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Cuento sobre la discapacidad 11/12 años Lectura 15 min.

Bruno y el colegio de todos

Bruno, un niño con muleta, supera inseguridades y participa en el colegio con la ayuda de sus amigos y profesores, mientras descubre la importancia de proponer cambios para que todos se sientan incluidos.

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Un niño de 12 años, pelo castaño corto con pecas, sonrisa concentrada y algo orgullosa, viste camiseta verde y vaqueros y usa una muleta con la punta envuelta en cinta adhesiva plateada, está de pie frente a la clase mostrando la foto de una gran rana mientras explica los ecosistemas del arroyo; a su izquierda, Inés, una niña de 12 años de pelo rizado castaño, sentada en una mesa, mira alentadora con el pulgar hacia arriba; detrás, Marcos, niño de 12 años de pelo negro corto, sostiene un rollo de cinta metálica y sonríe pícaro; la profesora Clara, mujer de unos 30–35 años con el pelo recogido y pendientes de estrella, observa con benevolencia junto a la pizarra; el aula es luminosa con suelo de parquet claro, pizarra con dibujos de algas y peces, un gran mural científico colorido en la pared trasera, pósteres de ecosistemas y una silla vacía al frente; la clase escucha y aplaude suavemente, con luz cálida sobre el presentador y una atmósfera acogedora e inclusiva. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El pasillo de los ecos

A Bruno le gustaba llegar al colegio un poco antes que los demás. Así los pasillos parecían más anchos, como si respiraran. Las luces del techo zumbaban suave y el conserje, Don Julián, le guiñaba un ojo desde su mesa.

—Hoy vienes con cara de detective —dijo Don Julián.

Bruno sonrió y avanzó con su muleta haciendo “toc, toc” sobre el suelo. Ese sonido era suyo, como una firma. A veces le molestaba que la gente mirara primero la muleta y después su cara, pero en el colegio se sentía… casi entero. Allí tenía su rincón en la biblioteca, su equipo en Ciencias y la sensación de que los días, aunque fueran normales, podían traer algo interesante.

Ese lunes, sin embargo, el “toc, toc” se mezcló con otro sonido: “crac”.

Bruno se quedó quieto. Miró la punta de goma de la muleta. Estaba abierta, como una boca cansada.

—No, no, no… —murmuró.

En la puerta del aula, su amiga Inés levantó la mano en señal de saludo.

—¿Qué te pasa? Tienes cara de “se me ha caído el bocadillo al suelo”.

—La goma de la muleta se ha rajado. Si resbala… —Bruno no terminó la frase. Imaginó una caída tonta delante de todos, y el calor en las orejas.

Inés se agachó a mirar la goma, como si fuese un problema de matemáticas.

—Esto se arregla. Mi padre tiene herramientas. Y si no, podemos pedir una en secretaría.

Bruno tragó saliva. Pedir ayuda siempre le dejaba una sensación rara, como si estuviera entregando una parte de su independencia.

—Ya… —dijo, pero no se movió.

En ese momento apareció la profe Clara, con su carpeta y sus pendientes de estrella.

—Buenos días, equipo. —Al ver la muleta, bajó la voz—. Bruno, ¿quieres que lo miremos juntos?

Bruno asintió. Y aunque le daba vergüenza, notó algo importante: nadie se reía. Solo estaban ahí. Como cuando alguien olvida el estuche y otro le presta un boli.

Capítulo 2: Un plan con cinta adhesiva

En el recreo, Bruno se sentó en el banco de siempre, cerca del mural de ciencias. Inés y Marcos llegaron con el bocadillo a medio morder.

—He hecho una investigación rápida —dijo Marcos, sacando del bolsillo un rollo de cinta adhesiva—. Mi madre dice que la cinta lo arregla todo. Hasta el corazón roto.

—Eso último es mentira —contestó Inés—. Pero para la goma puede servir un rato.

Bruno miró la cinta con una mezcla de esperanza y duda.

—No quiero que parezca un parche de… no sé, de desastre.

—¿Desastre? —Marcos abrió los ojos—. Si lo llevas tú, es un parche de superhéroe. “Muleta Turbo 3000”.

