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Cuento de Astronauta 11/12 años Lectura 13 min.

Dieciséis atardeceres y un tornillo fugitivo: aventuras de la comandante Vega en el espacio

La comandante Vega, desde la Estación Espacial, comparte con una niña sus rutinas y aventuras —comida, ejercicio, reparaciones y experimentos— mientras reflexiona sobre el lugar del ser humano en el universo.

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Mujer astronauta adulta de cabello corto castaño, expresión dulce y contemplativa, traje espacial gris claro con parches coloridos, sentada y sujeta con una correa en el borde de la cúpula mirando la Tierra por una amplia ventana circular; hombre adulto (Malik), sonriente con barba corta y mono de trabajo azul oscuro, flota detrás con una caja de herramientas sujeta por una cuerda; niña (Lía), unos 10 años, con trenza, aparece sonriendo y saludando desde la pantalla de una tableta junto a la astronauta. Interior de la estación: cúpula metálica con acolchados blancos, paneles con luces verdes y naranjas, velcros y redes para objetos, algunos instrumentos y una pequeña planta fijada al muro; vista clara de una Tierra azul y blanca con un borde de horizonte anaranjado. Escena tranquila y cálida, luz suave terrestre, objetos flotando lentamente, atmósfera de curiosidad y protección. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Ventanas hacia la Tierra

La comandante Vega flotaba despacio, como si el aire fuera miel invisible. En la Estación Espacial, cada empujón con un dedo era un pequeño despegue. Se acercó a la cúpula, esa ventana redonda donde la Tierra parecía una canica azul con remolinos blancos.

—Buenas noches, planeta —susurró.

A su lado, la tableta mostraba la lista del día: revisar filtros de agua, observar el crecimiento de unas plantas, ejercicio, comunicación con el centro de control. Todo ordenado como un cuaderno con márgenes perfectos.

Pero esa noche, mientras el Sol se escondía y volvía a salir en cuestión de minutos, Vega sintió una pregunta rebotándole dentro, como una pelota en gravedad cero: “¿Qué lugar ocupa un ser humano en un universo tan inmenso?”

—¿Estás pensativa otra vez? —preguntó Malik, su compañero, entrando con una bolsa de herramientas que parecía una nube llena de tornillos.

—Solo… estoy mirando —dijo Vega—. Es como si la Tierra fuera a la vez enorme y pequeñísima.

Malik sonrió y se agarró a una barra para no salir disparado.

—Eso es lo bonito. Y lo difícil. Aquí arriba, uno aprende a ser humilde.

En el auricular, una voz infantil apareció desde el espacio de abajo, como un hilo de luz.

—¡Hola, comandante Vega! Soy Lía. Hoy me toca hacerte preguntas para la escuela.

Vega se acomodó, enganchando los pies en unas correas.

—Hola, Lía. Dispara… pero con cuidado, ¿eh? Aquí todo se dispara sin querer.

Lía se rió.

—Primera pregunta: ¿qué hace exactamente una astronauta?

Vega miró la lista y luego la Tierra.

—Ser astronauta es ser muchas cosas: científica, mecánica, exploradora, y también compañera. Pero sobre todo es ser alguien que se prepara muy bien para cuidar a los demás y a la nave. Aquí no improvisamos por capricho. Planificamos, comprobamos y volvemos a comprobar.

—Como cuando mi mamá revisa dos veces que llevo la llave —dijo Lía.

—Exacto —respondió Vega—, solo que nuestra “llave” puede ser el oxígeno.

Capítulo 2: El desayuno que se escapa

A la mañana siguiente —o lo que aquí llamaban mañana—, Vega abrió un paquete de comida. De él salió una bolita de puré que flotó con entusiasmo, como si quisiera explorar por su cuenta.

—¡Eh, vuelve aquí! —Vega intentó atraparla, pero la bolita se escabulló y se pegó al borde de una libreta.

Malik la señaló con un dedo, divertido.

—Tu desayuno está haciendo una caminata espacial.

Vega la recogió con una servilleta, con delicadeza.

—Por eso comemos con cuidado y limpiamos todo —dijo—. Una migaja puede meterse en un ventilador o en un panel y causar problemas. En el espacio, lo pequeño también importa.

La voz de Lía volvió en la llamada programada.

—¿Y cómo comen? ¿Y cómo duermen?

Vega se sujetó a la mesa con un gancho y mostró su paquete.

