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Cuento de circo 11/12 años Lectura 17 min.

La salida secreta del Circo Brillantina

Tres amigos curiosos ayudan al Circo Brillantina a encontrar una salida secreta y a organizar un final perfecto, enfrentando payasos despistados, un mago peculiar y una gallina con bigote.

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Hay tres niños: Nora, 12 años, coleta castaña clara, chaqueta mostaza, pantalón azul, en el centro señalando una puerta secreta frente a un pequeño cofre; Lila, 12 años, cabello negro corto con una pinza roja, vestido de lunares verdes, a la izquierda de Nora junto al pasillo oscuro señalando la dirección con energía; Darío, 12 años, rizos castaños, camiseta roja y blanca a rayas, a la derecha y ligeramente detrás organizando la fila con un gesto circular. Interior de una gran carpa de circo: suelo de madera gastada, lonas rojas y blancas, cuerdas, focos colgantes, cortinas negras abiertas a un pasillo estrecho iluminado por un resplandor cálido, carteles coloridos y cajas etiquetadas "ACCESORIOS". Los tres descubren el corredor secreto que lleva a la pista; ambiente de fin de espectáculo con luz dorada, confeti en el aire y una pequeña pluma de naricilla de payaso en el suelo, estilo alegre y dinámico. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El cartel torcido y la nariz prestada

El Circo Brillantina había aterrizado en la plaza como una galleta gigante: redondo, dulce y con demasiadas chispas de colores. Las luces parpadeaban incluso de día, como si el circo no supiera apagar la emoción.

Nora, Darío y Lila—los tres con doce años y la misma energía que una bolsa de palomitas explotando—se quedaron mirando la carpa principal.

—¿Entramos? —preguntó Darío, ya medio dentro con la imaginación.

—Entramos, pero con ojos de científico —dijo Nora, que era curiosa profesional—. Quiero ver cómo funciona TODO.

Lila señaló un cartel colgado al revés: “¡GRAN FUNCIÓN! ¡SALIDA POR AQUÍ!” con una flecha que apuntaba… a una pared.

—Eso es… tranquilizador —murmuró Lila.

Antes de que pudieran reírse más, un payaso salió disparado del lateral con una nariz roja en la mano, como si fuera un tesoro robado.

—¡Niños! —susurró dramáticamente—. ¿Han visto pasar una gallina con bigote?

—¿Una qué? —dijo Darío.

—Una gallina. Con bigote. No juzguen. Es circo.

El payaso les colocó la nariz roja a Nora sin pedir permiso. Nora se la quitó con dignidad.

—Gracias, pero prefiero oler la realidad.

En ese momento, desde detrás de unas cortinas, se oyó un “¡PUM!” y luego un “¡TACHÁN!” que sonó un poco triste.

—Eso viene del backstage —dijo Lila, saboreando la palabra como si fuera caramelo.

Y así, por pura curiosidad, siguieron el rastro de risas, telones y un extraño olor a palomitas… con sospechas.

Capítulo 2: El mago cómico y el conejo que protestaba

Detrás de la carpa, el mundo era otra cosa: cuerdas como serpientes dormidas, baúles que parecían tragarse cosas, y artistas calentando como si fueran a correr una maratón… pero en calcetines con estrellas.

Ahí estaba él: el mago cómico, Don Fideo Fantástico, con un sombrero demasiado alto y una capa demasiado corta. Tenía la cara seria… hasta que estornudó confeti.

—¡Aaaachís! —¡Prrrff!—. Perfecto. Efecto especial gratis —dijo, sacudiéndose brillantitos del bigote (sí, llevaba un bigote de purpurina).

A su lado, un conejo blanco estaba sentado con los brazos cruzados. Si los conejos pudieran poner cara de “me niego”, esa era.

—No quiere entrar en el sombrero —explicó el mago, susurrando como si el conejo pudiera demandarlo—. Dice que es un cliché.

