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Cuento sobre el regreso a clases 11/12 años Lectura 14 min.

Bajo los tilos: el primer día de Leo

Inés, una niña tranquila y segura, ayuda a Leo, un compañero nuevo, a encontrar su lugar en el colegio "Los Tilos" mientras la clase aprende a cuidarse y a organizarse en su aula bajo los árboles.

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La protagonista es Inés, niña de 12 años, sonrisa tranquila, ojos avellana, cabello recogido en un moño alto, que extiende un pequeño post‑it amarillo con letra cuidada para tranquilizar a Leo; Nora, también de unos 12 años, de expresión viva y traviesa y trenzas sueltas, sonríe junto a Inés con una mochila colorida en el hombro; Leo, niño de 12 años, tímido pero aliviado, cabello oscuro ondulado, sentado en un banco de madera bañado de sol, recibe el post‑it con una mano y la otra en el bolsillo; la maestra Marta, adulta de sonrisa dulce y camiseta verde manchada de pintura con un silbato al cuello, está de pie detrás observando con benevolencia; el lugar es un gran patio bajo tilos con bancos de madera, hojas que filtran la luz formando círculos de sol sobre el suelo de grava y una gran cartelera pegada a un tronco con el horario; situación principal: un tierno momento de inicio de curso, ambiente cálido en tonos pastel y texturas de papel y madera visibles. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El olor a cuadernos nuevos

La mochila de Inés pesaba menos que sus pensamientos. Tenía once años, una coleta alta y esa calma que parece una manta doblada con cuidado: estaba segura de sí misma, pero no necesitaba hacer ruido para demostrarlo.

En la cocina, su madre dejó una tostada en el plato y dijo:

—Hoy es el día. ¿Nerviosa?

Inés olió el cacao y sonrió.

—Un poco. Pero es como cuando te subes a una bici después de vacaciones: al principio haces “uy”, y luego ya vas.

Su padre asomó la cabeza por la puerta, con la corbata torcida.

—Consejo profesional: no intentes impresionar a nadie con chistes a las ocho de la mañana. Es un horario cruel.

—Papá, tú eres el que cuenta chistes incluso en los semáforos —respondió Inés.

—Por eso mismo. Tengo experiencia.

Camino al colegio, el sol aún estaba bajo y las sombras de los árboles se estiraban como gatos perezosos. El colegio se llamaba “Los Tilos” y una parte de las clases se hacía en un patio enorme con bancos de madera bajo las ramas. “Aula bajo los árboles”, lo llamaban. A Inés le gustaba porque allí el aire tenía olor a hojas y a tierra húmeda, como si el aprendizaje respirara.

Al cruzar la puerta, oyó el ruido típico de la vuelta a clases: cremalleras, risas, zapatillas arrastrando un poco, saludos que suenan a reencuentro.

—¡Inés! —gritó Nora, su mejor amiga, agitando los brazos como si dirigiera un avión.

—¡Hola! —Inés chocó su mano—. ¿Lista?

—Lista… y con una lista —dijo Nora, sacando un papel—: “cosas que me preocupan”. Son pocas, solo… veinte.

Inés soltó una carcajada suave.

—Guardémosla para el recreo. A esta hora hasta las preocupaciones bostezan.

Cuando el timbre sonó, no fue un rugido, sino un “¡clin!” rápido, como si el colegio también quisiera empezar sin dramas.

Capítulo 2: El aula que suena a hojas

La tutora nueva, la seño Marta, los esperaba en el patio de los tilos. Tenía una camiseta verde con manchas de pintura y un silbato colgando como un colgante importante.

—Buenos días, equipo —dijo—. Este año vamos a trabajar mucho aquí fuera. Los árboles no se quejan si pensáis en voz alta, y eso es una ventaja.

Los alumnos se sentaron en semicírculo. Una brisa movía las hojas y hacía sombras que bailaban sobre los cuadernos.

—Regla número uno —continuó Marta—: nos cuidamos. Regla número dos: pedimos ayuda. Regla número tres: si algo sale mal, respiramos y lo intentamos de otra manera.

Inés notó que esas reglas le encajaban como un estuche bien organizado.

