Parte 1: La idea de Nina
Nina era una joven inventora. Tenía una coleta, una bata con manchas de pintura y una libreta llena de dibujitos.
En su mesa había cosas normales y raras: una cuchara, cinta, un calcetín limpio, tres botones y una naranja.
Nina miró la naranja y dijo: “¡Hoy lo sé! Voy a inventar… la Máquina de Abrazos Suaves”.
“¿Una máquina para abrazar?” preguntó Tito, su perrito. Tito movió la cola. Parecía decir: sí, sí, sí.
“Sí”, dijo Nina. “Pero abrazos sin apretar. Abrazos como nube. Y con cosquillitas de risa, pero poquito, para no asustar”.
Nina dibujó en su libreta. Un corazón grande. Dos brazos de almohada. Y un botón que decía: “ABRAZO”.
Luego anunció: “Plan de inventora. Uno: buscar cosas. Dos: pegar cosas. Tres: probar. Cuatro: reír”.
Tito ladró: “Guau”.
Nina puso una caja de cartón en el suelo. Le pegó dos rodillos de espuma a los lados. “Estos serán los brazos”, dijo.
Después pegó el calcetín en la punta, como si fuera una manita. “Hola, mano”, dijo Nina.
La mano de calcetín quedó mirando a la pared.
“Está tímida”, dijo Nina. “No pasa nada”.
Nina puso los botones como ojos en la caja. Ahora la caja parecía una cara.
“Se llama Caja-brazos”, dijo Nina. “No es un nombre elegante, pero es simpático”.
Tito olfateó la cinta adhesiva. “No, Tito”, dijo Nina. “La cinta no es galleta”.
Nina añadió una bocina pequeñita, de bici, para que la máquina hiciera “¡pi-pi!” cuando abrazara.
“Así sabemos que viene el abrazo”, explicó. “Nada de sorpresas raras”.
Luego puso la naranja en una bandejita.
“¿La naranja?” preguntó Nina, como si ella misma se escuchara. “Claro. La naranja es el ‘perfume alegre'. Cuando hay abrazo, huele a naranja. ¡Feliz y fresco!”
Tito estornudó. “¡Achís!”
“Perdón, Tito”, dijo Nina. “La naranja no muerde”.
Nina respiró hondo. “Momento importante. Vamos a probar”.
Parte 2: El abrazo que hacía cosas
Nina se sentó frente a la máquina. Tito se puso a su lado, con cara de experto.
Nina apretó el botón: “ABRAZO”.
La máquina hizo: “¡pi-pi!”
Los brazos de espuma se cerraron despacito.
“¡Ay qué mono!” dijo Nina.
Pero en vez de parar, los brazos siguieron. Uno se fue para arriba. El otro se fue para abajo. Como si bailaran.
“Eh… eso es abrazo-bailarín”, dijo Nina.
La máquina olió la naranja. Y de pronto: “¡Pfff!”
¡Salió una nube de olor a naranja! Suave, suave. Como un suspiro.
Tito movió la nariz. “Guau… guau…” Parecía decir: huele a merienda.
Nina rió. “Funciona el perfume alegre”.
La máquina volvió a hacer: “¡pi-pi!”
Y empezó a dar abrazos a todo lo que veía.
Abrazó la silla. La silla no dijo nada, porque las sillas son calladas.
Abrazó la escoba. La escoba quedó con cara de sorpresa, aunque no tenía cara.
Abrazó una maceta. La planta se movió como si dijera: gracias, gracias.
“¡Caja-brazos, despacio!” dijo Nina. “Solo abrazos con permiso”.
Pero la máquina encontró el peluche de Tito, un osito pequeño, y lo abrazó y lo soltó, y lo abrazó y lo soltó.
“¡Pi-pi! ¡Pi-pi! ¡Pi-pi!”
Nina se llevó una mano a la frente. “Está demasiado contenta”.
Tito trajo su pelota y la dejó delante de Nina. Como diciendo: idea, idea.
Nina miró la pelota. Miró la naranja. Miró el botón.
“Ya sé”, dijo.
Nina pegó un papel grande en la caja. En el papel escribió con letras gordas:
“PREGUNTAR PRIMERO”.
Y debajo dibujó una carita que decía: “¿Sí?”
Luego puso un segundo botón. Un botón rojo. Muy rojo.
“Este es el botón de pausa”, dijo Nina. “Como cuando decimos: ‘Un momentito'”.
Nina habló a la máquina con voz dulce: “Caja-brazos, cuando quieras abrazar, primero haces ‘pi-pi' y preguntas: ‘¿Sí?'”.
Nina apretó el botón nuevo.
La máquina hizo: “Pi… pi… ¿sí?”
“¡Sí!” dijo Nina.
La máquina abrazó una sola vez. Suave. Naranja. Y paró.
“¡Muy bien!” dijo Nina.
Tito saltó una vez. “Guau”.
Entonces la máquina miró a Tito, o eso parecía, y dijo: “Pi… pi… ¿sí?”
Tito se quedó quieto. Luego movió la cola. Un sí de perrito.
La máquina lo abrazó con espuma blandita. Tito quedó como un panecillo feliz.
“¡Qué tierno!” dijo Nina. “Pero sin apretar, ¿eh?”
La máquina soltó a Tito y dijo: “Gracias”.
Nina abrió los ojos. “¿Ha dicho ‘gracias'?”
La máquina repitió: “Gracias. Naranja”.
Nina se rió. “Bueno. Es educada. Me encanta”.
Parte 3: Una calma con olor a naranja
Ya era tarde. La luz del sol entraba suave por la ventana.
Nina recogió la cinta, guardó los botones y dejó la naranja en un platito.
La máquina estaba quieta, como si también tuviera sueño.
Nina se sentó en el suelo con Tito. “Hoy aprendimos algo”, dijo.
Tito bostezó. “Guau…” muy bajito.
Nina acarició su cabeza. “Los inventos pueden ser graciosos. Pueden hacer ‘pi-pi'. Pueden oler a naranja. Pero siempre deben ser amables”.
La máquina dijo en voz bajita: “Pi… pi… ¿sí?”
Nina sonrió. “Sí. Un último abrazo”.
La máquina la abrazó una vez. Suave. Calentito. Y olía a naranja.
Nina suspiró contenta. “Perfecto”.
Tito se acercó y puso su hocico en la rodilla de Nina. Nina lo abrazó con sus brazos de verdad.
“Ahora, a dormir”, dijo Nina. “Mañana tal vez invente una cuchara que cante”.
La máquina respondió: “Gracias”.
Tito cerró los ojos. Nina también.
Y en el taller quedó una calma alegre, con un pequeño olor a naranja y un “pi-pi” que ya casi era un susurro.