—Los clichés dan alergia —apuntó Nora, tomando nota mental.

—¿Y esa gallina con bigote? —preguntó Darío, porque su cabeza no podía soltar esa frase.

Don Fideo suspiró.

—Eso… era mi gran sorpresa. Pero se escapó. Y sin gallina, mi final se queda flaco como espagueti triste.

Lila se asomó a un baúl abierto. Dentro había un montón de carteles que decían “FINAL INCREÍBLE” en distintos tamaños.

—¿Por qué tienen tantos finales? —preguntó.

—Porque uno siempre cree que va a salir bien a la primera —dijo Don Fideo—. Spoiler: no.

Entonces apareció la directora del circo, una mujer pequeña con megáfono gigante: la señora Ramona Redoble. Tenía mirada de trueno alegre.

—¡Fideo! ¡En veinte minutos salimos! —gritó, sin necesidad de megáfono, pero lo usó por cariño—. Y ustedes, ¿quiénes son?

Nora dio un paso al frente.

—Somos… espectadores curiosos. Nivel avanzado.

Ramona los miró, y su ceja derecha hizo un mortal hacia arriba.

—Curiosos, ¿eh? Pues el circo necesita curiosos. ¿Quieren ayudar? Estamos… ligeramente en apuros.

Darío se enderezó.

—¿Apuro tipo “se cayó un botón” o apuro tipo “un elefante se comió el programa”?

Ramona señaló al fondo. En el suelo, el mapa del circo estaba extendido… y alguien había dibujado bigotes en todas las salidas.

—Apuro tipo “nadie encuentra la mejor salida”. Y sin salida clara, el final colectivo se convierte en caos… y yo odio el caos. Solo lo permito en la pista.

Nora, Lila y Darío se miraron. La curiosidad les hizo cosquillas por dentro.

—Aceptamos —dijo Nora—. Pero con una condición: que nos cuenten todos los secretos del backstage.

—Trato —sonrió Ramona—. Y corran, que el espectáculo no espera… bueno, a veces espera, pero se pone de mal humor.

Capítulo 3: El misterio de la salida que nadie veía

La misión era absurda y seria a la vez: encontrar la mejor salida para el gran final, cuando todos los artistas salen saludando y el público aplaude como si tuviera resortes en las manos.

El problema: el circo era un laberinto de telas, pasillos y puertas que llevaban a… otras puertas. En una, un letrero decía “SALIDA” y debajo, en letra pequeña: “Mentira”.

—Aquí alguien es muy gracioso —dijo Lila.

—Es el humor de seguridad —respondió Darío—. Para que no cunda el pánico, cunde la confusión.

Nora observó el suelo: marcas de zapatos, líneas de tiza, y una huella sospechosa en forma de pata de gallina.

—Sigan la huella —ordenó como detective.

Las huellas los llevaron hasta una zona donde colgaban telones negros. Se escuchaba música del ensayo: tambores, una trompeta calentando (sonaba como una vaca estornudando) y una risa que parecía rebotar en las cuerdas.

De pronto, un trapecista bajó por una cuerda como si fuera una escalinata invisible.

—¿Buscan la salida? —preguntó, colgando cabeza abajo, como si fuera normal—. Yo siempre salgo por la izquierda… aunque a veces termino en la derecha. Depende del viento.

—Gracias… supongo —dijo Nora, sin saber cómo procesar eso.

Darío notó algo: un ventilador enorme apuntando a un pasillo.

—¿Y si el viento empuja a la gente a una dirección? —dijo—. Como un río de aire.

Lila se acercó al ventilador y vio un papel pegado con cinta: “NO APAGAR. ES LA ÚNICA COSA QUE FUNCIONA”.

—Esto parece una pista —susurró.

Siguieron el pasillo del “río de aire” y llegaron a una puerta sencilla, sin luces ni carteles. Solo tenía una cosa: un pomito brillante como una moneda nueva.