Marta pasó lista y, al llegar al final, miró el papel y luego al grupo.

—Antes de empezar… hoy se incorpora alguien nuevo. Llegará en unos minutos.

Un murmullo cruzó el semicírculo como una ola pequeña.

—¿Nuevo? —susurró Nora—. Ay, pobre. Yo me perdería hasta yendo al baño.

—No tiene por qué —dijo Inés—. Podemos ayudar.

Marta sonrió, como si hubiera escuchado esa frase aunque Inés la dijo bajito.

—Me gusta esa actitud. Cuando llegue, quiero que lo hagamos fácil. Nada de interrogatorios tipo “¿de dónde vienes, por qué, cómo, cuándo?”. Es un primer día, no un examen.

Nora levantó la mano.

—¿Y si le digo “hola” demasiado fuerte?

—Entonces le dices “hola” una vez más bajito para equilibrar —respondió Marta, y el grupo rió.

Inés miró las sillas vacías. En una de ellas, el sol hacía un círculo perfecto. “Ojalá se siente ahí”, pensó, “para que le dé suerte”.

Capítulo 3: Una silla vacía y una voz bajita

A los pocos minutos, apareció el director acompañando a un chico de su edad. Llevaba una mochila enorme y una cara que decía claramente: “Estoy intentando parecer tranquilo, pero mi estómago está haciendo volteretas”.

—Clase, él es Leo —anunció el director—. Viene de otra ciudad. Os lo confío.

Leo levantó una mano, despacio.

—Hola —dijo, casi como si se lo dijera a un vaso de agua.

Inés se inclinó un poco hacia adelante, sin invadirlo, y sonrió con calma.

—Hola, Leo. Soy Inés.

Nora, intentando seguir las reglas, añadió con un volumen bastante decente:

—¡Hola! Y soy Nora, pero a veces me llaman “Nora-la-que-habla-mucho” y no me ofendo.

Leo soltó una risa pequeña, de esas que salen sin permiso.

Marta señaló la silla donde caía el círculo de sol.

—¿Te apetece sentarte aquí? Es un buen sitio. Los tilos dan sombra, pero dejan pasar la luz.

Leo caminó hasta allí y se sentó con cuidado, como si el banco pudiera rechinar en otro idioma.

Marta empezó con una actividad simple: cada uno decía una cosa que le gustaba del colegio.

—Me gusta el patio porque parece un bosque —dijo Inés.

—Me gusta cuando hacemos experimentos —dijo otro.

—Me gusta… el bocadillo —confesó alguien, y se ganaron risas sinceras.

Cuando le tocó a Leo, se encogió de hombros.

—No lo sé todavía. Pero… me gusta que aquí se oigan pájaros.

Inés notó que había dicho “aquí” como si ya fuera parte.

En el recreo, Inés se acercó a Leo con la naturalidad con la que se acerca una silla a una mesa: sin drama, solo para que encaje.

—¿Quieres que te enseñe dónde están los baños y la biblioteca? Así no tienes que hacer expediciones.

Leo asintió.

—Sí, gracias. Me pierdo fácil.

Nora apareció al lado con una botella de agua.

—Tranquilo, todos nos perdemos. Yo me pierdo hasta buscando mis propias ideas.

Caminaron por los pasillos. Inés le enseñó el mapa del colegio pegado en la pared.

—Mira, esto ayuda. Y si te equivocas, no pasa nada. Lo peor que puede pasar es que acabes en música y alguien te dé una pandereta. Eso puede ser peligroso.

Leo sonrió un poco más.

—En mi otro cole, me dieron un triángulo.

—¿Ves? Sobreviviste —dijo Nora—. Eres fuerte.

Capítulo 4: La misión del primer grupo

En la segunda parte de la mañana, Marta repartió una tarea en equipos: preparar una pequeña presentación sobre “Cómo es nuestro colegio” para una clase de tercero que vendría a visitar el aula bajo los árboles.

—Quiero que el mensaje sea claro —dijo—: aquí cuidamos a la gente. Y también cuidamos los tilos, porque son nuestros compañeros silenciosos.

