parpadear como una estrella a punto de apagarse.

Lio corrió por el lateral, buscando un hueco. Un hilo lo rozó, y el chico se tambaleó.

—¡No recuerdo…! —gimió—. ¡No recuerdo dónde ponerlo!

Nairo miró el orbe. Observó los anillos, las runas rotas, el patrón. No era un código de manual. Era una melodía. La estación cantaba una canción de cuna: repetía una secuencia, y en cada repetición faltaba un compás.

—¡La canción! —gritó Nairo—. Lio, ponlo donde la canción se queda sin aire.

Lio cerró los ojos un segundo, como si escuchara con todo el cuerpo. Entonces vio el hueco: una zona del anillo interior donde las runas se detenían, como un silencio.

Se lanzó.

La sombra chilló, intentando alcanzarlo. Nairo se interpuso y, en un gesto rápido, desconectó el seguro de su vara-láser. El haz se volvió más brillante, más salvaje.

—Kiri, dame energía extra —ordenó.

—Eso va a freír mis circuitos, pero… qué remedio —dijo la esfera, y soltó un chorro de luz desde su núcleo hacia la vara.

El haz rúnico se transformó en una cuchilla de luz con chispas doradas. Nairo golpeó el suelo, trazando una línea de runas activas alrededor de Lio, como un círculo protector.

La sombra chocó contra la línea y se retorció, enfurecida.

Lio llegó al orbe. Con manos temblorosas, pegó el nodo en el lugar del silencio.

Durante un instante, nada pasó.

Y entonces, el Núcleo respiró.

No como un ser vivo, sino como una máquina que por fin encuentra su ritmo. La luz blanca se llenó de colores suaves. Los anillos dejaron de chirriar y volvieron a girar con elegancia. La canción de cuna se completó, y el Mar Astral pareció, por primera vez, estar en paz.

La sombra se encogió, como si le faltara alimento.

“Lo unido… se defiende…”

—Claro —dijo Nairo, agotado—. Qué sorpresa.

Con un último temblor, la mancha negra se deshizo en partículas que el orbe absorbió y transformó en luz. No hubo explosión. Solo una limpieza silenciosa, como barrer el polvo de un estante.

Lio cayó de rodillas, respirando rápido.

—Lo logramos.

Dama Kiri flotó cerca de Nairo.

—Mis circuitos están enfadados. Pero admito que ha sido bastante épico.

Nairo apagó la vara-láser. Su brazo aún dolía donde el hilo lo tocó, pero su nombre seguía en su cabeza. Eso era suficiente.

Capítulo 6: Una promesa en el infinito

El Observatorio se enderezó poco a poco, como un barco que deja de hundirse. Las luces se estabilizaron. En la biblioteca, las órbitas rotas comenzaron a recomponerse, buscando su trayectoria como pájaros que regresan al nido.

Nairo y Lio volvieron a la sala principal. Las migas seguían en la mesa, pero ahora olían menos a urgencia y más a hogar.

—¿Qué eres, Lio? —preguntó Nairo, apoyándose en una barandilla—. No como insulto. Como… dato necesario.

Lio se sentó en el suelo, con la capa extendida como una manta.

—Mi gente vive en los bordes del Tejido. No tenemos naves grandes ni insignias. Aprendemos a escuchar las rutas, a sentir cuando una se enferma. Yo… me escapé para arreglar esto antes de que el Imperio lo sellara y lo olvidara.

Dama Kiri resopló, si es que una esfera puede resoplar.

—Sellar y olvidar suena mal, sí. Aunque a veces el Imperio solo está… cansado.

Nairo miró su insignia. El ojo rodeado de planetas parecía mirarlo a él también.

—El Imperio no es un monstruo —dijo despacio—. Pero puede actuar como uno si nadie le muestra otra forma.

Lio lo observó, desconfiado.

—¿Me vas a arrestar?

Nairo pensó en el expediente, en los superiores, en las palabras “intruso” y “amenaza”. Pensó en la sombra devorando rutas mientras los funcionarios discutían formularios.

Y pensó en la valentía: esa mezcla rara de miedo y movimiento.

—No —dijo al fin—. Te voy a escoltar fuera de aquí. Y luego… voy a informar la verdad: que este lugar se salvó porque alguien sin insignia tuvo el coraje de entrar cuando los demás no se atrevían.

Lio parpadeó, sorprendido.

—¿No te van a castigar?

—Tal vez —admitió Nairo—. Pero prefiero un castigo a un universo apagado.

Dama Kiri añadió, con tono teatral:

—Además, si lo castigan, yo presentaré una queja oficial. Con muchos adjetivos.

Caminaron hacia el puerto de acoplamiento. A través de una ventana, el infinito del Tejido se extendía como un tapiz brillante, con rutas que parecían ríos de luz.

Lio se detuvo.

—Nairo… gracias.

El agente imperial respiró. Observó el reflejo de los dos en el cristal: un hombre con uniforme y un chico con capa prestada. Dos puntos pequeños en un lugar sin final.

—No me des las gracias aún —dijo—. La valentía no es una misión de una vez. Es una costumbre.

Lio sonrió, y esa sonrisa parecía una estrella recién nacida.

Antes de subir a la Alción, Nairo se acercó a un panel de mantenimiento junto a la compuerta. Había un botón sencillo, sin runas, sin códigos, casi olvidado: “Reinicio Manual de Señal”.

Lo miró un segundo. Luego levantó la mano y lo presionó.

La estación emitió un pulso suave. Una señal clara se expandió por el Mar Astral, como un faro diciendo: “Aquí estamos. No estamos perdidos”.

Nairo retiró la mano. Un gesto simple. Y, sin embargo, el infinito pareció responder con un silencio agradecido.

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Constelaciones domesticadas
Grupos de estrellas que se cuidan o se usan como si fueran animales obedientes.
Tecnomántico
Mezcla de tecnología y magia; cuando máquinas y hechizos trabajan juntos.
Runas
Símbolos antiguos grabados que guardan poder o información especial.
Grieta
Apertura o ruptura en algo, como una fisura en la realidad.
Anomalías
Cosas que no siguen lo normal o esperado, algo raro que aparece.
Nodo
Punto donde se unen partes importantes de una red o sistema.
órbitas
Caminos que siguen objetos o luz alrededor de un centro, como círculos.
Núcleo
Parte central y más importante de una cosa, su corazón o centro.
Rastro
Señal o huella que deja algo al pasar, para poder seguirlo.
Compás
Parte de una canción que marca ritmo; un espacio con ritmo repetido.

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