Nora lo giró… y la puerta se abrió suavemente.

Del otro lado, un corredor ancho desembocaba directamente en la pista, justo al lado donde los artistas podían alinearse para el saludo final sin chocarse.

—¡La mejor salida! —dijo Lila—. Es tan obvia que nadie la mira.

—La curiosidad es como una linterna —dijo Nora—. Ilumina lo que todos pasan por encima.

Darío se asomó al corredor y vio un pequeño letrero escondido detrás de una caja: “SALIDA IDEAL (NO CONTARLE A NADIE)”.

—Demasiado tarde —rió.

En ese instante, una gallina pasó corriendo con un bigote pegado torcido, como si se le estuviera cayendo la dignidad.

—¡AHÍ ESTÁ! —gritó Darío.

La gallina se metió por el corredor y… se detuvo frente a ellos, los miró como quien evalúa si vale la pena seguir.

—Creo que está cansada —dijo Lila.

Nora se agachó con cuidado.

—Hola. ¿Quieres volver con el mago?

La gallina picoteó el suelo, pensativa, y luego dejó caer el bigote. Era de esos postizos que parecen una oruga triste.

—Creo que renunció al personaje —sentenció Darío.

Nora agarró el bigote.

—No pasa nada. Si no hay gallina con bigote… habrá final con otra cosa.

Lila levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Nora sonrió, y esa sonrisa significaba “se me acaba de ocurrir una idea peligrosa y divertida”.

—Un final colectivo… con una salida perfecta y un truco que no dependa de una gallina sindicalista.

Capítulo 4: Ensayo general del caos controlado

Volvieron con la señora Ramona Redoble a toda velocidad, con el bigote en la mano y un plan en la cabeza.

—¡Encontramos la mejor salida! —dijo Nora, señalando el corredor secreto—. Está aquí, sin cartel chillón. Solo hace falta… organizar la salida como si fuera una coreografía.

Ramona abrió los ojos.

—¿Una coreografía? ¿Con payasos, acróbatas y una cabra que cree que es bailarina de ballet?

—Exacto —dijo Lila—. Si lo ensayamos, saldrá perfecto.

Darío añadió:

—Y si no sale perfecto… al menos será divertido.

Ramona miró el reloj, luego el megáfono, luego a ellos.

—Me encanta y me asusta. Hagámoslo.

Reunieron a los artistas para un mini ensayo. Don Fideo llegó corriendo con su sombrero torcido y el conejo detrás, arrastrando una zanahoria como si fuera una maleta.

—¡Niños! —dijo el mago—. ¿Han visto a mi gallina con bigote?

Nora le mostró el bigote.

—Se independizó.

Don Fideo se quedó en silencio un segundo, luego asintió.

—La respeto.

Ramona dio instrucciones como si dirigiera una banda de música:

—A la señal, salen por el corredor: primero malabaristas, luego acróbatas, luego payasos en zigzag SIN pisarse, y al final… el mago con su gran “tachán”.

—¿Y nosotros? —preguntó Lila.

—Ustedes son los… asistentes de salida —dijo Ramona—. Si alguien se pierde, lo redirigen. Como señales humanas, pero con cara simpática.

Darío se puso serio.

—Puedo poner cara simpática… durante tres segundos. Luego me sale cara de “¿por qué estamos haciendo esto?”

Ensayaron. El primer intento fue… educativo.

Un payaso se emocionó y salió haciendo la conga, arrastrando a dos malabaristas. Un acróbata dio una voltereta extra y casi aterriza en el sombrero de Don Fideo. La cabra bailarina se detuvo a mordisquear una cuerda (con delicadeza artística).

—¡ALTO! —gritó Ramona—. ¡Esto no es un desfile de “hago lo que quiero”!

Nora levantó la mano.

—Propongo algo: usamos señales sencillas. Por ejemplo: si Lila levanta los dos brazos, es “avanzar”; si Darío hace un círculo con el dedo, es “hacer fila”; y si yo me pongo la nariz roja… es “peligro de payaso suelto”.

