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Cuento sobre la confianza en uno mismo 7/8 años Lectura 12 min.

Draco y la voz valiente

Mateo, un niño tímido, se enfrenta al desafío de contar historias en un teatro de títeres en la escuela, mientras aprende a superar sus miedos y a confiar en sí mismo con la ayuda de su títere, Draco. A lo largo de su aventura, descubre que la confianza se construye con pequeños pasos y risas compartidas.

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Un niño de 8 años, con el cabello castaño desordenado y ojos llenos de curiosidad, está en un pequeño escenario de madera, sosteniendo una marioneta de dragón azul en sus manos. Su rostro expresa una melancolía alegre, con una sonrisa tímida y mejillas ligeramente sonrojadas, mientras mira al público con determinación. A su lado, una niña de 7 años, con trenzas rubias, aplaude con entusiasmo, sus ojos brillando de apoyo y ánimo. Ella lleva un vestido colorido con lunares y se posiciona ligeramente adelante, como para alentar a su amigo. El decorado es un aula luminosa, con paredes pintadas de amarillo y carteles coloridos de dibujos infantiles. Las sillas de madera están dispuestas en semicírculo frente al escenario, y algunos padres sonrientes están al fondo, sosteniendo cámaras. La situación principal muestra al niño, un poco nervioso pero decidido, contando una historia con su marioneta, mientras el público lo escucha atentamente, creando una atmósfera cálida y alentadora. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un papel en la mesa

Mateo tenía siete años y una mesa llena de papeles. Papeles de colores. Papeles con dibujos. Papeles con ideas. Sus dedos olían a pegamento y a lápiz, y el corazón le latía como un tambor suave cuando pensaba en la noticia de la escuela.

—Mañana haremos el teatro de títeres —dijo la seño Ana—. Quien quiera, puede subir al escenario y contar una historia.

Mateo miró su dibujo de un dragón azul que volaba sobre la ciudad. Le encantaba dibujar. Le gustaba más escuchar que hablar en voz alta. Le gustaba más imaginar que estar en el centro.

En su casa todo pareció un poco más brillante aquella tarde. Su mamá le puso música y su papá le trajo una taza de chocolate tibio. Mateo sostuvo su dibujo y susurró:

—Me gustaría, pero... ¿y si se olvidan mis palabras? ¿y si me tiembla la voz?

Su mamá le acarició la cabeza. Su papá sonrió.

—Puedes probarlo paso a paso —dijo su papá—. No hace falta aprender todo de golpe.

Mateo miró la mesa otra vez. En ella había una caja con telas, botones y una media vieja que esperó su turno. La seño había dicho que cada uno podía crear su propio títere. Mateo sintió una ola de ganas. "Puedo hacerlo", pensó. "Pero, ¿puedo hablar delante de todos?"

Esa noche empezó con un gesto pequeño. Cortó con cuidado, pegó con cuidado. Hizo una boca que se movía si él la movía. Le dio ojos grandes al dragón. Le puso un botón brillante como gargantilla.

Con el títere en la mano, Mateo practicó una frase en voz baja.

—Hola, soy Draco —dijo mientras movía la boca de tela—. Hoy veremos un cuento.

La sala escuchó sus palabras: el reloj, la lámpara, el cojín. Todo parecía amigo. Mateo respiró, una vez, dos veces, y repitió la frase otra vez más fuerte. La voz le sonó rara y luego le sonó un poco valiente.

—Puedo intentarlo —murmuró—. Puedo intentarlo otra vez.

La repetición lo calmó. La repetición lo animó. Y así, con el títere que solo él conocía, Mateo guardó la frase en un bolsillo invisible.

Capítulo 2: Pequeños pasos

Al día siguiente Mateo llevó a Draco a la escuela. Los otros niños trajeron sombreros, cajones y marionetas de calcetín. El aula olía a tizas, a papel recién cortado y a pintura seca. La seño Ana dio palmaditas y lo anunció:

—Hoy vamos a practicar en grupos. No hay público grande todavía. Solo compañeros. Solo amigos.