Inés miró a Leo.

—¿Te vienes con nosotras? —preguntó, sin hacer de ello un evento.

Leo dudó un segundo, pero luego asintió.

—Vale.

Se sentaron en el suelo, sobre una lona. El aire olía a hojas calentadas por el sol.

—Podemos hacer un mapa —propuso Inés—. Con rutas fáciles: entrada, secretaría, baños, patio, aula bajo los árboles.

—Y añadimos “zona de supervivencia”: cafetería —dijo Nora.

Leo observó el patio.

—Podemos dibujar también los árboles. En mi antigua ciudad casi no había.

—Aquí hay más árboles que excusas para no hacer deberes —bromeó Nora.

Inés la miró con ojos de “hoy no, por favor”.

Nora bajó la voz.

—Perdón. Ya sé: no impresionar con chistes por la mañana.

Leo se rió de verdad, esta vez con sonido.

Mientras dibujaban, un lápiz se le cayó a Leo y rodó hasta debajo del banco. Leo se agachó rápido, se dio un pequeño golpe con la madera y se quedó quieto, como si el golpe fuera una vergüenza.

Inés se agachó también, tranquila.

—Ese banco muerde. A mí me mordió el año pasado y sigo aquí —dijo, recuperando el lápiz—. En este colegio, los muebles también están volviendo de vacaciones.

Leo tocó su frente.

—Pensé que todos se iban a quedar mirándome.

—Si alguien mira, es porque el ruido llama la atención —dijo Inés—. Pero luego pasa. Lo importante es que tú estés bien.

Nora añadió, solemne:

—Declaramos al banco culpable. Sentencia: que lo lijen.

—O que le pongamos un cartel: “No morder” —dijo Leo, sorprendiéndose a sí mismo.

Inés sintió una satisfacción cálida. No era porque ella hubiera “salvado” a nadie, sino porque Leo ya estaba participando, como quien abre una ventana.

Al final, su cartel quedó lleno de flechas, dibujos de tilos y frases cortas:

“Si no sabes dónde ir, pregunta.”

“En el patio hay sombra y juegos.”

“En la biblioteca puedes respirar.”

Marta pasó por los grupos y se detuvo ante el suyo.

—Esto es claro y amable. Me gusta. Y Leo, buen dibujo del árbol.

Leo se enderezó.

—Gracias.

Capítulo 5: Un secreto sencillo para el día dos

Esa tarde, Inés llegó a casa con la sensación de haber corrido una carrera sin sudar: cansancio mezclado con alegría.

—¿Qué tal? —preguntó su madre.

Inés dejó la mochila en el suelo, como si también necesitara descansar.

—Bien. Hay un chico nuevo, Leo. Está… intentando encajar.

Su padre apareció con un delantal.

—¿Y tú qué hiciste? ¿Le contaste el chiste del semáforo?

—No —dijo Inés—. Le enseñé el cole. Eso ayuda más que un chiste.

—Uf —dijo su padre, dramático—. Mi legado humorístico se desmorona.

Antes de dormir, Inés preparó la mochila para el día siguiente: estuche, cuaderno, botella de agua. Metió también un post-it y un bolígrafo.

En el post-it escribió: “Si necesitas algo, estoy en la mesa de la izquierda. —Inés”.

No era una carta enorme ni un discurso. Era un puente pequeño, de los que se cruzan sin pensar.

Al día siguiente, el aire estaba más templado. Inés entró al colegio con paso seguro. En el patio bajo los árboles, vio a Leo de pie, mirando alrededor como quien busca una señal.

Inés se acercó y le dio el post-it.

—Toma. Por si hoy te entra la duda de todo a la vez.

Leo lo leyó, y guardó el papel con cuidado en el bolsillo.

—Gracias. Hoy ya conozco el camino al baño.

—Eso es un logro importante —dijo Nora, que apareció por detrás—. Yo lo conocí en octubre, pero no vamos a hablar de eso.

En clase, Marta anunció:

—Hoy vamos a organizar el aula y, al final, colgaremos el horario. Así nadie tendrá que adivinar qué toca.