—¡Eso último me ofende! —dijo un payaso, que se estaba poniendo otra nariz encima de la nariz.

—Es por seguridad —respondió Nora.

Don Fideo se acercó con aire conspirador.

—Yo puedo ayudar con magia… más o menos. ¿Qué tal si hago aparecer flechas luminosas?

—¿Puedes? —preguntó Lila.

—Puedo intentarlo. A veces aparecen palomas. Una vez apareció una sandía. Nadie sabe por qué.

—Me gusta el factor sorpresa —dijo Darío.

Ensayaron de nuevo. Esta vez, con señales. Funcionó mejor: el corredor secreto se convirtió en autopista de aplausos. Los artistas salían y se colocaban como piezas de un rompecabezas alegre.

Ramona sonrió por primera vez sin cara de trueno.

—Esto… puede salir bien.

El conejo, desde el suelo, levantó una pata como si votara.

—El conejo aprueba —dijo Don Fideo con solemnidad—. Es una buena señal.

Capítulo 5: La función y el plan brillante (con algún tropezón)

La carpa se llenó. El público parecía un océano de cabezas y algodón de azúcar. Las luces subieron, la música rugió y la pista brilló como una moneda recién encontrada.

Nora, Lila y Darío se colocaron en su puesto, justo antes del corredor secreto. Desde allí veían la función a pedacitos: un malabarista lanzando antorchas, una equilibrista caminando sobre una cuerda como si pisara aire, payasos haciendo caer cubos que, por alguna razón, siempre rebotaban.

—¿Esto es legalmente posible? —susurró Darío cuando vio a un hombre meterse en un aro demasiado pequeño.

—En el circo, la física llora —susurró Lila.

Nora observó todo con ojos curiosos: cómo se cambiaban los artistas en segundos, cómo se pasaban objetos por detrás de telones, cómo cada número tenía una parte visible y otra secreta.

—La magia está en la pista… y en el orden detrás —dijo, fascinada.

Llegó el momento del final. Ramona, desde un lado, levantó el megáfono como si fuera una espada.

—¡Final colectivo en cinco… cuatro…!

Darío hizo el círculo con el dedo: “fila”.

Lila levantó los brazos: “avanzar”.

Nora se puso la nariz roja: “atención, payaso emocional”.

Los malabaristas salieron por el corredor secreto perfectos, en línea. Luego los acróbatas, como si el pasillo fuera una cinta transportadora de piruetas controladas. Los payasos salieron en zigzag, sí, pero esta vez sin arrastrar a nadie.

Entonces apareció Don Fideo Fantástico, dramático, con su sombrero alto y su capa corta, listo para el “tachán” final.

—¡Ahora sí! —susurró él—. Haré aparecer… ¡las flechas luminosas!

Sacó una varita y la agitó.

—¡Flechus lumínicus orientatus!

Hubo humo. Hubo chispas. Hubo un “¡PUM!” y un “¡TACHÁN!” mucho más feliz que antes.

Y, efectivamente, aparecieron flechas luminosas… pero no apuntaban a la pista.

Apuntaban a la mesa de las palomitas.

El público miró las flechas, luego miró las palomitas, y por un segundo el final colectivo pareció un anuncio.

—¡No! —susurró Ramona, con una vena de megáfono en la frente—. ¡Las flechas, Fideo, LAS FLECHAS!

Don Fideo tragó saliva.

—Eh… es que el hambre también necesita dirección.

Nora reaccionó rápido. Se subió a una caja (pequeña, estable y sospechosamente etiquetada como “NO SUBIRSE”) y gritó, sin micrófono, con voz clara:

—¡POR AQUÍ, ESTRELLAS DEL CIRCO! ¡LA SALIDA BRILLANTE!