Mateo se sentó en círculo. Su barriga apretó pero no dolió. Su amigo Lucas lo miró con cara de quien conocía un secreto.

—¿Vas a hablar? —preguntó Lucas con curiosidad—. Yo quiero poner la música.

Mateo asintió. Levantó a Draco y dijo la primera frase. Al principio la voz le salió como un susurro, pero los niños sonrieron.

—Hazlo otra vez —dijo la seño, suave—. Y ahora más alto, pero sin correr.

Mateo respiró como le enseñaron en gimnasia: inhala por la nariz, cuenta hasta tres, exhala por la boca. Practicó dos veces más. Cada vez la voz se hizo un poco más sonora. Se fue soltando. Draco movía la boca y bailaba un poco en sus manos.

Después la seño pidió que cada niño contara una parte. Mateo tenía solo tres líneas y le parecía un mundo. Hizo un error en la segunda. Olvidó una palabra y se quedó en silencio. El silencio le dio miedo, pero la seño sonrió y dijo:

—Si te equivocas, no pasa nada. Sigue.

Mateo miró al títere. El títere parecía decirle: "sigue". Así lo hizo. Las palabras volvieron. Los niños aplaudieron sin exagerar, con manos pequeñas y sinceras.

En el recreo, Mateo recordó el error y lo contó a su abuela por teléfono.

—Me equivoqué —dijo—. Y me dio vergüenza.

Su abuela rió con dulzura.

—Todos nos equivocamos —dijo—. Lo importante es levantarse. Como cuando te caes en la bici. ¿Recuerdas?

Mateo recordó la vez que aprendió a pedalear: muchas caídas, muchas risas, la mano de su papá sosteniéndolo. Pensó que hablar en público era como eso. Podía caerse un poco y alguien le ayudaría a levantarse.

Esa noche practicó otra vez con Draco. Esta vez, antes de empezar, cerró los ojos y tocó la tela suave del títere. Respiró. Abrió los ojos y dijo la primera línea en voz clara. Luego repitió la segunda. Y una vez más, la tercera. Cerró el acto con un aplauso fingido, sonrió y guardó a Draco en su cama.

Capítulo 3: El gran ensayo

Llegó el día del gran ensayo en el salón. Había una tarima baja y unas sillas ordenadas que parecían una pequeña plaza. Los padres podían venir al ensayo general. Mateo vio las caras conocidas en el público: mamá con la cámara, papá con una sonrisa y la abuela que agitaba la mano.

Su corazón latía fuerte. Pero se acordó de la respiración, del títere, de la mano en la bici. La seño pidió silencio y una a una las familias y niños fueron saliendo al escenario. Mateo esperó su turno. Recordó algo que le dijo la seño la semana pasada:

—Imagina que estás contando la historia a un amigo que está lejos y que te mira con mucha ilusión.

Mateo miró a la fila de sillas como si fueran amigos de verdad. Subió al escenario con Draco en la mano. La luz no era el sol, pero era cálida. Mateo respiró. Dijo: "Hola, soy Draco". Y su voz sonó firme. Vio a su mamá sonreír sin forzar nada. Vio a su papá asentir con orgullo. Draco dijo su primera frase y la segunda y la tercera.

A mitad del acto, cuando Draco tenía que decir una broma, a Mateo se le olvidó la palabra. Un silencio pequeño cayó, como una nube que parece grande y luego se disuelve. Mateo sintió los ojos en él. Podía escoger quedarse quieto. Podía escoger salir corriendo. Pero entonces escuchó una risa ligera desde el público: fue Lucas, que no paró de sonreír. Y escuchó un "vamos" susurrado por la seño.

Mateo miró a Draco y le susurró: "Dile algo sobre tus escamas". No sabía si eso era lo correcto, pero sonó a Draco. Y la broma que dijo fue diferente, improvisada, y la risa vino más fuerte. Mateo se río con ella. El público aplaudió al final de todo, y la seño lo abrazó cuando bajó de la tarima.