—La comida viene en bolsas o en recipientes. Algunas cosas están deshidratadas: les añadimos agua y listo. No hay platos que se queden quietos, así que todo tiene cierre o velcro. Y bebemos con pajitas en bolsas, como si fueran cantimploras blandas.

—¿Y dormir? —insistió Lía.

Vega señaló una cabina estrecha, como un armario acogedor.

—Dormimos en sacos sujetos a la pared. Si no, flotaríamos por ahí y podríamos chocar con algo. A veces sueñas que vuelas… y te despiertas y dices: “Ah, era verdad”.

Malik intervino:

—Aunque roncar en gravedad cero es igual de molesto.

—¡Malik! —Vega fingió indignación—. Eso no se demuestra con pruebas científicas.

Lía soltó una carcajada desde la Tierra.

Vega aprovechó para añadir, seria pero cálida:

—Dormir bien también es parte del trabajo. Si estás cansada, cometes errores. Y aquí arriba, un error puede costar muy caro.

Capítulo 3: La cinta de correr y el corazón valiente

Más tarde, Vega se ató con arneses a la cinta de correr. Cada paso era un golpe suave, como si la estación tuviera un tambor escondido. Unas bandas elásticas tiraban de sus hombros para simular el peso que la Tierra regala sin que lo notemos.

—¿Por qué haces deporte si ya flotas? —preguntó Lía en la siguiente conexión—. Parece más divertido no hacerlo.

Vega respiró hondo, sin perder el ritmo.

—Porque el cuerpo es listo, y en el espacio decide: “Si no necesito huesos fuertes, ¿para qué gastarme?” —explicó—. Los músculos se debilitan y los huesos pierden minerales. El ejercicio es nuestra medicina diaria. Una astronauta entrena el cuerpo y la mente.

—¿La mente también? —dijo Lía.

—Claro. Practicamos procedimientos, aprendemos a resolver problemas, a trabajar en equipo y a mantener la calma. Antes de venir aquí, pasé años entrenando: en piscinas enormes para simular caminatas espaciales, en simuladores que imitan fallos, y en lugares fríos y lejanos para aprender a vivir con pocas cosas.

Malik pasó flotando con una toalla.

—Y aprendió a arreglar un baño espacial sin llorar. Eso sí que es heroicidad.

Vega se rió, casi se le escapó el aire.

—El baño espacial merece respeto. Funciona con succión, como una aspiradora cuidadosa. Todo está pensado para que no haya desastres flotantes. La higiene también es seguridad.

Lía hizo una pausa, como si imaginara la escena.

—Entonces, ser astronauta no es solo mirar estrellas.

—Mirar estrellas es un premio —dijo Vega—. Pero el camino es trabajo constante.

Mientras corría, Vega pensó otra vez en su pregunta grande. En la Tierra, la gente se siente enorme en sus problemas. Aquí arriba, los problemas se ven pequeños… pero también se ve lo valiosa que es cada persona.

Capítulo 4: Un tornillo con ganas de perderse

Ese mismo día, sonó una alarma suave: un panel del sistema de reciclaje de agua necesitaba revisión. El agua en la estación era un tesoro que se cuidaba como si fuera oro líquido. Se filtraba, se limpiaba, se reutilizaba.

—Vamos —dijo Vega, poniéndose guantes—. Esto es importante.

Malik sujetó una caja de herramientas. Cada herramienta tenía una cuerda corta para que no se escapara.

—Herramienta suelta, problema seguro —recitó, como si fuera un refrán.

Vega abrió el panel y empezó a seguir el procedimiento en la pantalla: paso uno, comprobar presión; paso dos, revisar conexiones; paso tres, cambiar filtro. Todo tenía un orden, como una receta.

En un momento, un tornillo se soltó demasiado pronto.

—¡No, no, no…! —Vega estiró la mano, pero el tornillo salió flotando, orgulloso, hacia una rejilla.

Malik reaccionó rápido y lo atrapó con una pinza imantada.

—Tornillo capturado —anunció—. El fugitivo vuelve a prisión.

Vega exhaló, aliviada.

—Gracias. Aquí un tornillo puede convertirse en una bola peligrosa. Por eso hacemos todo con calma y con checklist.

Lía, escuchando desde abajo, preguntó:

—¿De verdad todo está en listas?

Vega asintió, aunque Lía no podía verla.

—Sí. Las listas no son para gente que no sabe. Son para gente responsable. Cuando estás emocionada o cansada, una lista te recuerda lo esencial.

Terminaron el cambio de filtro y comprobaron el flujo de agua.