Inés vio cómo Leo se relajaba un poco. Tener un horario era como tener barandilla en una escalera: no hacía falta usarla siempre, pero tranquilizaba.

Capítulo 6: El horario en la pared

La mañana pasó entre tareas prácticas: repartir libros, elegir responsables de plantas, ordenar materiales del aula bajo los árboles en cajas etiquetadas. Inés se apuntó para cuidar la caja de “rotuladores y tizas”, porque le gustaba que las cosas estuvieran listas cuando alguien las necesitara.

En un momento, Marta pidió:

—Vamos a hacer una ronda rápida: una cosa que te haya salido bien hoy, aunque sea pequeña.

—He recordado traer la botella de agua —dijo uno.

—He saludado primero —dijo otra, orgullosa.

Nora levantó la mano.

—He hablado menos en matemáticas. Quiero que quede registrado.

—Eso merece un diploma —bromeó Marta.

Cuando le tocó a Leo, miró el suelo un instante y luego al grupo.

—He pedido ayuda para encontrar el aula de tecnología —dijo—. Y… no me dio tanta vergüenza.

Inés asintió, y sintió que esa frase era como plantar una semilla.

Al final del día, Marta sacó una cartulina grande y la pegó en un tablón cerca del tronco más ancho del patio.

—Aquí está nuestro horario —anunció—. Es sencillo y claro. Si alguien se siente perdido, que venga a mirarlo. Y si aun así se pierde, que pregunte. Eso también es aprender.

El papel quedó bien sujeto, sin arrugarse, y todos se acercaron a leerlo. Las letras eran grandes:

Lunes: Lengua / Matemáticas / Ciencias / Educación Física

Martes: Matemáticas / Inglés / Plástica / Tutoría

Miércoles: Ciencias / Lengua / Música / Tecnología

Jueves: Inglés / Matemáticas / Sociales / Educación Física

Viernes: Lengua / Ciencias / Biblioteca / Proyecto bajo los árboles

Leo se quedó mirando la última línea.

“Proyecto bajo los árboles”… suena bien.

—Lo es —dijo Inés—. Aquí se piensa mejor. Los tilos hacen sombra y, de paso, te recuerdan que crecer lleva tiempo.

Nora señaló el horario con seriedad exagerada.

—Y queda demostrado que el viernes hay biblioteca. Eso significa que sobreviviremos a la semana con historias y sin panderetas.

Leo soltó una risa tranquila.

Cuando el sol empezó a bajar, las sombras de las hojas dibujaron caminos sobre el suelo. Inés caminó hacia la salida con Nora y Leo. No era una aventura de dragones ni de castillos: era otra clase de aventura, hecha de pasillos, saludos, mapas, un post-it y un horario colgado en la pared.

Y, aun así, Inés pensó que era de las mejores.

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Mochila
Bolsa con asas que usas para llevar libros y cosas al colegio.
Coleta
Peinado que junta el pelo en una cinta o goma detrás de la cabeza.
Calma
Estado de tranquilidad, sin nervios ni ruido fuerte alrededor.
Cremalleras
Cierres con dientes que se juntan para abrir o cerrar ropa o bolsas.
Semicírculo
Figura en forma de media rueda, la mitad de un círculo.
Silbato
Objeto pequeño que soplas para hacer un sonido fuerte y claro.
Brisa
Viento suave y agradable que mueve las hojas sin hacer ruido fuerte.
Expediciones
Viajes o salidas organizadas para explorar o aprender algo nuevo.
Lona
Tela resistente que se usa en el suelo o para cubrir cosas.
Cartel
Papel o cartulina con información o dibujo para que todos lean.
Cartulina
Papel grueso y resistente que se usa para carteles o manualidades.
Tablón
Tabla grande o panel donde se pegan anuncios y avisos en el colegio.
Tutoría
Clase o tiempo en que el profesor organiza y ayuda a los alumnos.
Secretaría
Lugar del colegio donde se hacen papeles y se atiende a la gente.
Etiquetadas
Cosas que llevan una etiqueta con su nombre o uso para identificarlas.
Responsables
Personas que cuidan o se encargan de algo para que funcione bien.

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