—Lo hiciste —dijo la seño—. No porque todo saliera perfecto, sino porque lo intentaste y seguiste.

Mateo pensó en las caídas de la bici y en las palabras que se le escapan como peces. Se sintió como si hubiera aprendido una nueva forma de respirar. Se sintió más alto por dentro.

Capítulo 4: Dormir con un héroe de tela

Esa noche, en su cama, Draco esperaba con los ojos de botón. Mateo se puso el pijama con dinosaurios y cerró las cortinas. La luna colgaba como una moneda plateada. Antes de dormir repasó lo ocurrido en el día en un pequeño álbum invisible: la mesa de papeles, la seño, el ensayo, la risa, el olvido, la solución.

Su mamá se sentó al borde de la cama y le leyó un cuento corto sobre un ratoncito que aprendía a bailar. Cuando llegó a la parte donde el ratoncito se cae y se levanta, Mateo susurró:

—El ratón tenía práctica.

—Sí —dijo su mamá—. Y tú también.

Mateo apretó a Draco contra el pecho. El terciopelo de la tela le olía a pegamento seco y a dibujos. Su respiración se volvió lenta. Empezó a recordar las pequeñas reglas que le habían ayudado:

- Respirar primero.

- Intentarlo en voz baja.

- Pedir ayuda si la necesitas.

- Reír cuando sucedan cosas raras.

- Volver a intentarlo.

Repitió esas frases como si fueran pasos de baile. Una a una se hicieron menos grandes y más amigas. El pecho le dolió apenas de alegría.

—¿Crees que podré volver a hablar en público? —preguntó con ojos semibajos.

Su mamá le besó la frente.

—Sí —dijo—. Y cada vez será un poco más fácil.

En la oscuridad, Mateo escuchó el zumbido suave del ventilador y los pasos tranquilos de la casa. Imaginó su voz como una cuerda que se va tensando con cuidado, y que puede relajarse también. Imaginó a Draco en la escuela contando historias con amigos. Imaginó a Lucas poniendo música y a la seño aplaudiendo con las manos como si fueran pequeñas barcas en el agua.

Antes de dormirse, Mateo dijo en voz baja al títere:

—Gracias por ayudarme. Gracias por dejar que mi voz salga.

Y Draco, que no habla fuera de las manos de Mateo, pareció sonreír con su boca de tela.

La noche se hizo un manto suave. Mateo cerró los ojos y soñó con colores: un dragón azul que contaba cuentos a una plaza llena de niños, con voces distintas, con risas distintas. Soñó con pasos pequeños que se convirtieron en caminos.

A la mañana siguiente, en la mesa de la cocina, su papá le puso un pan tostado y una luna de mermelada. Mateo miró su reflejo en la ventana. Sorprendido, se vio con un poco más de luz dentro. Sonrió y dijo en voz alta, sin títere, una sola frase:

—Puedo.

La casa contestó con un eco cariñoso: la sartén, el gato, la misma ventana. Fue una respuesta sencilla y clara. Mateo se comió su pan. Empezó a preparar sus papeles y su mochila. El teatro de títeres no había terminado; era apenas un paso más en la lista de cosas que aprender.

Y así Mateo aprendió que la confianza no es un gigantesco cohete que aparece de la nada. La confianza son pequeños pasos, respiraciones y risas. La confianza es intentar, otra vez, una y otra vez, con amigos cerca y con un títere que te sostiene. La confianza es saber que puedes equivocarte y seguir.

Antes de salir, Mateo tomó a Draco, le abrió la boca de tela y le susurró:

—Hoy cuento otra historia. Y si nos equivocamos, contamos la siguiente.

Y con eso, salió hacia la escuela con el corazón un poco más valiente, con la mochila llena de papeles y con la certeza cálida de que cada intento suma.

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