—Sistema estable —dijo Vega—. Buen trabajo en equipo.

Malik chocó suavemente su guante contra el de ella, como un “cinco” flotante.

En la cúpula, más tarde, Vega miró la Tierra otra vez. Pensó en ríos, en grifos, en lluvia. Aquí arriba, cada gota tenía historia.

—Somos visitantes —murmuró—. Y la casa de verdad está ahí.

Capítulo 5: Jardín sin suelo y la pregunta enorme

En el módulo de experimentos, unas plantas crecían en pequeñas almohadillas húmedas, iluminadas por luces rosadas. No había tierra bajo las uñas, pero sí hojas verdes apuntando con valentía.

—Se ven raras —opinó Malik—. Como si estuvieran en una discoteca vegetal.

Vega revisó los datos.

—Crecen diferente porque la gravedad cambia cómo se mueve el agua y cómo las raíces “deciden” hacia dónde ir. Estudiarlas nos ayuda a entender cómo cultivar comida en viajes largos… y también cómo mejorar cultivos en la Tierra.

Lía apareció otra vez en el auricular, con voz más suave, como si ya estuviera en pijama.

—Comandante… ¿no te da miedo estar tan lejos?

Vega miró las hojas y luego la negrura preciosa del espacio detrás del cristal. Las estrellas no parpadeaban; brillaban firmes, como puntos de tiza en un pizarrón infinito.

—A veces sí —admitió—. El miedo es como una alarma: te recuerda que debes ser cuidadosa. Pero no me quedo solo con el miedo. Lo acompaño con preparación. Entreno, reviso, pregunto, coopero. Aquí nadie es “superhéroe” sola.

Lía guardó silencio un segundo.

—Y… ¿por qué venís al espacio?

Vega se quedó pensando. Su gran pregunta volvió, pero ya no pesaba tanto. Era como una cometa: grande, sí, pero sostenida por un hilo.

—Venimos para aprender —dijo—. Para entender nuestro planeta, para mejorar tecnologías, para descubrir cómo funciona el cuerpo, la materia, la vida. Y también para recordar algo importante: la Tierra es un lugar frágil y precioso. Desde aquí no se ven fronteras, solo una esfera con nubes.

Malik añadió:

—Y para que niños como tú hagan preguntas difíciles.

—¿Y cuál es tu lugar en el universo? —preguntó Lía, directa.

Vega sonrió con ternura.

—Soy una persona pequeña haciendo un trabajo pequeño… que se vuelve grande cuando lo hacemos juntas muchas personas. Mi lugar es donde puedo ser útil, aprender y cuidar. Eso me basta.

Capítulo 6: La noche de los dieciséis atardeceres

Al final del “día”, la estación entró otra vez en sombra. La Tierra se oscureció por un lado y un borde naranja la acarició como un lápiz de fuego. Vega contó uno, dos, tres… aquí arriba había muchos atardeceres, como páginas pasadas muy rápido.

Antes de dormir, hizo la última ronda: cerrar paneles, asegurar objetos, comprobar que las bolsas de basura estaban selladas, confirmar la próxima comunicación. Malik le pasó una linterna.

—¿Lista para la poesía del espacio? —bromeó.

—Si por poesía te refieres a los pitidos del control, sí —respondió ella.

Se metió en su cabina y se sujetó dentro del saco de dormir. Al cerrar la cremallera, sintió el silencio como una manta.

La voz de Lía llegó por última vez, ya con sueño.

—Gracias por responder. Mañana le cuento a la clase lo del agua y las listas… y lo del tornillo fugitivo.

Vega se rió bajito.

—Diles también que los sueños se construyen paso a paso. Y que la seguridad no es aburrida: es lo que permite volver a casa.

—¿Volverás pronto?

Vega miró una foto pegada con velcro: su familia en un parque, el cielo de la Tierra detrás.

—Sí. Y cuando vuelva, abrazaré el aire, la lluvia y el suelo como si fueran un tesoro.

Lía bostezó.

—Buenas noches, comandante.

—Buenas noches, Lía. Buenas noches, Tierra.

Vega apagó la luz. En la oscuridad, su pregunta sobre el universo ya no era un abismo, sino un camino. Había aprendido que ser humana no era ser enorme, sino ser consciente, cuidadosa y capaz de colaborar.

Cerró los ojos y, antes de quedarse dormida, se dijo a sí misma, con la calma de quien ha trabajado con seriedad:

“j'ai fait de mon mieux”.

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