Bruno soltó una risa pequeña, como una burbuja que se escapa.

Se pusieron manos a la obra. Inés sujetó la muleta con cuidado y Marcos dio vueltas con la cinta, concentrado como si estuviera desactivando una bomba.

—Listo —anunció al final—. Elegante y discreto.

La cinta, en realidad, brillaba un poco. Parecía una pulsera plateada en el pie de la muleta.

Bruno apoyó el peso despacio. No resbaló.

—Funciona —dijo, sorprendido.

Inés le dio un codazo suave.

—¿Ves? Y ahora, misión importante: hoy en Lengua hay exposición oral. ¿Has ensayado?

Bruno se quedó serio.

—Sí, pero… me da cosa. Cuando estoy delante, siento que todos miran mi pierna.

—Yo también siento que me miran —dijo Marcos—. Sobre todo cuando me equivoco y digo “photosíntesis” como si fuera un hechizo.

Inés añadió:

—La gente mira muchas cosas. Pero tú vas a hablar de los ecosistemas del río. Si lo haces como ayer, se les va a olvidar hasta dónde están sus manos.

Bruno respiró hondo. Le gustaba su tema. Se lo sabía. Lo había preparado con cariño, con fotos y datos, y hasta una anécdota del día que vio una rana enorme.

Aun así, una parte de él pensaba: “Soy el chico de la muleta”.

Y otra parte, más silenciosa, contestaba: “Soy Bruno. Y también tengo una muleta. No es lo mismo”.

Capítulo 3: La exposición y la silla que faltaba

Cuando llegó la hora de Lengua, la profe Clara colocó una silla cerca del frente.

—Por si alguien quiere apoyarse durante las exposiciones —dijo con naturalidad, como quien abre una ventana.

Bruno notó un nudo en el estómago. No sabía si alegrarse o esconderse debajo de la mesa.

Le tocó tercero. Antes, salió Nora y recitó un poema sin respirar. Luego Marcos habló de un libro de aventuras y dijo “mapa del tesoro” con tanta emoción que casi se le cayó el folio.

—Y ahora, Bruno —anunció la profesora.

Bruno caminó hasta el frente. El aula parecía más grande de lo normal. La cinta plateada en la muleta brilló como si quisiera llamar la atención.

Se colocó junto a la silla. Dudó.

Inés, desde su asiento, le hizo un gesto con el pulgar: tú puedes.

Bruno empezó:

—Hoy voy a hablar del río que pasa cerca de mi casa. No es un río famoso, pero está lleno de vida…

Mientras hablaba, su voz se fue asentando. Contó cómo las plantas de la orilla ayudan a que el agua esté más limpia, cómo los insectos son comida para los peces, y cómo todo está conectado. Sacó una foto de una rana y la clase hizo “oooh”.

—Esa rana me miró como si yo le debiera dinero —bromeó.

Algunos se rieron. Incluso la profe Clara.

En la mitad, Bruno sintió que la pierna le dolía un poco. Miró la silla. La usó. Se sentó solo un momento y siguió, sin dejar de explicar. Nadie dijo nada raro. Nadie lo señaló.

Cuando terminó, se hizo un silencio breve. Luego llegaron los aplausos, primero tímidos y después más seguros.

—Me ha gustado que hablaras con tanto detalle —dijo la profesora—. Se nota que te interesa de verdad.

Bruno volvió a su sitio con el pecho más ligero.

Marcos susurró:

—Rana cobradora. Me lo apunto.

Inés le sonrió.

—¿Ves cómo no eres “el chico de la muleta”? Eres “el chico que casi se pelea con una rana”.

Bruno se rió otra vez. Y se dio cuenta de que, por un rato, él mismo se había olvidado de la muleta.

Capítulo 4: El día de Educación Física

El jueves tocaba Educación Física, y Bruno lo sabía desde el lunes. No era que odiara la asignatura, pero era como entrar en una habitación donde las comparaciones se colaban por debajo de la puerta.

El profe Dani reunió a la clase en el gimnasio.