Los artistas la escucharon. Lila repitió, señalando el corredor correcto. Darío, con cara de “tres segundos de simpatía”, puso los brazos como barrera para que nadie siguiera las flechas traicioneras hacia las palomitas.

El público empezó a aplaudir aún más, creyendo que todo formaba parte del show.

Ramona, desde un lado, murmuró:

—Si esto sale bien, les compro algodón de azúcar de por vida.

Los artistas se alinearon en la pista, todos juntos. La música subió. La cabra bailarina hizo una reverencia. El conejo, por primera vez, aceptó subirse al sombrero… pero solo medio segundo, lo justo para que pareciera un cameo.

Don Fideo, sudando confeti, levantó los brazos.

—¡TACHÁN FINAL!

El público explotó en aplausos. Y aunque las flechas luminosas seguían apuntando a las palomitas, ahora parecía un chiste planificado.

Nora, Lila y Darío se miraron: lo habían logrado. La mejor salida había salvado el final.

Capítulo 6: La mejor salida y la broma que cayó justo a tiempo

Cuando el público empezó a salir, esta vez sí, por las puertas correctas, la señora Ramona Redoble se acercó a los tres con una sonrisa cansada pero brillante.

—Han salvado mi final colectivo —dijo—. Y han demostrado algo importante: la curiosidad no solo sirve para mirar… también sirve para resolver.

Nora se encogió de hombros, orgullosa.

—Solo seguimos pistas. Y evitamos flechas traicioneras.

Don Fideo apareció detrás, con el conejo en brazos y el bigote de purpurina un poco chueco.

—Quiero agradecerles —dijo—. Sin ustedes, mi final habría sido un desastre… o peor, un final normal.

Darío señaló las flechas luminosas, que aún brillaban hacia la mesa de palomitas.

—¿Puedes quitarlas?

Don Fideo levantó la varita.

—Claro. Fácil. Pan comido.

Agitó la varita.

—¡Desflechus!

Las flechas desaparecieron… y en su lugar apareció una flecha gigantesca, real, de madera, que cayó del techo justo delante de ellos con un “¡PLOM!” espectacular.

En la flecha, pintado en letras enormes, decía: “LA MEJOR SALIDA ES PREGUNTAR”.

Todos se quedaron congelados un segundo. Luego Lila soltó una carcajada.

—Bueno… al menos ahora sí apunta a algo útil —dijo.

Ramona se cruzó de brazos, mirando a Don Fideo.

—¿Eso también era magia?

Don Fideo se encogió, y el conejo hizo una mueca como de “yo no fui”.

—Digamos que… la flecha tenía ganas de participar.

Darío leyó otra frase pequeñita debajo, casi escondida: “PD: Devuelva esta flecha al almacén. Firma: el encargado del almacén, que está harto”.

Nora se rió.

—La broma cayó justo a tiempo.

Y Don Fideo, sin perder el ritmo, remató:

—¡Claro! En este circo, hasta las cosas que caen… lo hacen con sentido del humor. Y si no encuentran la salida… ¡sigan la flecha! Pero por favor, no se la lleven, que pesa como un elefante con mochila.

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Carpa
Tienda grande de lona donde se hacen espectáculos, como el circo.
Backstage
Área detrás del escenario donde los artistas se preparan y guardan cosas.
Confeti
Pequeños trozos de papel de colores que se lanzan en celebraciones.
Cliché
Idea o imagen muy usada que ya no sorprende mucho.
Coreografía
Serie de movimientos planeados para que los artistas bailen juntos.
Ensayo
Práctica de una función para prepararla antes del espectáculo real.
Megáfono
Aparato que hace la voz más fuerte para que todos la oigan.
Laberinto
Lugar con muchos caminos que se cruzan, difícil de recorrer.
Conga
Baile en fila donde la gente se sujeta y sigue un ritmo suave.
Resortes
Muelles que recuperan su forma, aquí usado para decir movimiento rápido.
Pista
Espacio central del circo donde actúan los artistas y se ven los números.

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