—Hoy haremos una estación de habilidades —explicó—. Saltos, equilibrio, lanzamientos… y trabajo en equipo. Lo importante es mejorar, no ganar.

Bruno miró las cuerdas, los conos y una barra baja para equilibrio. Pensó en su muleta, en su pierna, en cómo algunos ejercicios le costaban más.

El profe se acercó.

—Bruno, tú eliges. Podemos adaptar las estaciones. ¿Te apetece ser capitán de estrategia? Eso también es deporte.

Bruno apretó los labios. Ser “capitán de estrategia” sonaba bien… pero también sonaba a quedarse fuera.

—Quiero intentarlo —dijo—. Pero… a mi manera.

—Esa es la mejor manera —respondió el profe Dani.

En la estación de equilibrio, Bruno pasó más lento que los demás. Marcos, que iba detrás, se movía como si la barra fuese una cuerda floja de circo.

—Si me caigo, que alguien grabe para hacerme famoso —bromeó.

Bruno se concentró. Paso, apoyo, respiración. No fue perfecto, pero llegó al final.

En lanzamientos, Inés le pasó una pelota más ligera sin decirlo en voz alta, como un acuerdo secreto. Bruno acertó en la diana dos veces seguidas.

—¡Toma ya! —exclamó, y se sorprendió de su propia alegría.

En la última estación había un juego de relevos. El profe Dani propuso una variante:

—Cada equipo decide cómo repartir el recorrido. Puede ser por turnos cortos, puede ser con pases de balón… Pensad.

Bruno levantó la mano.

—¿Podemos hacerlo con un “relevo de ideas”? Uno corre, otro hace una tarea, otro resuelve una mini-pregunta. Así todos aportamos distinto.

Hubo un murmullo. A Bruno le temblaron un poco los dedos, por miedo a que se rieran.

Pero Marcos dijo:

—A mí me encanta. Yo corro poco, pero pienso rápido.

Inés añadió:

—Y yo puedo hacer los pases.

El profe Dani sonrió.

—Eso es trabajo en equipo de verdad.

El juego fue un caos divertido. Alguien se equivocó en una pregunta de capitales y dijo “Barcelona es un planeta”. Se rieron sin maldad, y volvieron a intentarlo.

Bruno terminó sudado, cansado y contento. No había sido el más rápido, pero había sido parte del equipo de una forma real.

Al salir del gimnasio, sintió que algo dentro de él se acomodaba, como un libro bien puesto en la estantería.

Capítulo 5: Una conversación en la biblioteca

Ese mismo día, Bruno fue a la biblioteca después de clase. Era su refugio: olía a papel y a silencio amable.

La bibliotecaria, Marta, le saludó con un “hola” suave.

Bruno se sentó en su mesa y sacó su cuaderno. Quería escribir ideas para un trabajo, pero se quedó mirando la muleta apoyada en la silla.

Inés llegó con dos libros.

—Te he traído uno de ríos y otro de… ¿adivina? —Le enseñó la portada—. Ranas.

—Perfecto —dijo Bruno—. Así sabré si me quieren cobrar otra vez.

Inés rió y luego se puso seria.

—Oye… el otro día, cuando te sentaste durante la exposición… ¿te molestó?

Bruno pensó un momento.

—Me dio vergüenza al principio. Como si al sentarme estuviera diciendo “mirad, no puedo”.

Inés apoyó el codo en la mesa.

—¿Y ahora qué piensas?

Bruno miró alrededor: un grupo de primero de la ESO hacía un trabajo en voz baja; un chico con gafas buscaba un libro muy alto y se estiraba de puntillas.

—Ahora pienso que sentarme fue… inteligente. No dejé de explicar. Solo cuidé mi cuerpo.

Inés asintió.

—Eso no te hace menos. Te hace tú.

Bruno se quedó en silencio y después dijo algo que llevaba días rondándole:

—A veces siento que mi muleta habla antes que yo.

—Entonces habrá que enseñarle a esperar —respondió Inés—. Tu voz va primero.

Bruno sonrió. Le gustó esa frase.

Mientras salían, vieron un cartel en el tablón: “Propuestas para mejorar el cole. Buzón de ideas”.

Marcos apareció de la nada, como si viviera en los pasillos.

—¿Mejorar el cole? Yo propongo que los deberes sean opcionales y que la cantina venda helado en invierno —declaró.

—Tu propuesta es peligrosa —dijo Inés.

Bruno se acercó al buzón. Leyó el cartel otra vez. Sintió un cosquilleo: no de miedo, sino de posibilidad.

—Yo tengo una idea —dijo despacio—. Una de verdad.

Capítulo 6: El buzón de ideas y el sueño

Esa tarde, Bruno se sentó en su escritorio en casa. Afuera llovía finito, como si el cielo escribiera con lápiz. Su madre preparaba sopa y tarareaba una canción.

Bruno abrió una hoja en blanco y escribió: “Para mejorar el cole”.

Pensó en la rampa de la entrada, que a veces estaba resbaladiza cuando llovía. Pensó en el gimnasio y en las actividades que podían adaptarse sin que nadie se sintiera apartado. Pensó en la silla que la profe Clara había colocado sin convertirla en un espectáculo.

Escribió, borró, volvió a escribir. Al final, su propuesta quedó clara:

—Poner bandas antideslizantes en la rampa.

—Tener sillas disponibles en presentaciones y actos, para quien lo necesite, sin preguntar demasiado.

—Crear un “equipo de apoyo” de alumnos para ayudar a cualquiera que lo pida: con mochilas pesadas, con orientación, con nervios antes de hablar en público.

Añadió una frase al final: “Porque todos necesitamos algo alguna vez”.

Al día siguiente, metió la hoja en el buzón. No fue un momento épico. Nadie aplaudió. Pero Bruno sintió que había plantado una semilla.

Esa noche, se acostó temprano. Estaba cansado, pero era un cansancio tranquilo, como después de un día bien vivido. Escuchó el ruido suave de la lluvia y cerró los ojos.

Soñó que llegaba al colegio y el pasillo de los ecos le devolvía sonidos diferentes: ruedas de una silla, pasos rápidos, bastones, risas. En el tablón, había un mapa del edificio con rutas accesibles. En el gimnasio, las estaciones tenían opciones para cada persona, como niveles en un videojuego donde todos podían jugar.

En su sueño, Bruno no era “el chico de la muleta”. Era Bruno: el que contaba historias de ranas, el que tenía buenas ideas, el que a veces se cansaba y descansaba sin pedir perdón por ello.

Vio a un alumno nuevo, nervioso, mirando la entrada.

—¿Te ayudo? —preguntó Bruno en el sueño.

—Sí… no sé dónde está mi clase —dijo el niño.

—Ven, yo te acompaño —respondió Bruno.

Caminaron juntos. No deprisa, no despacio: a un ritmo compartido.

Antes de despertar, Bruno sintió algo cálido en el pecho. Como si el colegio, ese lugar al que estaba tan unido, pudiera ser todavía más amable.

Cuando abrió los ojos, la lluvia había parado. Se oyó un pájaro en la ventana. Bruno se incorporó y, por primera vez en mucho tiempo, pensó:

“Hoy va a ser un buen día. Y yo voy a ser muchas cosas, no solo mi discapacidad”.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Conserje
Persona que cuida y vigila la escuela y ayuda en cosas del día a día.
Muleta
Objeto que ayuda a caminar cuando una pierna está débil o dolorida.
Cinta adhesiva
Tira pegajosa que sirve para unir o reparar cosas rápidamente.
Exposición oral
Cuando una persona habla delante de la clase para explicar un tema.
Capitán de estrategia
Niño o niña que organiza y piensa el plan del equipo.
Rampa
Superficie inclinada que facilita subir o bajar sin escaleras.
Bandas antideslizantes
Tiras que se ponen en el suelo para que no se resbale.
Equipo de apoyo
Grupo de alumnos que ayuda a otros con tareas o necesidades.
Buzón de ideas
Caja o lugar donde se meten sugerencias para mejorar el colegio.
Bibliotecaria
Persona que cuida los libros y ayuda a buscar información en la biblioteca.

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